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DE LA HISTORIA DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA
Por el Dr. D. Adolfo Saldías
Reprudiccion áel Coronel
PRUDENCIO ARNOLD
Gomo obsecfulo í\ sus amigos
1894
Tipografía Ítalo Siiza, calle San Juan lOJl) 41 R O S A K I O
N0V19 1958
EL POR QUÉ DE ESTE LIBRO
Las PÁGliíAS HisTóiucAS, debidas á la elegante pluma del fecundo cuanto distin- guido escritor argentino doctor don Adolfo Saldias. frieron objeto de controversia entre la prensa del Plata, ij pasando los mares repercutieron en la vieja Europa, donde algunas iinportantes publicaciones se ocu- paron de este Ubi -o.
Consecuente la empresa de La España Moderna en su sistema de ofrece i' d sus suscritores las obras mas salientes de los autores americanos, sin entrar para nada en la parte política que afecta á la Histo- KiA DI-: Rosas. obturAmos la venia del doc- tor Saldias para la impresión de sus Paji- nas, cuyo trabajo de refundición se debe al seíior don Julio Cantera, castizo escri- tor que ya en otra ocasión rertió al cas- tellono, con notable aplauso, la preciosa
novela El Divorcio, que obtuvo grand éxito entre los lectores de La España.
Hacemos esta aclaración para evitar tor- cidas i/Uerpretaciones que algunos malicio- sos pudieran dar d la impresión de este libro, que no tiene otro objeto que el do hacerlo conocer á nuestros suscritores.
Alternando con las novelas de los escri- tores europeos, iremos publicando algunas ORIJÍNALES E INÉDITAS dc autorcs uru- guayos, contribuyendo de este modo al en- grande cionieiit o de la literatura americana, para cuyo trabajo coyitamos con la coope- ración entusiasta del distinguido catedrático de literatura de la Universidad de Monte- video, el aplaudido autor dramático doctor Samuel Blixen.
Los Editores.
Buenos Aires, Marzo de 1894. Serior Don Camilo Vidal.
Recibo como una señalada distinción el' propósito que V. me manifiesta de publicar en compendio las principales narraciones comprendidas en mi Historia déla Confede- ración Argentina.
Sei-á esta la segunda publicación que de mi libro se haga en tal forma. Bien que la de V. será más completa ; ya en Londres se ha pubhcado en inglés algunos capítulos- referentes á las relaciones diplomáticas en- tretenidas por la Gran Bretaña y la Repú- blica Argentina en la época que media entre 1845 y 1852.
No puedo menos que notar la circunstan- cia especial que mientras en Europa como- en Cliile, República Oriental, Perú, Bolivia y Colombia se han dignado ocuparse de la Historia de la Confederación Argentina, y
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reputados hombres de letras me han hon- rado con juicios que me cnerguilecerían, si -yo fuese muy sensible a los elogios, en mi país ese pobre libro ha sido el blanco de los rencores tradicionales y de las prcocupa- -ciones inconscientes.
Digo mal: el blanco no ha sido el libro: ha sido el autor.
Si se exceptúa el general Mitre y algunos diaristas, todas las opiniones que se han vertido al respecto se han circunscrito a alirmar que el autor se lia propuesto defen- der la tiranía haciendo el panegírico de Rosas.
Lo curioso es que muchos de los que tan monstruosa acusación me han imputado, pertenecen á la escuela tradicionahsta en que se han desenvuelto desde que Rosas cayó Esos, que á la tiranía que pretendie- ron derrocar con Rosas, sustituyeron la tiranía de la palabra autoritaria, fundada en la preocupación y el rencor que ni mo- rahzan, ni educan, ni sirve para nada, sino es para cubrir de telarañas el espíritu, que no puede vivir exclusivamente del pasado. Si mereciese la pena detenerse en esa acusación, diría que ella es puramente es-
peculativa: una medida de guerra contra ese libro. ¿Por qué? ¿Quién pierde con que se descubra toda la verdad ?
Los que tienen interés en ocultarla.
Pero tan desacreditados deben estar ef rencor y las preocupaciones ante la filoso- fía histórica, que el editor se encargaría de demostrar cómo ello no ha influido para que el libro circule, y hasta para que for- me escuela entre la nueva generación que quiere pensar por sí y no como pensa- ban y piensan los que en la época de Rosas se revolvían entre desatentadas pasiones.
Y si no me fuese violento, yo demostra- ría igualmente lo especulativo deesa acu- sación, manifestando los títulos que tenga acreditados en servicio de las instituciones de mi país.
Veint'3 años há que vengo sirviendo á la libertad en el terreno de los principios; lu- chando por ella en el campo de las revolu- ciones; teniendo el honor de sufrir por ella en prisiones y destierros. No sé hasta aho- ra lo que es servirá un Gobierno. No he recibido hasta ahora favor, ni merced, ni empleo de Gobierno ni de hombre alguna de mi país. Vivo á costa de mi indepen-
dencia enérgica, y me he creado el derecho •de esci-ibir loque tenga por verdad. No necesito, pues, acreditai' en mi país el odio á la tiranía, y mucho menos por el medio que adoptan los que me acusan. Cualquie- ra persona imparcial comprenderá que no lie de haber consumido oclio años para •escribir un libro con el propósito de ha- cerme porte de las preocupaciones y de los ■odios de los unitarios ó de los federales, <jue juntos ensangrentaron y enlutaron la República Argentina en la luctuosa época que media entre 1828-1852.
Debo Vd. disculpar esta cuita pci'soiial, siquiera sea ¡lorque ella puede influir para refrescar el ánimo de ciertas gentes de ahí que se han hecho eco inconsciente de la tal -acusación ; y no sea cosa que víMigan á acusarlo á Vd también como divu'gador ó propagandista de un libro que esláen el Index ÚQ los que en materia de filosofía his- tórica están todavía con la palabra de Ri- vera In darte y de don Pedro de Angelis.
Por lo demás, usted hace de la Historia de la Confederación Argentina elogios su- periores al mérito literario, que este libro pueda tener. En cambio, veo con satis-
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f.-iCcion que usted mide lo que importa la eloboiaciijn de un libro de liistoriü sobre una época como la de 1820-1860, respecto- de la cual nada se había esciito como na fuesen diati'ibas ó panegíricos.
Harto he palpado las dificultades para abarcaí' esa época, y mucho he trabaja- do para presentarla. Ello constituye una labor injproba de paciente investigación; de análisis minucioso y comparado, de observación prolija y continua, (so pena de recomenzarla) para adquirir la certeza de los datos y enlazarlos y coordinarlos con los hechos múltiples ó compiojos, los cuales van surgiendo implacables como una montaña que amenaza aplastar la sa- lud mas robusta y la inteligencia mejor dotada.
Labor ruda, como los dias y las noches que corren estériles á las veces, entre el combate i?iaudito de la voluntad rine se afa- na en penetrar, y del raciocinio que pro- yecta sombras, y más allá de las sombras, masa informe, de la que hay qiw^ desentra- ñar la verdad que se vá buscando; como esos trabajadores sudorosos que cavan y cavan y mueren por generaciones, para
— lo- que otros motejen y desprecien en un mal minuto todo lo que ellos desentrañaron en largos años.
Esta labor absorbe y sustrae de la vida real, á tal punto que el tiempo de que se ha menestei' para otro orden de deberes, se antoja largas horas que se le roban.
Así los mejores halagos del placer llegan á descubrirle entre montones de papeles, legajos de manuscritos, diarios, anotacio- nes, libros, planos, croquis, retratos, cuyo volumen aterra al que no esté familiaiiza- •do á estirar la mano y encontrar hasta en la oscuridad; como si se tratase de los en- cantos de una mujer.
Y además, la suma de los .estudios con que se debe C()ntar, oque necesario es ata- car, y de conocimientos que menester es asimilarse para dilucidar el cumulo de cuestiones que surgen como oti'os tantos •perfiles necesarios del cuadro general que •se quiera abonar; y la suma de labor pura- mente reflexiva, comparada ó inicia!, para imprimirle á toda esa labor fragmentaria cierta armonía y cierta lógica, con ayuda de un criterio que se forma i'ecien cuando ■comienza para el escritor la tarea mecánica
— lí- ele l;i redacción general. Estoimporta para mí la elaboración de ese pobre libro.
Por otra parte, la situación del hombre que ataca tan abrumadora labor es, en la actualidad y en países como el nuestro, mucho mas difícil que antaño.
El individualismo moderno que empuja al hombre, á cualquier hombre, á ser el agente obligado de la multiplicidad de relaciones que abarcan su vida social y política; la propia responsabilidad apareja- da á ese individualismo que le impone- deberes ineludibles de diverso orden, ab- sorben un tiempo que representa una bue- na parte de la corta existencia, y arrebata el reposo que demanda esa pesada labor intelectual, poniendo á prueba la consa- gración en intervalos frecuentes al cabode loscualos muy feliz seencuentra uno si na tiene que reanudar el hilo que tanto desve- lo costó encontrar.
Bien se comprende cómo Lucano pudo escribir y limar todos sus libros, contan- do con el favor del Emperador á quien servía, y con un programa de acción limi- tado hasta por su holgada condición de patricio.
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La guerra de Jugurtha y la Conjuración ■de Catilina, modelos de un género que Motley y Macaulay, han hecho suyos en más de un concepto, escribiólo Salustio ■cuando se encontraba en un rango que le permitía ver el mundo desde arriba.
Otro tanto se puede decir de Tito Livio, de Tácito y de Quintilliano, quienes si bien sufrieron reveses de la fortuna, escribie- ron sus mejores páginas cuando tuvieron de su parte el favor del Poder, que era el Estado.
El glorioso manco de Lepanto soportan- do, como soporta el genio, todos los sufri- mientos y los rigores de las persecuciones •es, en la época moderna, una excepción solo compai'able con la magnitud de la obra.
Yo no pretendo hacer un mérito, poi' lo que á mi rcsficcta. Constato un hecho que muchos desconocen, quizá movidos por la preocupación que ha circunscrito Sii juicio lapidar al .'lutor de un libro de historia sin haber leidoe;?te libro.
De cualquier modo, señor, á Vd. le toca la responsaljílidad del ti'abajo queempren-
— is- cle, y á mi el deber de agradecerle su espon- tánea iniciativa en favor del hijo de mis desvelos de ocho años.
Adolfo S ahilas.
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PÁ&INÁS HISTÓRICAS
La muerte de Dorrego
La noticia del triunfo de la revolución encabezada por el general Lavalle y la pri- sión del gobernador de la Provincia, coro- nel don ]\Ianuel Dorrego, cayó en Buenos Aires como el anuncio de una catí'istrofe; y asi lo comprendieron la sociedad y el pueblo consternados. El cuerpo diplomá- tico resolvió mediar en favor del desdi- chado prisionero. Los partidarios del general Lavalle acosaron al gobiei'no de- legado con peticiones que mostraban así la cobardía con que querían eludir su pro- pia responsabilidad, como el deseo de que Dorrego desapareciera. El gobierno delegado no pudo menos que ceder á las exigencias de los prohombres unitarios, ordenándole al coronel Escribano que re-
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trogradase hasta Navarro, donde se encon- traba el general Lavalle y que le entregase á éste el gobernador prisionero, junta- mente con un pliego que contenía una csrta del almirante Brown y otra del mi- nistro Üiaz ^'élcz en las que ambos enca- recían á Lavalle la necesidad y convenien- cia de aceptarla proposición del goberna- dor Borrego de salir del país y de no vol- ver á él. bajo fianza segura.
Pero con anterioridad, al pliego del go- bernador delegado, el general Lavalle re- cibió cartas de los prohombres unitarios, en las que estos le presentaban como una necesidad el sacrificio del gobernador Bo- rrego. Así lo ha comprobado plenamente el señor Carranza, insertando esas cartas en que los señores Bel Carril, Agüero, Vá- rela (B. Juan Cruz y B. Florencio), Gallar- do etc., con una convicción que dbruma y con una frialdad que aterra, le manifesta- ban al general Lavalle que todo quedaría esterilizado si el gobernador Borrego no
sucumbía inmediatamente Esto mismo
se sabía y se repetía en esos dias tristísi- moS;, á partir del en que el general Lava- lle salió á batir al coronel Borrego; por
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manera que puede decirse que el gober- nadoi' de Ja Provincia, antes de ser toma- do, ya estaba condenado á muerte por los revolucionarios unitarios del 1". de Di- ciembre.
El criterio desprevenido se inclina á creer que fueron estos hombres quienes, haciendo pesar su autoridad sobre el ánimo impresionable del general Lavalle, decidieron con su condenación colectiva la muerte del gobernadoi- Borrego; por más que aquel se responzabilizase ante Ja historia de un hecho que debió evitar para no abrir la era de las tremendas repre- salias de la gueri'a civil. Estos hombres de distintos puntos de la República, que eran los únicos con quienes contaba Lavalle para llevar adelante la evolución iniciada ; esos antiguos magistrados, publicistas, es- tadistas, que gozaban del prestigio de sus antecedentes. .. ¿ no ei-an los llamados á decidir de los obstáculos y de las necesi- dades que se presentasen en el camino di- fícil que debía abrir y asegurar la espada vencedora del general Lava/le? Y. . . la su- ma de sus talentos y de su representación política; el compromiso de su adhesión;
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el servicio de sus personas, de su reputa- ción, y hasta el sacrificio de su porvenir : todo esto, que era por entonces la única base con que contaba el general Lavalle para consolidar su autoridad . . . ? no se lo otorgaba sin reserva y sin tasa, á condición de que Dorrego desapareciera ?
Así resulta de la nerviosa rapidez de los procedimientos con que el joven general quiere terminar de una vez la lucha ingra- ta que arde en su corazón, herido i)or dos corrientes opuestas: la de la humanidad, que lo dilata, y de la necesidad impuesta, que lo cierra por ñn á todo otro sentimien- to. Sabe que Escribano conduce á Dorrego. Pero este no llega pronto. El 12 hace cor- reo á Rauch para que aligerara esa marcha del calvario político. Rauch, el valiente
Rauch, recuerda su destitución! pero se
extremece de la suerte que espera al pri- sionero: desea alargar esa vida, pero
vuela! Lavalle quiere saber si llega al fin....
y manda á saberlo Rauch llega el dia 13
ú Navarro. Alli está Lavalle envuelto en un delirio ujás cruel que la muerte, cuya tar- danza es otra especie de muerte para él.... La llegada del prisionero zumba en sus oí-
— io- dos como el eco de un lamento que le llora. Y, sin embargo, no quiere verlo. Su deli- rio toma vuelo entre vapores de sangre, á través de los cuales distingue una esposa desesperada, hijos huérfanos, amigos con- dolidos, pueblo vengador. Pero esto es un relámpago. Una montaña de plomo lo ha- ce descender á la realidad. Al presentár- sele, monstruosa, toca los miembros mu- tilados de la pati'ia ; la tormenta ruge en el fondo de su ser; y vacilar lo parece un cri- men.... El cuadro se forma bajo un sol que cae perpendicular, y que fatiga á aquellos soldados que trasmontaron los Andes. La campaña es corta, pero es tremenda. ...Una llora después el prisionero es conducido al patíbulo improvisado junto á un corral de vacas.. ..Va sereno del brazo del padre Cas- tañer.. ..entrega al coronel Lamadrid una carta para su esposa, en la que estampa el último beso de su amor; una prenda para su hija, entre la última lágrima que su va- lor contiene, y se sienta perdonando á sus enemigos y pensando en Dios.. .. El capitán Paez adelanta un pelotón del 5." de línea.... levanta su espada, y el gobernador Borre- go cae bañado en sangre. Y como si el ver-
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tigo lo hubiera impelido á mojar la pluma en esa sangre, el general Lavalle escribe inmediatamente estas, lineas, en las que palpita la monstruosidad de la escena: « Participo al gobierno delegado que el co- « ronel Borrego acaba de ser fusilado por « mi orden al frente de los regimientos que « componen esta división. La historia dirá « si el coronel Dorrego ha debido ó no mo- « i-ir....Su muerte es el sacrificio mayor « que puedo hacer en obsequio del pueblo « de Buenos Aires, enlutado por él ».
En seguida del fusilamiento,^ el general Lavalle llamó á los oficiales superiores de su división. Estos creyeron que era su improbación expresa del fusilamiento lo que les iba á pedir el general. — Y bi^n, — les di- jo Lavalle, paseándose precipitadamente, y con la voz ahogada por la emoción, — si lósjefes hubieran formado consejo de guer- ra para juzgar á Dorrego, todos habrían votado la muerte de ésle, ¿no es verdad, señores?, . , Poro basta con que yo solo sea el comprometido. Yo lo ho fusilado por mi orden v sobre micaeiá toda la responsabi- lidad. La historia me juzgará.» La excita- ción febril del general Lavalle no se calmó
en los días siguientes, á pesar de las mani- festaciones y fiestas con que sus amigos querian borrar de su ánimo y del ánimo de la población la impresión ingrata del fusi- lamiento del 13 de Diciembre. Lo peor era que estos prohombres de la situación ma- reaban cil general Lavallc á punto do ena- genarle la voluntad de prohombres con quienes nosimpatizaban,óde hacerlefaltar á las conveniencias debidas á su delicada posición. Uno de esos dias se presenta en el Fuerte el vencedor de Ituzoingó. — ¿Qué piensa usted de la situación?» le pregunta el general Lavalie. — Pienso que es insoste- nible, tal como está hoy. — «F.sque yo no soy el hombre de 1815!» exclitma furioso y dándole la espalda Lavallc, mientro^Alvear se retiraba preguntándose por qué lo ha- bría llamado para insultarlo. Otro dia se paseaba apresuradamente por el salón del Fuerte, cuando entró Rivadavia acompaña- do del doctor Agüero. Conversando de la actualidad, preguntóle Rivadavia qué géne- ro de relaciones entablaría c<in !as pruvin- cias. — í,n«; provincias, ^xcI-thó Lo valle, dando fuertemente con el pié en el suelo; á las provincias las voyá meter denti-ode un
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zapato con 500 coraceros. — \'á monos, señor don Julián, dijo por lo bajo Rivadavia; este hombre está loco. Tal fué la única partici- pación que tuvo Rivadavia en la revolución de Diciembre de 1828.
El general La valle apeló al juicio de la posteridad, como que habi'ia sido estupen- do de su parte pretender justificar el asesi- nato político del jefe del Estado, que él ordenó á título de militar sublevado. Este juicio no le alcanzó en vida. La pasión po- lítica ó lo lapidó quince años consecutivos, ó lo llevó ala altura de las personalidades heroicas. Él llevó hasta la tumba el remor- dimiento de ese extravío de su patriotismo exacerbado por quienes tan incapaces fue- ron para fundar nada estable en lo sucesi- vo, como fieros se mostraron suscontrarios délas ventajas que obtuvieron cuando, en época luctuosa, unos y otros se buscaban para exterminarse en llanuras y montañas de la República ensangrentada. En princi- pio, hechos como el fusilamiento del go- bernador Dorrego, no se discuten: se con- denan en nombre de la libertad, á laque insultan, y en homenaje á la patria á quien enlutan. Tampoco justifican los odios bar-
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baros, ni salen de las responsabilidades que se contraen poiias represalias tremen- das quese suscitan. Los mismos que acon- sejaron al general Lavalle el fusilamiento del gobernador Borrego, pretendieron elu- dir responsabilidades agolpando durante treinta años acusaciones sobre quienes ex- plotaron ese fusilamiento para herir de muerte la libertad. Pero si se estudia úni- camente ese hecho y los sentimientos enér- gicos que inspiró, lógicamente se llega á derivar de él, el naufragio de la política liberal que se subsiguió, y entonces la complicidad de los acusadores, lejos de atenuarse, aparece tanto mas funesta cuan- to más atroces son los hechos denuncia- dos. Tal fue la tarea que se impusieron los panegiristas y libelistas unitarios y federa- les desde 1828 hasta 1852, y que han prose- guido algunos escritores argentinos en obsequio de la tradición que los seduce. Pienso que. para imitarlos, no valdrá la pena agregar una línea más; fuera de que <1esnaturalizaría el propósito que me he formado, sin vinculaciones que no me al- canzan y sin tradiciones de odio que recha- zo. .Hay^ por lo demás, para los pueblos,
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épocos de cxiravios comunes, á las que liay que estudiar en conjunto, para poder deducir de la lógica de los hechos las lec- ciones y los ejemplos saludables que se buscan, que tal es el objeto de la historia. Desde otro punto, la pasión vestida con galas más ó menos pomposas, domina ai- rada y exclusiva. El espíritu del escritor si- gue esos vuelos ligeros, la fantasía ascien- de enh'e ráfagas que ofuscan; las cosas se desnaturalizan: los hombres ó son ángeles ó demonios, y el cuadi'o tiene todos los tin- tes de lo maravilloso poético ó délo mons- truoso abominable.
El coronel Roüa^, gobernador
La Legislatura de Buenos Aires inme- diatamente de sancionar la ley de 6 de Diciembre de 1829, eligió al coronel don Juan Manuel de Rosas, gobernador y capi- tán general de la Provincia. (1 ) «Mi incli-
(1) Una circunstancia digna de notarse es que los miembros de esla legislatura eran en su totali- dad hombres que se dislinguian en la sociedad por su posición, por su fortuna ó por el roi que les habia tocado desempeñar en la cosa pública desde
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nación, señores, di, o Rosns, ni recibirse del mando, el conocimiento de mí mismo, lo nuevo del suceso, no han estado de acuerdo con un nombramiento que enér- gicamente resistí. Pero las circunstancias han podido más que todo, y por su influjo le he aceptado. »
El nuevo gobernador se dirigió al fuerte acompañado de una gran masado pueblo y allí fué personalmente felicitado por los hombres de la revolución de 1810 que so- brevivían, y demás notabilidades del país, como ser: D. Juím JoséPasso^ D. Domingo Matlieu y don Miguel deAzcuénaga. miem- bros de la Junta de 1810: los generales Alvear, Guido, Balcarce, Soler. Vidal, Al- zaga, Via monte, de los ejéi'cilos de la Independencia; don Tomás Manuel de Anchorena. el amigo de Belgrano y miem- bro de ius cabildos y congresos de la i'evo
flñris nkíls. E'Io5 ornn Issc-iUida. Garcia Valdéz, Peña, Gambuu, Del Pino. Anchorena, Aqiiirre, Obligado. Mfidraiio. Viola, Isasi, Sfgurola, Donado, Irigf)ven, Pacheco, Vega, Grela, Silveirü, Díaz, Vi- dal, Zelaya. Atrniar, del Campo, Kivero, Perdriei. Oan^-s. de Zúñigu. Posadas, Lozano, Marlinez. Todos volaron por Rosas, con excepción de Terre- ro, que voló por Villamonle.
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lución ; don Manuel José García, el antiguo diplómala; don Gregorio Tagle, antiguo ministro del directorio; don Diego Esta- nislao Zabaleta, uno de los que trabajó la reunión del congreso de 1826; don Grego- rio Pedriel, etc.
El nuevo gobernador expidió tres procla- mas: una al pueble, en la que pedía á todos el concurso para gobernar con la ley á fin de garantir el orden ; otra al ejército y ma- rina, en la que les recordaba los juramen- tos de fidelidad á la autoridad legal. La otra proclama era dedicada á las milicias de la provincia.
Rosas tuvo el tino de componer su mi- nisterio con tres hombi-es reputados por sus servicios al país y por sus talentos distinguidos, á saber : el general don To- más Guido, el secretario y amigo de San Martin ; el doctor Manuel José García, antiguo diplómata, y colaborador de Riva- davia ; y el general don Juan Ramón Balcarce, unos de los guerreros más brillantes de la independencia argentina.
La tarea era ardua. El periodo que se siguió á la disolución nacional de 1827, fué de transición y de revuelta. En dos años
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se había operado un cambio palpable en la sociedad y en el gobierno. Nuevas aspi- raciones campeaban absolutas en la arena déla nueva política. Rencores que se ali- mentaban francamente, como una protesta viva contra las administraciones anterio- res, servían generalmente de inspií'ación y de bandera á esa política.
Y no era Rosas, como no era Mamonte, ni el ministerio, ni los exaltados, los soste- nedores de esta política. Era el sentimiento general, unisono de un partido vencedor cuyos poderosos elementos de acci<')n en- traban de lleno y por la primera vez en la causa que con razón hacían suya, consa- grándole todo lo que tenían : un entusiasmo ineducado, una ignorancia deplorable y una inexperiencia política que tenían su ex- plicación en el desamparo en que siguie- ron !as campañas desi)ucs de 1810; en la indolencia con que se min') las necesida- des de sus habitantes, y en la ninguna par- tid paci(3n (jiic se k's di ■) á estas en las evoluciones que se sucediei-on hasta 1820, sino era para formar con ellos los batallo- nes con que se engrosaba los ejércitos que guerrearon por la independencia. La clase
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educada y dirigente de este partido estaba de pié merced á la influencia incontras- table de las campañas. Sobre la tumba de Dorrego uniformaron sus miras y con- fundieron sus aspiraciones. Sin el más fuerte, el centro urbano y educado que- daba en peores condiciones que el partido unitario que acababa de abandonar la es- cena política. Y no se puede negar que el elemento urbano, sin ser absorbido, se hizo el intérprete de las aspiraciones y de las tendencias del de las campañas, im- primiendo á la época que comienza en 1830 una fisonomía que era á la que había iniciado Rivadavia, lo que la de 1820 á la de los primeros años de la revolución de Mayo, cuando fué vencido, perseguido y expatriado el elemento aristocrático y civilizador que la proclamó y la hizo triunfar.
La evolución de las campañas de Bue- nos Aires en Octubre de 1820, y que co- mienza á realizar sus fines en 1829, puede decirse que constituye la tercera propor- ción de la sociabilidad argentina en orden descendente. Ellas se apoderan de la esce- na política, le imprimen sus inclinaciones
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sus tendencias en nombre de los mismos principios que sirvieron para marcar las dos épocas anteriores; y como fuerzas mo- trices que entraban por la vez prim.era en el desenvolvimiento regular de una orga- nización política que debía pasar por una serie de ensayos y calamidades antes de asentarse sobre bases más ó menos esta- bles. Insisto sobre esto por que es fun- damental para la explicación de evolucio- nes subsiguientes, cuyo estudio aislada conduce á exagerar verdades que vienen á ser otros tantos errores. La primera de esas evoluciones está marcada por el ele- mento aristocrático y decente de 1810, el cual arranca de los antecedentes legales y del propio derecho municipal para operar la revolución de Mayo, darle su programa, sancionar la independencia del país, y ha- cerla triunfar por el genio y el patriotismo de San Martin, de Belgrano y de Güemes. En segundo término, la crisis orgánica de 1820; la reacción tumultuaria de las clases medias contra la oligarquía de los hombres, y partidarios de los triunviratos y de los directorios. Los caudillos de las otras provincias les prestaron mano fuerte.
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Ellas quedai'on imperando en Buenos Ai- res como expresión genuina y palpitante de las pasiones arrebatadas, en el momen- to en que se inauguraba la crisis estupen- da de un pueblo que recien iba á fijar sus miras en el gran problema de su organiza- ción. Esta reacción fué el punto medio entre la época inaugurada, en 1810 y la época que se inauguró en 1829. Un mismo número de años la separaba de una y otra. Diríase basta que hubo propoi'ciona- lidad an la serie de los hcclios que contri- buyeron á crearla, y de los (jue ella produ- jo para que la derrumbaran. Las mismas causas que alególa reacción de las clases medias para divorciarse de los bombres que compusieron los gobiernos anteriores á quienes procesó como Traidores, fueron alegadas por la nueva reacción que apa- reció triunfante en 1829, con fines mas radicales que tuvieron la virtud de impo- nerse en los tiempos.
Por los auspicios de estas tres gi'andes proporciones se ha desenvuelto, pues, la sociabilidad argentina desde 1810 hasta 1829, y como he dicho en otra ocasión, en virtud de algo que se podi'ía llamar la ley
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de las renovaciones políticas, las cuales se han ajustadoú principios cuya originalidad y cuya lógica son dignas de estudio para meditar con fruto sobre la filosofía histórica de la República Argentina.
A diferencia de la evolución orgánica de 182G que atacó desde luego la organización constitucional de la República, la de 1829 circunscribió por el memento sus propósi- tos á radicar la situación en Buenos Aires en beneficioexclusivodslpartido vencedor, para prevenirse de los peligros con que la amenazaba el general Paz, quien al frente de las fuerzas de línea con que regresó del Brasil, disputaba el predominio de los uni- tarios en las provincias del interior. Esta gran masa de opinión proclamando la fe- deración que hasta entonces carecía de an- tecedentes legales y que no podría llevar á la práctica sino á condición de desalojar políticamente á los unitarios de las otras provincias. Y al proclamarlas así exaltaba á Rosas que era el principal campeón de tal idea, después de la muerte de Dorrego. Y vinculando el triunfo de esta con la per- sona de aquél, tributábale al gobernante los homenajes de un pueblo que sale de
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quicio, cuando el juego regular de las ins- tituciones no forma escuela, conteniendo las pasiones desordenadas que deprimen la libertad.
Estos homenajes dcbian llegar hasta el fanatismo; y la decisión y el entusiasmo €on que se prodigaban no encuentran pa- i'ccido en ninguno de los periodos revolu- -ciouarios de la República Ai-gentina. Hoy se niegan tales sentimientos por que á to- dos alcanzan los extravíos de una sociedad €OiTmovida en sus cimientos. , Para ncgar- losse suponeque la voluntad de un hombre pudo mas que la voluntad de un pueblo que dio cuatro repúblicas al mundo lu- €hando contra la España. Y se suponéoslo porque se olvida que los elementos que •exaltaban en 1829 al hombre á quien acla- maban el primer ciudadano de Buenos Ai- res, como lo había llamado el mismo gene- ral Lavalle, no tenían ni la educación ni los hábitos democráticos que se han adqui- rido después; que mas que esta educación y estos hábitos han podido los sentimien- tos ardorosos que sabe alimentar la sangre española que llevaban, los cuales engen- ■draron siempre ayer y hoy mismo, entu-
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siasmos tan enérgicos como para producir excesos cuyas causas son ancjnimas. Así, la prensa y los círculos gubernistas, dando riendas al encono que les inspiraba sus adversarios, se prevalieron del primer ani- versario del fusilamiento del coronel Bor- rego para demandar medidas rigoristas contra aquellos. La legislatura de Buenos Aires, por moción de algunos prohombres del partido federal que fueron desterrados bajo el gobierno del general Lavalle, san- cionó la ley del 24 de Diciembre que decla- raba «libelos infamatorios y ofensivos á la moral todos los impresos dados á luz por las imprentas de esta ciudad desde el 1" de Diciembre de 1828 hasta la convención de 4 de Junio último, que contengan expre- siones en algún modo injuriosas á las per- sonas del finado coronel Dorrego, del co- ronelJuan Manuel de Rosas, los goberna- dores de provincias, etc.»
Y fundándose en el pronunciamiento enérgico de la legislatura contra la misma revolución del 1." de Diciembre, y en que era absolutamente incompatible con la tranquilidad y el <')rden público la actitud de los que habían tomado parte en ella, el
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poder ejecutivo expidió un decreto por el cual declaraba que sería considerado como reo de rebelión todo el que, encontrándose en esas condiciones, «no diese en adelante pruebas inequívocas de que miraba con abominación los atentados cometidos por dicha revolución.» Como se vé, los federa- les tomaban presto represalias de la medi- da por la cual el gobierno del general La- valle clasificó uno ;\ uno á los conocidos como tales federales para asegurarlos ó desterrarlos.
Simultáneamente lalegislatura aprob() la conducta política y militar do Rosas desde el dia 1." de Diciembre hasta el en que to- mó posesión del mando: lo declaró Ilestau- rador de las lenes Q instituciones de la pro- vincia; le confirió el grado de brigadier y lo condecor(') con un sable y con una medalla conmemorativa. Rosas tuvo el buen juicio de no aceptar estas demosti'aciones análo- gas á la que hacían los demás congresos americanos á sus respectivos mandatarios, abriendo con ellas el camino á cuanto go- bierno fuerte ha imperado en el continente después de la revolución contra Lspaña.
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El general Quiroga
La personalidad del general Juan Facun- do Quiroga dio tema á Sarmiento para un libro que constituye bello llorón de la lite- ratura argentina. Bien que con el espíritu preconcebido del propagandista que sin- tetiza las causas complejas en los hechos que favorecen sus ideales, Sarmiento ha presentado con coloridos de maestro ese carticter original de los llanos argentinos, tomándolo desde el momento en que se inicia en las correrías pintorescas del gau- cho, hasta el en que se convierte en perso- naje político al favor de las livalidades en- tre los Dávila y los Ocampo. Desde que con sulanzaysusllanerosse apoderóde la situa- ción de la Rioja, Quiroga campe<) formida- ble donde quiera que se sintió la pujanza de su brazo y las manifestaciones de sus pasiones arrebatadas. Expresión superior de la naturaleza primitiva en que se había desarrollado, conducía sus propósitos en razón délos medios que ésta le brindaba. Valeroso hasta la temeridad; sagaz hasta
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lo increible; fecundo en expedientes singu- lares; tremendo en las victorias ; más tre- mendo todavía en las derrotas, y con chis- pas de genio para sacar provecho aun de las dificultades que le suscitasen, y resta- blecer la partida con cualesquiera que se le opusieren, el general Quiroga era un es- píritu sacudido por el frenesí de las luchas estupendas, en las cuales se agrandaba como se agranda un turbión cuando más recia es la borrasca que lo levanta.
Obligaba á los suyos á que confiasen en la Tictoria, como si esta dependiese del prodigio de su voluntad; y él confiaba también, seducido por la visión fantástica de un campo ensangrentado de vencidos por sus manos, y él espei'ando á los ven- gadores para vencerlos otra vez, y otra vez poder gozar de las fruiciones deliciosas del combate. Kl pueblo, los soldados, ha- bituados á batirse como leones á su lado, temblaban ante la mirada penetrante de esos ojos renegridos y medio ocultos bajo las guedejas de una cabellera abundante. Aquí era donde Quiroga descubrió sus dotes de caudillo de multitudes primitivas. Véase esta anécdota. Un objeto había sido
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robado. Todas las averiguaciones heclias- á los soldados habían sido iniVuctuosas Quiroga formó su tropa : hace corlar tantas- varillas de igual tamaño cuantos eran los soldados : oi-dena que se distribuyan á todos, y con voz segura dice :
«Aquel cuya varita amanezca mañana más grande que 'as demás, ese es el la- drón.» Al dia siguiente forma su tropa. Un soldado hay cuya varilla aparece más corta que las otras : «Miserable! le grita Quiroga con voz aterrante: tu eres!...» Y en efecto, éste era. . .el crédulo gaucho, temiendo que la varilla creciese, le había cortado un pedazo. V.n otra ocasión había- se robado algunas prendas á un soldado. Quiroga dice con seguridad: «yo sé quién es», y hace desfilar la tropa para adivinar- lo. De repente se lanza sobre un soldado, lo toma por el brazo y le pregunta seca- mente: «¿dónde está el apero?))— «Allí, ge- neral)), responde el gaucho, señalando un bosquecillo...
Su actitud de caudillo de multitudes ar- madas en el escenario político que le dis- putaban sus enemigos, suscitóle resisten- cias tremendas. La tradición partidista
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nbulta los hechos de Quiroga y como no nos explica su razón en otros hechos cor- relativos, lo exhibe como un ser abomina- ble. Cierto es que incurrió en actos de •crueldad, pero estos fueron por via de re- presalia, en una época de descomposición y de atraso, en medio de una guerra civil de- sastrosa^ cuando parecía que los unitarios y los federales adoptaban por principio aquellas tremendas palabras que pronun- ciaba Cicerón en los últimos dias de la Re- pública Romana: «César, somos los venci- dos podéis hacernos morir!»
Los principales hombres del país tuvie- ron franca relación con Quiroga. y ningu- no de ellos acudió en vano al sentimiento patriótico del formidable caudillo, según se acredita por la voluminosa correspon- dencia original que he tenido á la vista. En Noviembre de 1820 el general Güemes le encareció el envío de armas y soldados declarándole que «este recomendable ser- vicio pondrá el sello á los muchos que ha prestado al país y que le reconocerá éste.» Quiroga le remitió todo el material de gue- rra de la división Aldao y alguna tropa. En 1823 es el Libertador San Martin quien
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¡c llnma á la concordia con el gobernador Dávila. l''I [): dido llegó cuando las fuer- zas de Quiroga, se batían con la de este. AI entrar vencedor en la Rioja, Qniroga ordena que cesen los repiques, envía el pésame á la viuda del gobernador muerto en la pelea y le decreta á éste pomposos exequias fúnebres. En octubre del mis- mo año, el Libertador San Martin vuelve ;i agradecei'Ie los auxilios que ha prestado á la división del general Urdinarrea ; y en el mismo sentido y por servicios análogos le escriben los generales Balcorce, y e coronel Borrego, el general Alvear, don Nicolás Avellaneda, gobernadores y altos funcionarios de la República.
El pacto federal y el supremo poder militar
Las cuatro provincias del litoral acaba- ban de ligarse por un tratado cuyos efec- tos desgracia -.amenté del)ían recaer por el momento sobre el sui)remo poder mi- litar que les oponía el genei'al Paz. Ya en 23 de Mayo de 1830, el coronel Pedro Ferré, á nombre déla provincia de Corrientes, y
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el doctor Tomás Manuel de Anchorena, á nombre de la de Buenos Aires, habían firmado una convención preliminar para celebrar un tratado entre las mismas y las de Santa-Fé y Entre Ríos, que serian invi- tadas al efecto, y el cual tendría por objeto primordial formar una liga federal. Sobre esta base la del tratado de 28 de Febrero entre Santa-Fé y Corrientes los arreglos de 24 de Febrero entre Santa-Fé y Buenos Aires, y el tratado de 3 de Mayo de 1830, entre Corrientes y Entre-Rios, don Domin- go Cuiten por Santa-Fé, don José Maria Rojas y Patrón por Buenos Aires y don Antonio Crespo por Entre-Rios, concluye- ron en la ciudad de Santa-Fé, un tratado, el 4 de Enero de 1831, conocido por pacto federal.
Ese pacto fué la primera base orgánica que se dio la federación en la República Argentina, y tuvo la trascendencia en la organización que se llevó á cabo después. Según él las provincias contratantes adop- taban la forma de gobierno republicano-fe- deral, reconociéndose mutuamente su li- bertad, representación y derechos; y esti- pulaban una alianza ofensiva y defensiva
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conti-a toda agresión. Las bases 3" á 14* contenían una declaración de garantías y derechos recíprocos en favor de los habi- tantes y de las propiedades é industrias de los mismos. Para reglar los objetos y fines del pacto, el art. 15 creaba una comisión representativa de los gobiernos délas pro- vincias litorales, la cual debía componerse de un diputado porcada una de ellas, y re- sidir en la ciudad de Santa-Fé. Las atiibu- ciones de esta comisión eran «celebrar tratados; hacer declaraciones de guerra, siempre que las cuatro provincias estuvie- sen de acuerdo con ello : nombrar el gene- ral en gefedel ejéi'cito del litoral : determi- nar el contingente de tropas con que cada una debe contribuir á formarlo: invitará todas las demás provincias de la Rep>''blica^ cuando estén en plena libertad y tranquili- dad, á i'éunirse en federación con las lito- rales, y á que por medio de un congreso general federativo se arregle la administra- ción general del país bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior, su nave- gación, el cobro y distribuciim de las ren- tas generales, y el pago de la deuda de la República, consultando del mejor modo
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posible la seguridad y engrandecimiento déla nación, su crédito interior y exterior y la soberanía, libertad é independencia de cada nna de las prorincias. »
Mas que un tratado de unión y alianza para objetos inmediatos, este pacto era, como se vé, una verdadera constitución bosquejada á grandes rasgos. Si nó llenaba las exigencias de legisladores retóricos y formulistas, como los que elaboraban antes y después del añc 1831 las constituciones de Francia, las cuales se sucedían como hi- pérboles mas ó menos brillantes, tenía cuando menos en su abono el ejemplo de Inglaterra, que es la nación mas libre, con ser que se limitó á conservar las declara- ciones de la magna carta y ampliarlas en razón de sus necesidades sucesivas. Ver- dad es que el ejercicio del gobierno libre en la República Argentina, era en la época de transformismo y de guerra del año 1831, tan solo un ideal de los mejor preparados; y áque á su desenvolvimiento obstaban así Jas represiones de gobiernos revoluciona- rios ó de transición, como los r-eacciones de pueblos sin conciencia ilustrada déla libertad orgánica. Y tan poderosos eran
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cslos obstáculos entonces en América co- mo en Europa, que lioy, después de sesenta años, todavía fermentan esas reacciones y represiones en la República Argentina, bajo el imperio de una constitución liermosa, pero susceptibles como todas, de ser des- naturalizada cuando la virtud cívica y la educación democrática no vigorizan el or- ganismo gubernamental.
Así y todo, g\ pacto federal ÚQ 1831 arran- caba de los antecedentes políticos que los sucesos, las aspiraciones y las necesidades habían creado en las provincias del litoral argentino; y consider;indoIos hechos con- sumados y fundamentales, les daba sanción legal en la forma y latitud que conceptuaba más conveniente para que se conservasen en el tiempo. Lógicos son tales anteceden- tes; los gobiernos del litoral procedieron á la inversa de como procedieron los gobier- nos y constituyentes unitai-ios de 1819 y 182(). Estos vieron un todo, la Nación, al cual creyeron armonizar por el solo minis- terio de la ley que dictas( n, sin tomar en cuenta la opinión de las partes aisladas en la vasta extensión del territorio. Aquellos se apoyaron en las partes. las provincias.
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para llegar por el ministerio de estas á armonizarel conjunto. La idea de la nacio- nalidad argentina predomina en el pacto, jpor más que las circunstancias impidan por el momento la unión constitucional de todas las provincias, la cual se realiza re- cién en 1835 y 1840. Pero el hecho de la unión federal argentina queda ahí sentado y tan eficazmente, que los constituyentes de 1853 que sancionaron la constitución actual de la República, declararon que el pacto federal de 1831 «era lo que determi- naba el régimen de gobierno que debía adoptar la nación».
Frente al pacto fedei'al del litoral, levan- tábase con el objeto de destruirlo, un su- premo poder militar centralizado en las manos del general Paz y sin ningún prin- cipio orgánico que sirviera de término de •comparación á los pueblos, los cuales iban á decidir en lucha á muerte.... ¿qué iban á •deí idir? Nada más que quien predomina- ría con los suyos en la Repiíblica. En 1826 los principios de unidad y de federación sirvieron de bandera á dos pai'lidos políti- cos. La unidad quedó triunfante en el ter- reno de las ideas; pero la federación pre-
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valeció por el empuje de las muchedum- bres que arrastraron los jefes y caudillos de provincia. Kn 1830 no hubo mas princi- pio orgánico que el proclamado por el litoral. Y si bien Paz se decía unitario y actuaba como jefe de los unitarios en el interior, las provincias conserval)an legis- laturas, gobernadores y todas las aparien- cias de un mecanismo federaUsubordinado es cierto i\ los jefes del ejército do C(')rdoba, pero reclamado por los mismos amigos y adictos de Paz, imbuidos también en la idea de la soberanía de sus respectivas provin- cias.
Si Paz habia conflagrado diez provincias argentinas para organizar la naci(')n bajo el régimen unitario, imponiéndole con sus armas que ya habían lechazado <: por qué dejaba subsistentes los hechos que obs- tarían á esa organización, aún suponiendo que su supremacía militar fuese duradera? Y si dejaba subsistentes estos hechos que aproximaban el interior al.litoral, ¿porqué no enviaba los diputados de las provincias del interiora la Coniisióu represeatativa de Santa-Fé, donde formarían grande mayo- ría sobre las de las cuatro del litoral, con-
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servándose en su posición, apartando así el motivo del rompimiento, y comprometiendo á Rosas, á López y á Ferré á la faz de la nación y á la luz de los principios ?...<; Por qué Rosas y López destruirían su inñuen- cia?. . . Pero él era el más fuerte, el gene- ral mas hábil y tenía su ejército y sus re- cursos propios. ¿Porqué él era unitario convencido, y Rosas y López especulaban, según la voz corriente, con la federación sobre los sentimientos de las muchedum- bres semi-bárbaras, imposibilitando la paz y felicidad de la República? Pero, enton- ces, ¿porqué se equiparaba él con éstos, y concurría por otro cammo al mismo ob- jeto, imponiendo con sus armas un i'égi- men de gobierno que en fuerza de las resistencias que sublevaba había com- prometido la independencia argentina, derrocado dos directorios, dos congresos y una presidencia, y empujado á las pro- vincias á despedazarse las unas con las otras?. . . Porque más que la organización nacional, era la supremacía personal lo que buscaba el general Paz, como la buscó en seguida el general Lavalle. Sin que el uno ni el otro levantara, durante la guerra
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civil á que se lanzaron mas iilea orgánica que lo que las provincias habían rechazado y contra la cual lucharon por los auspicios de Rosas, hasta hacer ti'i untar la idea fe- deral en el congreso de 1853. Todavía en 18 i6 el doctor Florencio Várela, director político de los unitarios, inquirido poi- Sar- miento sobre sus vistas respecto de la or- ganizaci<3n del país, respondió sencilla- monte que el programa estaba ya trazado por la constitución de 182r) !
Qtilroga y Lamadrid
Después de terminar su campaña de Cu- yo se dirigió Quiroga á Tucuman. Había motivos especiales que lo enipnjajjan á dirimir para siempre la contienda con Lamadrid y con López, que eran sus im- placables enemigos. En Mayo de 1830, el gobernador don Javier Lopoz pidió por intermedio de su delegado al de Buenos Aires que le entregase al famoso criminal Juan Facundo Quiroga para ser juzgado por un tribunal nacional que se nombra- ría al efecto.»
Es fácil imaginarse como enardecería d.
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Quiroga el verse así tratado por un enemi- go sobre quien pesaljan acusaciones como las que constaban del sumario que le man- dó levantar el mismo Lamadrid en 1826, después de declarar ^caduca la tiranía san- grienta que ejerció en Tucuman el general Javier López.» (En la pagina 15 de este su- mario se lee la lista de los fusilados y dego- llados por orden de don Javier López, sin tormación de causa. Figuran en ella el ge- neral Bernabé Araoz, Don Juan Pedro Araoz, el general Martin Bustos, los co- mandantes Carasco y Gordillo, capitán Mar- ciano Ui'la y veinticinco ciudadanos y sol- dados cuyos nombres se dá.)
Por lo que atañía a Lamadrid no era me- nos fundado el encono de Quiroga. Lama- drid durante su comando militar enlaRio- ja y en San Juan el año anterior, no solo había dado carta blanca á sus subordina- ■ dor para que ejerciesen actos de rigoi',que ejercieron en efecto, provocando otros de partede los adversarios, sino que se había apoderado de una fuerte cantidad de onzas de oro que Quiroga guardaba en su casa de la Rioja, insultado la esposa -de este y hé- chole arrastrar un grillete á la anciana
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madre. Esto ultimo era lo que más hería al formidable caudillo, y de todo ello tenia las pruebas evidentes como se vé en las si- guientes cartas encontradas en sus pa- peles.
El 30 de Junio de 1830, Lamadrid le es- cribía en San Juan á don Ignacio Videla, dándole cuenta de la providencia que aca- baba de tomar en la Rioja: «espero que dé usted üi'den á los oficiales que mandan sus tuerzas en persecusión deesa chusma, que quemen en una hoguera, si es posible á to- do montonero que agarren. A Ouiroga se le han pedido doce mil pesos y seis mil á Bustos, con plazo de tres dias que vencen mañana. A mi retiro de la Rioja deben ir los presos conmigo; yo los pondré donde no puedan dañai-. El pueblo está empeña- do en que reclame la persona de Etchega- ray, lo cual hago de oficio. A estas cabezas es preciso acabarlas, si queremos que ha- ya tranquilidad duradera. Espero, pues, que usted lo mandará bien asegurado al cargo de un oficial y cuatro hombres de confianza, con orden que en cualquier ca- so de peligro de fugarse, habrá llenado su deber dando cuenta de su muerte».
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«Acabo de saber por uno de los prisione- ros de Quiroga, — escribía Lamadrid á don Juan Pablo Carballo, — que en la casa de la suegra ó en la de la madre de aquél es efectivo el gran tapado de onzas que hay en los tirantes, más no está como dijeron al principio, sino metido en una caladura que tienen los tirantes en el centro, por la parte de arriba y después ensamblados de un modo que no se conoce. Es preciso que en el momento haga usted en persona el reco- nocimiento^ subiéndose usted mismo, y con una hacha los cale usted ei^ toda su ex- tensión de arriba, para ver si dá con la ha- cha esa que es considerable.
Reservado: Sida usted con ello es preciso que no diga el número de onzas que son, y si lo dicen al darme parte, que sea después de haberme separado unas trescientas ó más onzas. Después de tanto fregarse por la patria^ no es regular ser zonzo cuando se encuentra ocasión de tocar una pai'tesin perjuicio de tercei'o, y cuando yo soy des- cubridorycuanto tengo es para servirá todo el mundo...» (Manuscrilosoriginalesen po- der de la señora hija del general Quiroga).
Taleseran los antecedentes que mediaban
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entre los dos jefes unitario del Norte y el jefe federal de la Rioja. cuando este último se presentó frente Tucumán con sus guer- reros. Lamadrid y López esperaron á Qui- roga en el campo de la Cuuladda, en las orillas de la ciudad, el 4 de Noviembre de 1831. Todavía están en las fllas militares Pedernera, Barcala, Arengreen, \'idela Castillo, Balmaceda y otros de los vencedo- res de Saa Roque, La Tablada y Oncativo. Las fuerzas contendientes son casi iguales en el número, tres mil hombres de parte á parte; si bien los unitarios íoi-man en su centro un castillo de fuego con la artillería é infantería. Pero Lamadrid no tiene sufi- ciente autoridad sobre sus subordinados para imponer la unidad de su plan, si es que de veras lo tiene; y la suerte de la bata- lla queda librada á los jefes de división. Y el espíritu indomnble de Quiroga está in- crustado en sus soldados, los cuales se lan- zan como leones hacia donde los empuja el grande eco de su jefe, que es el eco de la victoria que los llama. Quiroga se coloca convenientemente para neutralizar el efecto de la artillería unitaria. Cuando una de sus alas es amagada, él lanza al coronel
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Vargas con su caballería sobre la infante- ría de Barca la; y cuando ha comprometido todas las fuerzas de Lamadrid, se lanza él en persona y ordena á Ibarra y á Reynafé que lo sigan con sus divisiones. Después de dos horas de lucha y entrevero, queda dueño del campo de batalla.
Su triunfo fué completo. Los coroneles Barcala, Larraya, Ares y Merlo, gran can- tidad de oficiales y cuatrocientos soldados quedaron en su poder.
Cuando se encuentra arbitro de Tucu- man, comisiones do vecinos notables van á su campo a implorarle clemencia. Él les enseña los jefes que tanto han gueri'eado contra él y todos los prisioneros cuya vida ha respetado; pero en represalia del ase- sinato del general Villafañe y de los trata- mientos de que fué víctima su anciana madre, manda fusilar á algunos de sus enemigos políticos. La esposa de Lama- drid se encuentra en Tucuman. Quiroga la manda buscar para preguntarla sobre el paradero de los noventa y tres mil pesos fuertes que de su casa de la Rioja le se- cuestró ese general. Después de cerciorar- .se de que la .dama lo ignora le dá liber-
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— sa- lad, é impone una contribución pecunia- ria á la ciudad de la misma manera que lo habían hecho Paz, Dechesa, Lamadrid y Vidcla Castillo en Córdoba, Santiago del Estero, Mendoza, San Juan y la Rioja.
Kn seguida de la batalla, Lamadrid y Ouiroga se cambiaron lascartassiguientes, <|ue ponen de relieve los hechos por propia confesión de los interesados: «General — le decía Lamadrid áQuiroga — no habiendo te- nido en mi vida otro interés que el de servir á mi patria, hice por ella cuanto juzgué conveniente á su salvación y á mi honor, hasta la una de la tarde del dia 4 en que la cobardía de mi caballería y el arrojo de V. destruyeron la brillante infantei'ía que es- taba á mis órdenes.
Desde ese momento en que Vd.qued(j dueiio del campo y de la suerte de la Re- pública, como de mi familia, envainé mi espada para no sacarla masen esta desas- trosa guerra civil, pues todo esfuerzo en adelante será más que temerario, crimi- nal. Con esta firme resolución me retiro del territorio de la República, intimamente persuadido de que la generosidad de un guerrero valiente como es Vd., sabrá dis-
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pensar todas las consideraciones que se merece la familia de un soldado que nada ha reservado en servicio de su patria y que le ha dado algunas glorias. He sabido que mi señora fué conducida al cabildo en la mañana del 5 y separada de mis hijos, pero no puedo persuadirme de que su magnanimidad lo consienta, no habiéndo- se extendido la guerra jamás por nuestra parte á las familias. Recuerde Vd. general, que á mi entrada en San Juan, yo no tomé providencia alguna contra su señora. Rue- go á Yd., general, no quiera marchitar las glorias de que está cubierto, conservando en prisión á una señora digna de compa- sión, y que se servirá Vd. concederle el pasaporte para que marche á mi alcance, etc.»
Quiroga procedió con elevación. « Usted dice, general, le respondió áLamadrid. que han respetado á las familias sin acordarse de la cadena que hizo arrastrar á mi ancia- na madre, y de que mi familia por mucha gracia fué desterrada á Chile como único medio de evitar que fuese a la Rioja donde Vd. la esperaba para mortificarla; mas yo no me desentiendo de esto y no he trepida-
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do en acceder á su solicitud, y esto, no pol- la protesta que ^'d. me hace sino porque no me parece justo atiijir al inocente.» Y para mostrarle que su proceder fué expon- táneo, le agrega rudamente: «Es cierto que cuando tuve aviso que su señora se se liallaba en este pueblo, ordené fuese puesta en seguridad, y tan luego como mis ocupaciones me lo pei-mitieron, le averi- güé si sabía dónde iiabía Vd. dejado el di- nero que me extrajo ; y habiéndome con- testado que nada sabía, fué puesta en li- bertad, sin haber sufrido más tiempo que seis dias. > Y al concederle el pasaporte cierra su carta así : « No creo que su seño- ra por sí sola sea capaz de pi'oporcionarse la seguridad necesaria en su ti ánsito, y es por esto que yo se la proporcionaré hasta cierta distancia ; y si no lo hago hasta el punto en que Vd. se halla, es porque temo que los individuos f|ue dé para su compa- ñía, corran la misma suerte que Melián, conductor de los pliegos que dirigí al señor general Alvarado. »
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La expeilicióii al desierto
Los contemporáneos que hasta la apari- ción de mi li'^ro pocas noticias tenían de la expedición al desierto en 1833, y que lian visto como se ejecutí) la ley de 1878, se pre- guntarán: si Rosas desalojó á los indios desde Bahia Blanca hasta las cordilleras y la frontera de Mendoza hasta Magallanes, ¿cómo es que en 1879 se emplearon dos mi- llones de duros y todo el ejército de línea argentino para batir los indios en esos mis- mos desiertos? Es evidente que las divisio- nes de Rosas concluyeron las indiadas que recorrían toda aquella vasta extensión de territorio. Los únicos indios á los cuales no pudo reducir fueron los indios arauca- nos que, unidos á los ranquelcs, se habían batido con las divisiones de Aldao y Hui- dobro, y que al saber que venía sobre ellos Rosas por un lado, y el genei-al Bulnes por el lado de Chile., se sometieron á las condi- ciones que este ultimóles impuso. Si no hubiesen mediadoen Chuelas circunstan-
cias que obligaron ol general Bulnes á fal- tar al plan acordado con los gobiernos de BuenosAires,C<)rdobay]Mendoza; si en vez de hacer una paz poca duradera con los indios chilenos y ranqueles, consintién- doles supermanencia en los valles de las cordilleras, los hubiera atacado hasta ar- rojarlos al oriente de los mismos, esos indios habrían sido concluidos por las divisiones victoriosas del general Pacheco y del coronel Ramos. Los que hubiesen pretendido escapar por el exterior del rio Negro habrían sido concluidos igualmente por la división que fué á ^'aIchetas. Y si algunos lo hubiesen pretendido por el in- terior del Rio Colorado, habrían sido tam- bién concluidos por las divisiones de in- dios pampas que con cuati-o compañías de líneas Rosas había enviado al país délos ranquelctí. Poi-ütia paite los indios pam- pas y tehuelches de Catricl, Gachul y Cha- ñil, vivieron tranquilamente hasta 1852 del l>nstoreo y comercio de pueblos. Ha sido después del año 1852, cuando esos indios y los ranqueles invocando los rigores de los gobiernos que levantaban las luchas civi- les asolaron las provincias fronterizas, vi-
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niéndosc por el sud de Buenos Aires hasta el Tandil, por el Pergamino, y destruyendo después las varias expediciones que orga- nizaron esos gobiernos hasta 1870.
La conquista del desierto que llevo á ca- bo Rosas en el año de 1833, y la acción lenta del tiempo, ejercida á través de las continuas correrías del salvaje, habían acabado con casi todos los indios, cuando nueve mil veteranos argentinos á las órde- denes del general Julio Roca penetraron en esos desiertos con el objeto de ttjar la línea de fronteras sobre Rio Negro y Xeuquen. El general Roca le asignó á la obra de Ro- sas la trascendencia que le daba la fuerza de las cosas, cuando é! mismo amplió su plan en razón de las facilidades que le brin- daban las operaciones (|ue Rosas llevó á cabo y que Roca cumplió ocupando mili- tarmente esos desiertos hasta las faldas de los Andes, donde ya hoy se levantan cen- tros de trabajo y civilización.
«A mi juicio, escribií) al general Roca al ministro de la guerra coronel Adolfo Alsi- na. el mejor sistema de concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos ó arrollán- dolos del otro lado del Rio Negro, es el de
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la guerra ofensiva que es el i/iismo seguido por Rosas, quien casi conclicyó con ellos.* Y una vez que desenvuelve su plan, el gene- ral Roca agrega: «doscientos hombres ar- mados bastarían para hacer la policía del oasis ranquelino, evitando que nuevas himigrnciones aiiracanus vengan á hacer su nido en él, COMO SUCEDIÓ DESPUÉS QUE ROSAS LO DEJÓ LIMPIO por el abandono que nuestras guerras civiles nos han obli- gado á hacer de las fronteras.»
«Los indios no se multiplican como los cristianos, decía á este respecto un emi- nente estadista argentino.
El general Roca lo ha visto, y á él se le debe en mucha parte el descubrimiento de una verdad que ocultaban los mirajes de la Pampa: no había tales indios!
No son ni Roca, ni Alsina, ni Gainza. los que los han destruido. Ivs la acción lenta que han venido ejerciendo un siglo de lu- cha, la propia vida salvaje y la falta de medios de sub.sislir. Xo había tales indios; y hoy, meditándolo bien, dá vergüenza pensar en que se haya necesitado un pode- roso establecimiento militar, y á veces ocho mil hombres para acabar con dos
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mil lanzas que nunca reunirán los salvajes.
Calfucurá fué destruido por el general Rivas... Alsina destruyó á Catriel, y la obra final, meritofin, digna de un generala es la que ha emprendido el general Roca con todo el poder militar de la nación.» (El Nacional, redactado por el general Sar- miento.)
El testimonio de los mas valientes adver- sarios de Rosas : el no menos autorizado del general en gefe del ejército expedicio- nario al desierto en 1879, corroboran lo que dicen los documentos, y lo que atesti- guan también las personas que formaron parte déla División Izquierda en 1833, es á saber: que con las solas fuerzas de esta División, Rosas concluyó con los indios del desiei'to ; y que á nu haber sobrevenido la guerra civil que azotó la República, ha- bría concluido con los ranqueles y tam- bién con los chilenos combinando sus fuer- zas con las de Chile, como estaba pi-oyec- tado.
JXapostii
Concluida la conquista del desierto, qui- so Rosas cumplir lo que había acordado con el gobierno de Buenos Aires, es asa
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bcr que, una vez terminada la campaña victoriosamente, licenciaría el ejército y firmaría él mismo la baja de todos los mi- licianos, dejando solamente en píelos es- cuadrones y cuadros veteranos.
Para despedirse de sus soldados en nom- bre de la patria, Rosas los foi'mó el dia 25 de Marzo de 1824, en la margen del arroyo Napostá y les dirigió la siguiente proclama que transcribo íntegi*a por la importancia de los liechos históricos que enuncia:
« Soldados de la patria ! Hace doce meses que perdisteis de vista vuestros hogares para internaros en las vastas pampas del sur. Habéis operado sin cesar todo el in- vierno y terminado los trabajos de la cam- paña en doce meses como os lo anuncié. Vuestras lanzas han destruido los indios del desierto, castigando los crímenes y vengando los agravios de dos siglos.
((Las bellas ref/iones qice se ejclienclen /tas- tala cordillera de los Andes y las costas que que se desenvítelven hasta el afamado Maga- llanes, quedan abiertas i^ara vuestros hijos. Habéis excedido las esperanzas de la pa- tria.
«luitretanto, ella ha estado envuelta en
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desgracia por la furia déla anarquía. ¡Cuál sería hoy vuestro dolor si al divisar en el horizonte los árboles queridos que marcan el asilo doméstico, alcanzareis á ver la fu- nesta humareda de la guerra fratricida !
«Pero la divina Providencia nos ha libra- do de tamaños desastres. Su mano protec- tora sacó del seno mismo de la discordia un gobierno federal, á quien habéis rendido el solemne homenaje de vuestra obediencia y reconocimiento.
«¡Compañeros! Jurand oqui delante del Eterno que grabaremos siempre en nues- tros pechos la lección que se ha dignado darnos tantas veces, de que solo la sumi- sión perfecta á las leyes, la subordinación respetuosa á las autoridades que porellas nos gobiernan, pueden asegurar la paz, li- bertad y justicia para nuestra tierra,
«¡Compatriotas! que os gloriáis con el tí- tulos de Restaudadores de las Leyes, acep- tad el honroso empeño de ser sus firmes columnas y defensores constantes.»
La victima de Barranca Yaco
El 15 de Febrero de 1835, sucumbió el general don Juan FacundoQuiroga en Bar-
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ranea Yaco, víctima de una temeiidad sin ejemplo, y cuando según sus propias de- claraciones y hechos sucedidos, se prepa- raba á ejercer su inñuencin en el interior para trabajar la organización constitucio- nal de la República, concillando con Rosas el medio de llevarla á cabo sobre la base de la federación de provincias capaces de regirse por sí mismas; formando de dos ó ó más una con elementos sobrados para ese objeto, como lo acababan de proyectar las de Cuyo, según según la ley de Mendoza de 8 de Enero de 1834, y en cuyo plan en- traban Hercdia é Ibarrapor lo que hacía á las provincias del norte.
Fundándose en estos proyectos trascen- dentales y en algunos do los conceptos de la carta de Rosas á Quiroga, sobre la cons- titución de la República, algunas personas le atribuyeron al principio participación en el asesinato. Pero los mismos antecedentes de este asunto, la actitud que asumió Ro- sas con ocasión del asesinato, la publicidad que se empeñó en dar á todos los detalles que á ello se referían, la circunstancia es- pecialísima de haber solicitado él mismo y obtenido de los gobiernos confodei'ados el
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derecho de hacer juzgar á los Reinafé por los tribunales ordinarios de Buenos Aires, y de no haber estos imputado á Rosas el mínimo cargo, ni la mínima participación en dicho asesinato, durante la larga y labo- riosa secuela del proceso, en el cual depu- sieron todos cuantos fueron llamados para el mayor esclarecimiento del crimen: todo esto reduce esa sospecha leve á una afir- mación sin fundamento que rechaza la crítica tranquila y severa. Ninguno ha ido más allá contra Rosas que Rivera Indarte. después de haberlo exaltado á la par de los más entusiastas; y que Sarmiento que fué durante quince años el batallador incansa- ble y brillante contra el gobierno fuerte. El primero imputa á los Reinafé el asesinato de Quiroga; y el segundo dice en su Facun- do que «la historia imparcial espera todavía revelaciones para señalar con su dedo al instigador de los asesinos. »
Y la luz se ha hecho al respecto. Los Rei- nafé procuraron por todos los medios hacer recaer la culpabilidad sobre Ibarra. al mis- mo tiempo que hacían creer á Santos Pérez y á otros que el asesinato de Quiroga era una cosa convenida entre ellos, López y
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Rosas. Ibarra se justificó, como se justificó Rosas, aun al sentir de sus enemigos polí- ticos; pero López no pudo conseguirlo ni mucho menos los Reinafé. Del estudio de- tenido que he hecho de todos los antece- dentes de este asunto, del examen de todos l(js papeles que he podido proporcionarme, alguno de los cuales se desglosaron del vo- luminoso expediente seguido á los Reinafé, pienso que puedo afirmar que el asesinato del general Quiroga fué una obra preparada por Don KstanislaoLopezy su Ministro Don Domingo Cúllen. de acuerdocon los cuatro hermanos José Mccnte, José Antonio, (iui- llermo y Francisco Reinafé.
Desde luego, es indudable que López y Ouiroga se miraban con ojeriza. En 1831 se produjo entre ambos una grave desave- nencia con motivo de haber el primero hecho nombrar á don José Vicente Reinafé gobernador de Córdoba, á pesar de la resis- tencia del segundo, quien alegaba que el nombrado era un nulo que entregaría la provincia á los mismos á quienes él acababa de vencer asegurando el triunfo de la fede- ración en Cuyo, el intex*ior y ol norte. Rei- nafé y sus hermanos, que no ignoraban esta
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circunstancia y las consecuencias que po- drían sobrevenir, como quiera que Quiroga se expresara con su franqueza genial, com- partieron naturalmente deesa ojeriza, que Rosas se la recordaba después hábilmente á López en su carta sobre el suceso de Bar- ranca Yaco. El resultado fué que Quiroga se retiró entonces manifestando á todos los que querían oirlo, que López quería colo- car instrumentos peligrosos en el interior; pero que en este camino debía cuidarse de que no se les colocara él (Quiroga) en San- ta-Fé : y que López dijo á sus íntimos, y se lo hizo repetir á Rosas, que se liacía nece- sario que interpusieran juntamente su in- fluencia para evitar que Quiroga trastorna- se el orden de la República.
La influencia de López pesaba demasia- do sobre el gobierno de C(3rdoba para que pasara desapercibida á la mirada suspicaz de Quiroga. Y para que fuese más mortifi- cante, los Reinafé se empeñaban en asimi- larse elementos hostiles á Quiroga, los cua- les al favor de la condescendencia que, de acuerdo con López se les dispensaba, po- dían constituir una amenaza seria sobre la Rioja, Catamarca, San Luis y todo Cuyo.
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El general Ruiz Huidobro, que se encon- traba en esa provincia con los restos de la división con la que había expedicionado al desierto ponía áQuiroga al corriente de la conducta de los Reinafó, de la influencia que sobre ellos ejercía López, y hasta cre- yó haber descubierto un plan tramado en- tre don Domingo Gullcn, los Reinafé y los emigrados unitarios de Montevideo, para convulsionar el litoral por los auspicios do López, y para deshacerse de Rosas y deOui- roga. La revolución de Junio de 1833 contra los Reinafé para colocar en el gobierno de Córdoba á don Claudio Arredondo, que ha- bía sido el candidato de Uuiroga. fué atri- buida á los manejos de Ruiz Huidobro y á las indicaciones del mismo Ouiroga. En la causa que con este motivo se le siguió ;i Ruiz Huidobro, el gobierno se vio obligado á sobreseer en virtud de la dificidtacl de es- clarecer ciertos liedlos ij circunstancias de graves trascendencias para la cosa 'pública que no se debía complicar inas. Es indudable que esas palabras se referían no solamente ala participación indirecta que ajuicio del gobierno de Buenos Aires tenía Quiroga en ese movimiento, sino también á las re-
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velaciones que había hecho Ruiz Huidobro al mismo doctorMaza, acerca del plan com- binado entre Cúllen, López, los Reinafé y los unitarios de Montevideo, en descargo de la ingerencia que se le atribuía en el mo- vimieülo de Córdoba. Y estas revelaciones concoi'daban en un todo con las denuncias contenidas en la carta del doctor Moreno, al ex-ministro Ugarteche, del plan entre esas mismas personas para convulsionar ei litoral y desliacerse de Rosas y de Quiroga. (Juiroga desaprobó la conducta de Hui- dobro en aquella revolución, pBi'O López y los Reinafé vieron en él al instigador prin- cipal de lo sucedido ; y á partir de este mo- mento no se creyeron seguros hasta que no desapareciera esa inrtuencia que podría abatirlos. Cuando Quiroga pasó para Bue- nos Aires con el regimiento Auj-ilicD-es délos Andes, huhÍQVOu ÚQYQíxMzñv un plan pora deshacerse deél en la misma ciudad de Córdoba; y si ese plan fracasó no fué por que el temerario caudillo no les diera tiem- po suíicienle para consumarlo, sino por- que no encontraron instrumentos capaces de Llevarlo á cabo sin que resaltara su complicidad. En setiembre de 183í, el co-
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ronol P^rancisco Reiiinfé se dirigió á confe- rencinr con López, sin que promediara ningún asunto ni enlerés interprovincial q u e a sí 1 o req 1 1 i r i ese .
Según lo dice el mismo López en su carta á Rosas. Reinafé le habló de la probabilidad de que Qviroga los atacase d ambo.r, entabló- cc>n él una correspondencia continuada.
El general Paz que todavía se hallaba pi-eso en Santa-Fé, dice en sus memorias que las relaciones de López con los Reinafé eran íntimas; que el coronel don Francisco Reinafé estuvo en Santa-Fé un mes antes de !a muerte de Quiroga, liabitando en la propia casa de López y empleando muchos dias en conferencias misteriosas con éste. « En Santa-Fé, agrega, fué universal el regocijo por la muerte de Quiroga: poco faltó para que se celebrase públicamente. Quiroga era el hombre á quien más temía López, y de quien sabía que era enemigo declarado.
Xo habrigo ningún género de duda que tuvo conocimiento anticipado y acaso par- ticipación en su muerte». En una de estas conferencias, don Domingo Cúllen, minis- tro general de López, arregló con Reinafé la manera de sacrificar á Quiroga. Guanda
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■el gobierno de Buenos Aires comunicó á ios del interior la misión confiada á Quiroga á fin de que le prestaran ios auxilios necesa- rios de caballos en las postas del tránsito, López se apresuró á dirigir por su parte al gobernador Reinafé una carta aparen temen- te destinada á confirmar los deseos de aquel gobierno, pero en realidad con el designio de señalarle la oportunidad que esperaba; pues en ella le indicaba el camino que re- corría Quiroga, las postas en que debía detenerse y la conveniencia de hacerlo cus- todiar con oficiales de confianza, que resul- taron después complicados en el asesinato de ese general.
Inmediatamente el gobernador Reinafé delega el mando á pretexto de enfermedad y se retira á su estancia del Totoral, después de ordenar que una partida se aposte en el monte de San Pedro, como á ocho leguas del partido de Tulumba que comanda su hermano don Guillermo y que asesine á Quiroga y á todos los que le acompañan. Pero Quiroga ya está en Córdoba y sigue su marcha con la misma precipitación con que cruzó por Buenos Aires y Santa-Fé, y consigue escapar todavía á la celada que le
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tienden. Sin embargo, el gobernador Rei- nafé yor dónde regresa Quiroga y cuándo llegará á tal ó cual punto, por que con fecha 13 de Febrero escribe á su hermano don Guillermo «que por el bajo de Recua andan unos siete salteadores; y si puedes cvstodiar la persona del general Quiroga á su pasada^ debes hacerlo á toda costa; no sea cpje vi- niendo con poca escolta, eses picaros inten* ten algo y nos comprometan.»
^( Aquí es de notar, decía Rosas en su car- ta á López ya citada, que la orden es con- dicional; y no es fácil comprender lo que importaba esta condición de&de que no se puede concebir qué imposibilidad tan abso- luta se preveía que podría tener don Gui- llermo de custodiar al general Quiroga supuesto que debía hacerlo á toda costa. También es de notar que la orden no dice si debe custodiarlo á su pasada por su pro- vincia ó por donde estaba don Guillermo. Si lo primero, debían ser muy públicas las providencias de este señoi- para dar cum- plimiento á la orden, ó hacer constar no haberlas tomado. Si lo segundo, era igual mente ridicula la orden de precaución, y lo es mucho más el decir que no surtió afecta
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por haber pasado el señor Quiroga sin ser sentido: pues según estoy informado, el lugar del asesinato dista como tres leguas déla estancia que administran los Reinafé y como á doce de Tulumba, donde el mis- mo don Guillermo tiene una fuerza como de seiscientos hombres».
En esta carta, importante del punto de vista de examen legal de los hechos, Rosas analiza minuciosa y hábilmente el sumario mandado levantar por el gobierno delegado de Córdoba; apunta las contrariedades que indican visiblemente que han participado en el crimen personas ;'i quienes estudiada- mente se les pretende como empeñadas en descubrirlo; señala las informalidades del juez Figueroa, y las inexactitudes que á sa- biendas establece en el sumario á fin de ocultar lo que todos los antecedentes están confirmando; se detiene en el hecho del ofi- cial y dos soldados de don Guillermo Rei- nafé, que aparecieron y desaparecieron en seguida en la posta del Ojo de Agua, y la declaración del correo Marin, que dice que viniendo detrás de la galera oyó que un ofi- cial mandaba hacer alto y que se dispara- ban cinco tiros sobre ella; y de este estudio
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proüju, y de los detalles riue reúne y co- meritii, deduce que el asesinato no se ha perpetrado por una partida de salteado- res, sino por una partida militar de C(3r- doba en el distrito comandado por don Guillermo Reinafé: que sobre este y el go- bernadoi- de Córdoba pesa la responsabili- dad del atentado, por más que se esfuercen en atribuirlo á influencias extrañas para eludirla por su parte.
Rosas se empeñó en darle la mayor pu~ blicidad posible á todas las medidas que tomó para descubrirá los que tenían parti- cipación en la muei-tedc Quiroga: y López se manifestaba poi' el contrario interesado- en que no se llevasen adelante esas investi- gaciones.
A Rosas no se le ocultaba que los Reinafé y otros personajes de Gói-doba habían lle- gado á decir que la desaparición de Quiroga era una medida concertada enh^e ellos. Ló- pez y el mismo Rosas^ y que respondía á exigencias de alta política; y ci-eyóqueet medio mejor de levantar el cargo era acu- sar públicamente á los que aparecían com- plicados en el asesinato, y provocar á los Reinafé á que hablaran.
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Al efecto acusó á los Reinafé; y López no pudo menos que consentir en que fueran ■conducidos á Buenos Aires para ser juzga- dos por sospechas de asesinato en la per- sona de un enviado de esta provincia. Del largo proceso que se les siguió resultó la culpabilidad de los cuatro hermanos Rei- nafé. En poder de Don Guillermo se encon- traron los papeles de Quiroga y de Ortiz; y por manos de los jueces de la causa pasa- ron antecedentes que comprometían á Ló- pez, pero que no figuran en el extracto que •se hizo de dicha causa. Don José Vicente, Don Guillermo y Don José Antonio Reinafé, Don Feliciano Figueroa, el capitán Santos Pérez y demás ejecutores y cómplices en el asesinato de Quiroga, con excepción de Don Francisco Reinafé que consiguió esca- parse, fueron fusilados en Buenos Aires el ^5 de Octubre de 1837. López perdió desde •entonces la preponderancia que había ad- quirido en el litoral y en el interior. La •muerte de Quií'oga lo desacreditó entre sus propios amigos, y no le quedo otro apoyo serio que el que quisiera prestarle Rosas.
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La siiinn del poder público
El asesinato del general Quiroga procluja sensación estupenda en Buenos Aires. Qui- roga era el nervio de la federación en el in- terior. ^Muertos él y Latorre. el norte que- daba librado á las vacilaciones sospecho- sas de Heredia ó la indolencia acomodati- cia de Ibarra ; y en Cuyo y en el interior no primaba una inñuencia como para sobre- ponerse á la reacción que trabajaba el partido unitario como un tesón que nunca desmintió. VA litoi-al era un foco de cons- piración. Se conspiraba en B icnos Ai- res, Entre-Rios, SantaTFé y Corrientes, de acuerdo con los unitarios emigrados en el Estado Oriental. Cumplíanse al pié de la letra las revelaciones que hicieron el mi- nistro Moreno y el general Huiz Huidobro, acerca del plan combinado entre el gobier- no de Montevideo, los unitarios allí resi- dentes y López, Cúllen, etc., para cambiar la situación de Buenos Aires, quitando del medio á Rosas y á los hombres de influen- cia política del partido federal
Los hombros del gobierno de Buenos Aires estaban, pues, amenazados de la suerte que á Quiroga cupo; y como te- nían la evidencia deque López no era age- no al tal plan, obligáronlo á que defendiese •su posición en esa emergencia peligrosa, haciéndole entender que de no hacerlo sa- tisfactoriamente le demandarían los com- promisos del pacto de 1831 y cortarían sus relaciones con él. López, cuyo influjo co- menzaba á decaer entre los federales de su provincia y de la de Entre-Riqs y que quizás ■dudaba deque quienes querían atraérselo «romperían lanzas por defenderlo en el ca- so de ser atacado por Buenos Aires, se re- solvió á desatender las instigaciones de su ministro CiHlen y á volver sobre las pro- mesas quepopintermedio de este hiciei-a á los promotores de la reacción, de encabe- zarla él en Santa-Fé, Entre-Rios y Córdo- ba. Por esto es que el general Lavalle, prosiguiendo esos mismos ti'abajos, le es- cribiópoco después al coronel Chilavert, al darle instrucciones para convídsionar ú Enti'e-Rios: «Estoy impuesto de todo y á la verdad que si se ha de hacer algo no queda otro camino que el presente tlesjyues
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(le haberse frustrado las esperanzas qnc Ló- pez había hecho concebir ».
Y aprovechando los momentos, los fede- rales de Buenos Aires se propusiecnn de- fenderse de la reacción sangrienta enco- mendando á un gobierno fuerte la tarifa de conjurar los peligros que los amenazaban en la cabeza de los jefes que se dicri'ii des- pués del fusilamiento de Dorrcgo. El en- cargado provisoriamente del podei' ejecuti- vo, al comunicar el asesinato de Quiroga y la reiterada renuncia de Rosas de la coman- dancia general de campaña, manifest(') á la legislatura que la provincia pasaba por difícil y peligrosa crisis, y la encaroc.ó los medios conducentes á conjurar la l)orrasca que dejábase sentir en la Hepiihlica y que produciría mayores estragos en Buenos Ai- res: «Las sangrientas escenas de Salta, añadía, y la que acaba de suceder en los campos de Córdoba arrebatándole á la pa- tria una de las mejores columnas de la federación, tiene un carácter de agresión general que nadie puede desconocer. Por otra parte, predicciones muy anticipadas que con conocimiento del estado general del país, han hecho ciudadanos beneméritos de la ma-
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yor respetabilidad sobre los g¡-andes peligros qve nos amenazaban, y que han procurado poner en conocimiento de los señores re- presentantes juntamente con la serie de sucesos posteriores aciagos, que tienden poi' su naturaleza á desquiciar los funda- mentos del orden social, prueban de un modo evidente que ésta agresión es obra de las intrigas y maniobras de esa facción lla- mada unitaria que todo lo trastorna, pre- valida de la lentitud de las formas y de las garantías que hacen la delicia de toda so- ciedad cuando se logra establecer un orden fijo, pero que solo sirven de escudo á toda clase de crímenes cuando los pueblos se hallan plagados de facciosos y conspirado- res que hacen alarde de su inmoralidad.» El Gobierno interino concluía pidiendo á la Legislatura que dictara sin la menor de- mora el remedio eficaz para tan críticas y apuradas circunstanciasen las que no po- día continuar al frente de los negocios pú- blicos.
Bajo la impresión de estas mismas ideas la Legislatura se declaró en sesión perma- nente el 6 de Marzo de 1835 para discutir dos proyectos, uno por el cual se admitía
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la devolución que del poder ejecutivo hacia el doctor Maza y se nombraba en su reem- plazo al general Juan Manuel de Rosas; y otro por el cual se depositaba en éste la suma del ¡joder pi'fblico, sin más restriccio- nes que las de conservar y protejer la reli- gión católica y la de sostener la causa nacional de la federación que habían pro- clamado los pueblos de la República.
Debo detenerme un instante en esa dis- cusión memorable que dio por resultado la erección de un gohienio fuerte por el mi- nisterio de la ley, por los auspicios de la verdadera opinión pública, y en nombre del derecho de la mayoría clara é indubita- blemente manifiesta: del gobiei-no que, á tales títulos se mantuvo diez y siete años á pesar de la propaganda y de la reacción ar- mada desús enemigos interiores; y al mis- mo tiempo que luchaba contra estos, con- tuvo á Chile, al Brasil, al Paraguay y'Boli- via, y luchó contra el poder combinado de Inglaterra y de la Francia en sosten de los derechos y de la integridad de la Confede- ración Argentina, fundando con este nom- bre la comunidad política que se sancionó constitucionalmente en 1853 y 18(30.
— SO- LO que en primer término llama la aten- ción y dú una idea del espíritu dominante de esa época, es el fervor y la decisión con que los homl^res distinguidos por su posi- ción sus familias, sus talentos y sus ser- vicios prestados al país, se desprenden en 1835 de la autoridad que representan, é invisten con estay con la suma de la que reside originariamente en la sociedad, al gefe del partido federal, con virtiendo el gobierno del Estado en un monstruo po- lítico que resume en silos derechos indi- viduales y colectivos : sin pensar que éste constituye un peligro mucho mayor que aquellos de los que se sienten amenazados de parte de enemigos políticos, y sin reser- varse ni siquiera el derecho de demandar esa autoridad que así la consagran solem- nemente, de acuerdo con los principios legales y políticos que rijen la sociedad.
El hecho es inaudito y monstruoso, pero va revestido de todas las exterioridades de la ley que lo crea. Legisladores, magistra- dos, corporaciones, pueblo, todos los dis- cuten libre y detenidamente; lo aceptan en nombre de ja salud; del Estado;; le impri- men con su voto el sello de la legalidad ine-
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quívoca. y se someten ú él con tal que él someta á los individuos que golpean á la puerta en busca de lo que les pertenece también, y de lo que quieren gozar exclu- sivamente, porque tampoco admiten tran- sacción en la contienda en la cjuc unos y otros hacen ^actima ala pati-ia común. To- das las formas parlamentarias y políticas se obsei'van: todas las opiniones se cuen- tan: cuando el jefe del partido federal se determina á resumir en sus manos el ser político y el ser social de la comunidad á que pertenece, ésta lo rodea como un so- lo hombre, le otoi'ga la ovación y el apoteo- sis y renuncia á todo menos á desti'uir sus enemigos, los cuales se preparan á hacer otro tanto. ¡Qué época! 1835 estrecha su mano lívida y convulsiva á 1820. Es la ti"e- menda crisis que sigue su desarrollo pro- gi'esivo al impulso de las fuerzas que se chocan en el camino de las aspiraciones encontradas.
Ella vuelve á acentuarse tan tremenda como antes; y en vez de la esperanza en una solución que la resuelva, solo ssc vé una linea sangrienta, símbolo del duelo á muci'te iá que so ictan los dos partidos
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que se disputan su influencia en la Re- pública.
Y no se crea que la legislatura que consagró legalmente la aspiración general de investir al general Rosas con la suma del poder pi'thlico, se componía con hom- bres llevados allí con ese objeto, y que carecían de espectabilidad y de méritos en la sociedad. No; en la Legislatura de 1835 figuraban Arana, Escalada, Lozano. Pere- da, Hernández, Piñeyro, Terrero, Ville- gas, Hernández, Arriaga, Anchorena, Trá- pani, ligados á las familias más antiguas y ^mejor colocadas de Buenos Aires y que representaban el alto comercio y la alta industria; Garcia Valdez, Insiarte, Pórtela, García, Saenz Peña, Fuentes, Senillosa, Wrigth, los canónigos Seguróla y Terre- ro, que se distinguían en el clero, la medi- cina, la ciencia y el foro; Medrano (don Pedro), Obligado y Vidal que habían for- mado parte de los congresos y asambleas constituyentes anteriores; Mansilla, Pinto, Pacheco, Argerich, Rolón que pertenecie- ron á los ejércitos de la independencia; y todos, con muy pocas excepciones, esta- ban de acuerdo con la necesidad de inves-
— sa- lir á Rosas con la suma del poder pú- blico.
En este sentido se pronunciaron los re- presentantes: yes inútil reproduciraquí las manifestaciones vehementes en medio de las cuales sancionaron los dos proyectos en discusión. Una comisión compuesta de los señores Terrero^, Pacheco, Lozano y Trápani fué nombrada para presentarle á Rosas la nota en que se le comunicaba su nombramiento en los términosenunciados.
Rosas solicitó de la Legislatura algunos dias para contestar sobre su aceptación ó renuncia, los cuales los empicó en explorar por sí y por medio de los señores de la co- misión el ánimo de algunos prohombres del partido federal, sobre si lo acompaña- rían ó no en el gobierno....
Con fecha IG de marzo Rosas dirigía á la Legislatura una nota cuya simple lectura indica ó en el temor real de fracasar en la obra que se le encomienda, por falta de apoyo suficiente, y á pesar de las faculta- des omnímodas que se le confieren y de las que usó anteriormente, ó el deseo de legalizar á todas luces su investidura, y de mostrar á sus adversarios que aquella era
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obra del sufragio indubitable de la gran mayoría de sus conciudadanos. Resumien- do los motivos que señalaba la representa- ción de la provincia para fundar la necesi- dad de la ley del 7 de Marzo, Rosas decía que en presencia de ellos parecía que esta- rían de acuerdo con los medios adoptados para salvar í\ la patria de los peligros que la amenazaban; pero que no sucedió así, que en el seno de la Legislatura y fuera de ella existían personas de inñucncia por sus talentos y posición social, cuya coopera- ción era sobremanera importante al go- bierno, los cuales consideraban no solo innecesario sino también perjudicial el in- vestirlo áél con la suma del poder publico. Que en esta emergencia el podar que se le confiaba quedaba debilitado y él expuesto ú fiacasar en lo más crítico de su carrera; y que para que la ley del 7 de Marzo pudie- ra aplicarse eficazmente en las circunstan- cias extraordinarias en que se hallaba el país, se hacía necesario [ensanchar é ilus- trar la opinión en favor de ella, y hacerla aparecer con tal autoridad, que jamás pu- diera ponerse en duda. «Bn esta virtud, concluía Rosas, el infrascrito ruega á los
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señores representantes que para poder delibera 1- sobi-e la admisión (3 renuncia del elevado cargo y de la extraordinaria con- fianza con que se han dignado honrarlo,, tengtin á bien reconsiderar en Sala plena tan delicado negocio, y acordar el medio que juzguen más adaptable para que todos y cada uno de los ciudadanos de esta ciu- dad, de cualquiera clase y condición que sean, expresen su voto precisa y categóri- camente sobre el pai-ticular. quedando éste consignado de modo que en todos tiempos y circunstancias se puede hacer constar el libre pronunciamiento do la opinión ge- neral».
Esta reconsideración en sala plena, este plebiscito requerido á un pueblo de donde habían salido las legiones que dieron inde- pendencia y libertad á la mitad de Sud- América, para que se pronunciara acerca de si debía ó no libi'ar sus derechos, ga- i'antías y libertades á manos de un hombre investido con toda la suma del poder pú- blico, son también únicos en la historia de los gobiernos fuei'tes del mundo. Muchos de estos se han entronizado á favor del despotismo; otros deben su origen al triun-
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fo de las armas; y no pocos á la elaboración lenta de elementos siniestros que conspira- ban contra la opinión pública; pero no sé de ninguno de ellos que se haya iniciado como se inició el de 1835 en Buenos Aires, por los auspicios de la verdadera opinión pública, del elemento dirigente y acomo- dado como de la masa de la población entu- siasta y decidida por Rosas, de los poderes públicos y de las corporaciones de una so- ciedad que por su cultura, por sus medios para reducir sus instituciones libres que habia ensayado bajo felices auspicios, y ^por sus recursos propios, no tenía rival en ninguna otra de Sud-Améri .a.
Y el plebiscito ratificó una vez más el pronunciamiento casi unánime de la opi- nión en favor de Rosas. La Legislatura se- ñaló los dias 26, 27 y 28 de Marzo para que los ciudadanos acudieran á los comicios parroquiales y se pronunciasen en favor ó en contra de la ley de 7 del mismo mes, hecho lo cual se verificaría el escrutinio general con las mismas formalidades esta- blecidas para la elección de Representan- tes. De los registros que fueron elevados á la Legislatura, resultó que sobre 9320 ciu-
dadanos (que era el máximun de los elec- tores en Buenos Aires) que sufragaron, solo los ciudadanos Jacinto Rodríguez Peña, Juan José Bosch, Juan B. Escobar, general Gervasio Espinosa, coronel Antonio Aguir- re, Dean Zabaleta, Pedro Castellote y Ra- món Romero se pronunciaron en contra de la precipitada ley. «¿Sería acaso que los disidentes no votaron? se pregunta Sar- miento, cuyo testimonio no puede ser sos- pechoso. Nada de eso. Nose tiene aúnnoti- cia de ciudadano alguno que no fuese á votar. Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica: nunca hubo gobierno mas popu- lar, más deseado, ni más bien sostenido por la opinión. . .»
En seguida la Legislatura reabrió la discusión sobre la ley de 7 de Marzo. El diputado Anchorena se opuso á ella valien- temente, bien que en términos favorables á la persona del general Rosas, y el diputa- do Senillosa formuló por escrito su voto en contra de ella, por lo que se refería á Inves- tirá Rosas con la suma del poder público. Sobre cuarenta diputados que componían la Legislatura treinta y seis reprodujeron su voto en favor de esa ley y en consecuen-
cia la LegiskUura al comunicar al genera Rosas este resultado y el del plebiscito, agregando que < no se había consultado la opinión de los habitantes de la campaña porque actos muy repetidos y testimonios muy inequívocos han puesto de manifiesto que allí es universal el sentimiento que anima á los porteños en general», le ordenó que se presentara en la sala de sesiones á prestar el juramento de ley para recibirse de gobernador y capitán general de la Provincia.
Rosas se recibió del mando el 13 de Abril. y con este motivo manifestó en una procla- ma cuáles eran los propósitos de su go- bierno.— Lógico con las aspií'aciones del partido que lo exaltaba, Rosas creyó deber servirles con todo el lleno de facultades que le confería la ley: — «Guando para sa- cará la patria del profundo abismo de ma- les en que la llevamos sumergida, decía Rosasen esa ocasión, he admitido la inves- tidura de un poder sin límites, que,á pesar de la odiosidad, lo he considerado absolu- tamente necesario para tamaña empresa, no creáis que he limitado mis esperanzas á mi escasa capacidad, - ni á esa extensión
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de poder que me dá la ley, apoyada en vuestro voto, casi unánime en la ciudad y en campaña. Xo,mis esperanzas han si- do libradas á una especial protección del cielo, y después de esta, á nuestra virtud y patriotismo. »
Reconocida la necesidad del poder sin límites, héaquí cómo Rosas interpreta las aspiraciones de su partido, presentando la causa del mal que ese partido reconoce y el remedio para combatirlo: « Ninguno de vosotros ignora que una facción numerosa de liombres corrompidos, haciendo alarde de su iniquidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvir- tuado las leyes, bochólas insuficientes pa- ra nuestro bienestar, ha generalizado los crímenes y garantido la impunidad: ha hecho desaparecei' la com fianza necesaria en las relaciones sociales y ol)struido los medios honestos de adquisiciíui ; en una palabra, hadisueltola sociedad yipresenta- do en triunfo la alevosía y la perfidia.. « La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio de estos males no pnedesu-
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jetarse d formas, y que su aplicación dehe ser pronta y expedita. »
La proclama se cierra con estas palabras que no dejan duda acerca de las medidas que se propone poner en práctica el Go- bierno de acuerdo con la opinión que lo levanta :
« Habitantes todos de la ciudad y cam- paña : La Divina Providencia nos ha pues- to en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia : resolvámonos, pues, á combatir con denuedo á esos mal- vados que han puesto en confusión nues- tra tierra ; persigamos de muerte al implo, al sacrilego, al ladren, al homicida y, so- bre todo, al pérñdoy ti-aidor, que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena íé. »
A partir de este momento, todas las rela- ciones políticas se resumen en la persona del gobernador. La ley lo ha armado de un poder sin límites, de cuyo ejercicio no tiene que dar cuenta, para que el Gobierno sea en sus manos una máquina que él solo pueda mover en razón de las conve- niencias é intereses del partido predomi- nante.
Octavio Augusto que concentró en su
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persona todo el gobierno de la República Romana, suprimiendo el pueblo, forman- do un senado dócil, siendo á la vez cónsul y pontífice para reglar la acción y las creencias ; revestido del poder tribunicio que lo constituía inviolable y sagrado; censor, bajo el título de prefecto de las costumbres, loque le permitía controlar la conducta de los particulares é inmiscuirse en los negocios de la vida íntima de estos; Octavio, que se había apoderado déla su- ma del poder público, ocultó siempre este hecho, declarando en la famosa inscrip- ción de Ancyrus que él no había querido aceptar el poder- absoluto: y que aunque la dignidad de la magistratura que inves- tía lo colocaba encima de las otras, él no se había atribuido un poder mayor que el que había dejado á sus colegas. Pero con Rosa* sucede todo lo CíMUrario. Rosas no se prevalece, como Octavio, de la lucha que mantienen los partidos, para asaltar al gobierno é ir acaparando poco á poco todas las magistraturas.— Es la mas alta autori- dad del Estado que lo inviste con ese poder sin límites, que ratifican de un modo ine- quívoco la opini(*)n ilustrada y convencida
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ele la ciudad, como la opinión entusiasta y decidida de las campañas, todas las autori- dades, los centros sociales, el comercio, los extranjeros y la iglesia. Hosas no puede ocultar, pues, el poder absoluto que va á desempeñai". L(j acepta con todas sus con- secuencias y hasta proclama francamente la necesidad que hay deno delenerseen for- mas para vencer á los enemigos del partido que lo levanta como á su representante mas genuino. Lo único común que hay entre esos dos poderes absolutos es que Octavio explota en su provecho las viejas tradiciones de la República, levantando sobre ellas la túnica ensangrentada de Cé- sar, para llamar el sentimiento del pueblo y do las legiones; y que Rosas presenta el sudario de Borrego como causa justificati- va de la política de represión que se propo- ne adoptar en razón de las aspiraciones de su pai'tido.
Conviene tener muy presente todos estos antecedentes para explicarse los sucesos que se siguen. Desde luego, la sociedad representada en todas sus clases celebra el apoteosis del gobierno fuerte que acaba de crear. Las demostraciones de adhesión á
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la persona de Rosas, y de regocijo por el triunfo del partido federal se suceden las unas y las otras. Las damas, el ejército, la iglesia y el comercio, los ("iudadanos mas esi^ectables y los militares de la indepen- dencia, como el pueblo, ciudad y campaña, hacen acto de presencia en esas manifes- taciones estupendas, únicas en la historia de nuestro país.
Estas comienzan por una serie de gvar- dias de lionor que no tienen otro precedente que el entusiasmo y la expontaneidad que las inspira. El general Rolón al frente de doscientos ciudadanos de la Sociedad Po- pular Restauradora de que se hablará des- pués, y de muchos oficiales y soldados,, monta la primera guardia de honor. Al dia siguiente es el general Pacheco, el capitán de Maipú, al frente de todos los jefes y oficiales del ejército expedicionario al de- sierto en 1833. En seguida es el general Pinedo, al frente de los jefes de milicias, de- viejos militares y ciudadanos conocidos. En pos de estos viene la del comercio al mando del Prior del Consulado D. Joaquín deRezal, quien á nombre de los comer- ciantes nacionales y extranjeros entrega al
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gobierno una fuerte suma para ser emplea- da en socorrer á las viudas y familias de los que habían hecho la expedición al de- sierto y á los cautivos rescatados, como se hizo en efecto. Los hacendados y labrado- res de la provincia, presididos por ciuda- danos espectables como don Mauricio Fer- nandez, Isidoro Peralta, Pedro J. Velñ, Fe- lipe Senillosa. Celestino Mdal, Juan José Obligado, Roque Saenz Peña, Simón Pe- reira, Julián Salomón, Juan Bautista Peña, Francisco Saenz Valiente, Manuel José de Guerrico, y otros, organizan también una guardia de honor la cual debía vestir «cha- queta y pantalón azul, corbata negra, cha- leco y penacho punzó, sombrero redondo y la divisa déla Federación, con la siguien- te inscripción: Federación ó muerte. Vivan los federales! Mueran los hunitarios. «Y después de recorrerla ciudad entre Víctores á Rosas, llegaron á la fortaleza como lo habían hecho los guardias anteriores y allí depositaron el importe de la suscrición le- vantada entre ese gremio para ayudar á las necesidades de la administración. Y para que la ovación á Rosas asuma las propor- ciones del verdadero apoteosis, los ciuda-
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danos acomodados y mejor colocados en la sociedad, y sus madres, esposas é hijos, arrastran por las calles el carro truinfal con el gran retrato de Rosas al frente, dándole á esta odiosa manifestación de servilismo, una solemnidad y un aspecto tales que dejan ver muy á las claras cuáles son las corrientes en que entra el pueblo que acaba de depositar sus derechos en las manos de un hombre en odio á un partida político.
De las calles se llevan las solemnidades al teatro. Los viejos militares, y los altos funcionarios públicos suben á la escena para representar en honor de Rosas la tra- gedia Bruto ó Roma Ubre: y en esta función resuena entre explosiones de entusiasmo la lira de Rivera Indarte, quien, antes de caer en desgracia y volverse enemigo del dictador, enardece las pasiones así:
Esa horda de infames (1) ¿qué quiere? Sangre y luto pretende, ¡qué horror! empañar nuestras nobles hazañas y cubrirnos de eterno baldón!
(1) Los unitarios.
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Ah! cobardes, temblad: esoii yano agotéis vuestra saña y rencor que el gran Rosas preside á su pueblo y el destino obedece á su voz.
A estas repetidas manifestaciones se si- gúela consagración religiosa del Gobierno fuerte. Rosas baprometidofavorecer la Igle sia Católica y las influencias católicas: y los más altos dignatarios de esta Iglesia se apresuran á solemnizar con pomposas ac- ciones de gracia al Altísimo la elevación de Rosas que significa el consorcio impu- ro del poder y del altar. l']l Obispo Dioce- sano pontifica en esas acciones de gracia que arrastran á las multitudes creyentes y fanáticas por la Federación.
En todas las iglesias se ostenta el retrato de Rosas; y los párrocos se disputan el mayor esplendor de las funciones. lOn la Piedad, Balvaneray Monserrat, la suma del poder público en manos de Rosas se solemniza con pompa inusitada y el Obis- po como los ciudadanos más influyentes y conocidos, exhortan á la grey católica y federal á que permanezca fiel y decidida al nuevo gobernante. Otro tanto sucede
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con las parroquias de San Nicolás y San Miguel. l'U Obispo pontifica allí: el retrato de Rosas se ostenta en los templos y al frente de las casas de los ciudadanos más conocidos; y el pueblo recorre las calles por bajo de arcos triunfales y tapicerías donde se destacan los colores de la Federaci»')!!. La función de la iglesia y vecindario de la Concepci()n en nada desmerece de las an- teriores, por que es organizada por el cura Farragut y los señores Saturnino Perdriel, Luciano Montes de Oca, Marcos Acosta, Pintos. Herrera, etc.. federales de notoi-ie- dad. E\ Obispo pontifica ahí también el retrato de Rosas hace acto de presencia; y el cura Farragut termina su arenga á Rosas con esta décima:
Ll cura de esta pari'oquia con toda su clerecía en ser fedei-.d porfía y en esto tiene su gloria. Ht^y renueva su memoria y en presencia del Señoi- dá un testimonio de amor, pidiéndole con fé viva le conceda larga vida al señor gobernador.
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Pero ninguna manifestación parroquial supera á la del vecindario é iglesia de la Merced. En esta iglesia también se celebra un solemne Te-Dc/mn al que asi<=;te Rosas, lascorporacionesy un pueblo inmenso. Las calles están adornadas con arcos triunfales, banderas coloradas, pirámides é inscrip- ciones alusivas al acto que se solemniza — la exaltación de Rosas al mando supremo. Frente al templo y en medio de columnas con dísticos federales se levanta la estatua del Ilustre Restaurador de f.as Leyes, como se designa á Rosas. En las esquinas de las calles hoy de Cuyo y Reconquista se levanta otra pirámide de madera en la cual se lee:
Al héroe restaurador, Al vencedor del desierto, de honor y gloria cubierto salud, respeto y amor ! . . .
El frente de las casas de los vecinos mas acaudalados y conocidos de la parro- quia está vistosamente decorado con tapi- cerías y banderas punzóes; y los arcos triunfales se levantan de distancia en dis- tancia, distinguiéndose entreoíros lóseos-
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teadosp(3r las familias de Azcuéiiaga, Gar- ciaZúñiga, Anchorena, Martínez (Ladislao; Escalada, Cernadas, general Soler, Elia, Llavallol, Peralta, Irigoyen y otros. En frente de la casa de don José Mai'ía Corde- ro, calle Corrientes, se ven varias inscrip- ciones y adornos federales. Entre estas inscripciones hay una en verso que dá origen al nombre de mazoi-queros, califlca- ción que todavía se dá entre nosotros á los que pertenecían al partido federal de ese tiempo, y á los que simpatizaron des- pués con los hombres de ese partido. Al pié de un cuadro que r-epresentaba una mazorca, se lee la siguiente composición de don José Rivera Indarte. escrita expi'e- samentopara ese acto.
¡ \I\A LA MAZORCA !
.1/ unitario que se detenga n raiidiin
Aqueste mai'l(3 que miras de rubia chala vestido en los infiernos ha hundido <i la unitai'ia íacci(')n : y así con gi'an devoc¡i'»n dirás para tu colecto:
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sálvame de aqueste aprieto oh santa federación!
Y tendrás cuidado al tiempo de andar de ver si este santo te va por de trásü :
l*i'i meros pnisos del ;;;obierno de Ifiosas
Rosas organizó su Ministerio con el doc- tor Felipe Arana en el departamento de Gobierno y Relaciones Exteriores, el doc- tor José María Roxas, en el de Hacienda y el general Pinedo en el de Guerra y Marina; y luego de prestigiar la idea política do- minante el gobierno, fundándose en que «un sentimiento de justicia induce á re- probar la pena de confiscación, y en que no habiéndose expedido una expresa deroga- ción de las leyes que la establecen, los ciu- dadanos están expuestos á que se haga valer la existencia de éstas para satisfacer odios y pretensiones innobles» declaraba abolida para siempre la pena de perdido y confiscación de bienes en todos los casos,
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sin excepción alguna. Otro decreto declai\T que el gobierno no admitirá cónsul de- nación que no haya reconocido la indepen- dencia argentina: y por otro del mismo mes se f^ncarga al Ministro de Relaciones Exteriores ajustar con el de S. M. B. una convención sobre la abolición del tráfico de esclavos. Por otra disposición se reor- ganiza la universidad y se reforma el plan de estudios facultativos y por un decreto general se reorganizan las escuelas públi- cas de la ciudad y campaña, así como la Escuela Normal, encomendándolas á la vigilancia de juntas inspectoras compues- tas del juez de paz, del cura y tres vecinos honrados del distrito, con arreglo á las ins- trucciones del gobierno.
La hacienda pública ocupa preferente- mente la atención del Gobierno á juzgar por el cúmulo de disposiciones que se dictan per los auspicios del doctor Roxas, el mismo ministro que acompañó á Rosas durante el Gobierno que terminó en 1832. Es sabido que Rosas declaró ante la Legis- latura que la suma del pod^^r público no se extendía en su entenderá las responsabili- dades que incumbían por la buena admi-
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riistracit')!! de los dineros públicos; y que su gobiei'no. mirndo desde este punto de •vista, es de los más rectos y de los más Jionrados que hayamos tenido jamás, según lo han declarado sus más encarnizados enemigos. En este sentido Rosas empieza por restablecer multitud de disposiciones del tiempo de Rivadavia y dictando otras del mismo orden, tendentes todas á facili- tar los propósitos de prudente economía que se tienen en vista. La reorganización de la Contaduría y de la Tesorería General. y las responsabilidades directas de los fun- cionarios que intervienen en las respectivas reparticiones, establecen un control severo en la administración. Todas las oficinas de recaudaci<')n deben remitir semanalmente los dineros que perciban á la Tesorería y Contaduría general; y el gobierno conoce de esta manera el movimiento diario de la recaudación, distribución y existencia de las rentas generales. La nueva ley de Adua- na estimula el comercio marítimo, y el de las provincias del interior, disminuyendo los derechos de buques de cabotaje; abo- liendo el cuatro por mil que pagaban los frutos del país que venían á Buenos Aires
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por agua ó por tierra; reduciendo el valor- de las guías de quince pesos á uno. y con- cediendo el tiasbordo á algunos frutos dei: país que no lo tenían. Estas y otras dispo- siciones análogas van secundadas de la ilustrada contracción que dedica el doctor Roxas á las finanzas de la provincia, en cu- ya ayuda viene el empréstito de un millón y cuatro cientos mil pesos que voluntaria- mente ofrecen los principales capitalistas- de Buenos Aires.
Mntre los más importantes y trascenden- tales figura el decreto que funda sobre el extinguido Banco Nacional, la casa de Mo- neda, de Buenos Aires. En atención á que la carta del Banco Nacional ha terminado; que la moneda corriente está exclusiva- mente garantida por el gobierno, quien es deudor de ella al público: que el banco sola ha prestado al Tesoro del Estado la estam- pa de sus billetes, y que el gobierno es accionista del establecimiento por casi tres quintas partes de su capital, el decreto á que me refiero declara disuelto el Banco- Nacional, y nombra una junta para la ad- ministración del papel moneda, la cual junta asociada á seis directores del extin-
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guido banco debe proceder, además, á la liquidación de este «con la debida pruden- cia y sin violentar la operación». I-hi los subsiguientes artículos de ese decreto, que es más bien una caí ta orgánica del nuevo establecimiento, se establece en favor de este el privilegio fiscal para el cobro de las deudas á su favor; y se indica las opera- ciones que efectuará bajo la dirección de la junta nombradapor el gobiernoy compues- ta de don Bernabé Escalada como presi- dente, y de don Joaquín Rezábal, Juan Juan Alsina, Manuel Blanco Gonzahz, Mi- guel de Riglós, David ^^^eller y Laureano Rufino, personas todas ventajosamente co- nocidas.
Este memorable decreto hace nacer el banco de la provincia de Buenos Aires, es- te coloso que ha llamado después la aten- ción de los gobiernos : que há contribuido €on sus fuerzas á consolidarlas institucio- nes libres de la República, vinculándose íistrechamente á la grande oi)ra de la na- •4,'ionalidad argentina, como así mismo al desenvolvimiento del progreso y adelanto material del país !
Este decreto afirmó la bien sentada fa'
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111(1 del doctor Roxas, ú quien (mi vano se le- lia querido despojar de esa iniciativa que le pertenece á él antes que á ningún otro. Los que hemos venido después de 1852, hemos (ístadoíMi la ci-eencia de que la fuií- daci '>n del Banco de la Provincia se debía al doctor Dalmacio Velez Sarsfield ; y así se han esforzado en creerlo las autorida- des que le han discei'iiido á este distingui- do hombre publico los honores de la inicia- tiva. La verdad es que el doctor Velez nt> hizo más que complementar la carta-orgá- nica y casa de moneda de la Provincia que existía desde el 30 de Mayo de 1836. según el decreto que acabo de citai'.
Refiriéndose á esto mismo. cst;ribía Ro- sas desde Southampton en 1872: «En el despacho del señor presidente de la casa de moneda se ha colocado un gi'aii retrato del doctor Dalmacio Velez Sarsfield, al pié ác\ cual se dice: « Fundador del Banco de la Provincia». Esto no es exacto. El verda- dero fundador fué el gobierno de Buenos Aires presidido por el general Rosas, sien- do ministro de liacienda el ilustrado y sa- bio estadista señor don José María Roxas, quien, como tal ministro, redactó el decre-
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to que fli'mó eii seguida el general Rosas, •disolviendo el Banco Nacional, comprando las acciones de éste, á los que las tenían, estableciendo la Casa de iMoneda, etc. »
Por este tiempo los gobiernos de las pro- vincias de Salta, Tucuman. Jujuy, San Juan, Rioja, Catamarca y después Entre- Rios, Santa-Fé. Mendoza, San Luis y San- tiago, «en atención á los méritos y servicios contraidos por el Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, en favor de la causa nacional de la Fedcrriciun)), «y su heríjica expedición contra los salvajes, que ha da- do un inmenso territorio á la República; á que la ley de Aduana expedida por él con- sulta el fomento de la industria del interior de la República; y á que ningún gobierno ha contraído su atención á consideraciones tan benéficas» lo reconocen á Rosas en su grado de brigadier general y por «Ilustre Restaurador de las leyes de la República». — En seguida le confiei'en las atribuciones inherentes al podei' ejecutivo nacional por lo que respecta ni entretenimiento de las relaciones exteriores, las ciudes se extien- den poco después hasta erijirlo en jefe supremo de la (kmfede ración Argentina.
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VMq investidura os por entonces c! com- plemento del triunfo del partido federal co' toda la República; en circunstancias en que los poderosos adversarios de ese par- tido se agitan en varios puntos preparando la reacción que estalla en bi'eve trazando líneas de fuego en todo el territorio con- mrtvido.
Revoliiefon de Lavalle
El general Lavallejefe militardel partido- unitario tomó sobi'o sí la obra do convul- sionar Entre-l^ios en su favor, b;ibilmente ayudado por los emigrados ai'gentinos en Montevideo, Mercedes y Paisandü. Así, mientras que estos preparan los elementos necesarios para enlrai- en acción, Lavalle leda las instrucciones siguientes al jefe más caracterizado que lo acompaña, al co- ronel Martiniano Chilavet. Conviene tener muy presente esta notable carta de Lavalle, tanto por los medios reprobados que pro- clama para llevar adelante la reacción, y que no dan mayor resultado que el de pro- vocar represalias de parte de los adversa-
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rios: cuQntu por los manejos singulares que aconseja esa misma carta y que mues- tra palpablemente que la reacción unitaria no estaba mejor dispuesta en favor délos principios de buen gobierno, de lo que lo estaba la resistencia federal; y que el pen- samiento supremo de esa reacción quizás tínico, como lo repitió después el general Paz. era adquirir la preponderancia polí- tica á condición de destruir <á los que se opinían, soñando todavía con los prestigios del pensamiento orgánico y trascendental de R¡ vadavia, que estaba en el osti'acismo, yde los principales hombres que acompa- ñaron á éste y que vivían en Buenos Aires en la tranquilidad dí^ la vida privada:
Lavalle comienza su carta ratificándole á Chilavert el fracaso délas negociaciones €on López y le dice :
« Estoy impuesto de todo, y á la verdad que si se ha de hacer algo, no queda otro camino que el presente, después de haberse frustrado las esperanzas que López habúi Jtecho concebir.
Lleva Susviela una carLa para Calixto Vem, que ojalá lo haga decidir; á pesar ■queVd. no necesita advertencias, no pue-
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do dejar de hacerle algunas, que no son más, sino dea)ni(joscinjas opiniones debemos respetar, tanto por sv capacidad, cnanto poy la POSICIÓN que ocupan en el dia.
«Es necesario que Vd. persuada á nues- tro Calixto Vera, ó nnas bien que lo persua- da Susviela que ha de hablar con él. que terminada la elecci(')n legal si fuese favo- rable, ó el movimiento que ha de efectuar el cambio si no lo fuese, sea ayudado efi- cazmente por toda la emigración que al efecto se irá reuniendo graduaiuiente en Entre-Rios y poniéndose á disposicicjn del nuevo gobierno. »
Y como no hay motivo para turbaí- el (')rden publico establecido en Entre-Hios, cuyas autoridades funcionan regularmen- te, el general Lavalle, que lo comprende así, les ordena á sus amigos que inventen esos motivos, y que se lancen al movi- miento en los términos siguientes:
«Es imposible que la elección si fuese ad- versa no dé d Vera motivos ó pretextos para el nioviraiento ó si nó que los invente. No hay que pararse en pelillos como jamás se pa- raron nuestros enemigos. Que alegue coac- ción, temor ó inti'igus ol las elecciones :.ó si
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nó defectos, crímenes personales de Ecliagüe ó de su sucesor, /i adeudo siempre resaltar la poderosa tecla de que hace años que Entre- Ríos es sierva de Santa-Fé.
«Interesa llamai* la atención de\'eraá la necesidad de convenirse sobre un plan antes de comprender el movimiento: por que de lo contrario no se sabe después por dónde ir ni lo que se ha de hacer, y de aquí la división de opiniones y los disgustos entre los amigos, capaces de inutilizarlos mejores elementos. Que se ppngan de ple- no acuerdo con Ei*eñú sobre quién será Gobernador, quiénes los comandantes, á qué empleados civiles ó militares se ha de destituir y quiénes los ^uhvogñván, qué se hará con Ecliagüe ó a^nigos de éste que cai- gan en sus manos, qué principios de política interior ó exterior ha de adoptarse. »
Una vez preparado el movimiento, La- valle habla de la conveniencia de extender- lo á Santa-Fé, contando en que encontrará apoyo en Corrientes y en Córdoba : y así como les ha insinuado á sus amigos lo que harán con la persona del gobernador de Entre-Rios y los amigos de este qne cai- gan en manos de ellos, les dice que se sos-
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tengan do las fortunas del gobernador de Santa-Fé y de los principales hombres que rodean á este ; esto^ precisamente, cuando Rosas ha dictado un decreto aboliendo la pena de confiscación.
« Convenidos en todo esto, prosigue La- valle, manifestar el plan á los de Sanla-Fé y señalar, no día, pues es aventurado, sino época, es decir, de tal dia ó tal otro : é ins- tar ú los de Santa-Fé á que procedan como ellos, es decir, sobre un plan y con previo acuerdo sobre aquellos puntos. Imi Santa- Fé hay la circunstanciado que al momento deben poner las provincias sobre las ar- mas, pues deben temer muy pronto ala indiada de Rosas. Sise ven (ipuradis que lio se paren en medios y que se sostengan de las fortunas de López, Cnllen ¡j ('.'•' »
« Que cuenta ^^era con una fuerte simpa- tía (cuando menos,! por parte de Corrien- tes: y con que, efectuada la revolución en Santa-Fé, cae en Córdoba Manuel López sofocado violentamente poi" Estanislao y Rosas y se restablecen los enemigos de estos.
Y véase con qué franqueza tan ruda el general Lavalle proclama á su partido la
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necesidad de hacer imperar el dominio de la fuerza y desnaturalizar las instiluciones de luitre-Rios, como de Sanla-Fé: sin per- juicio de iniciaren breve una cruzada con- tra Rosas, declarándose campeón de la constitución, de la ley y del dereclio de los pueblos á regirse por sus propias institu- ciones. Se puede ^asegurar que Rosas jamás ha preconizado á sus amigos una desnaturalización semejante para robus- tecer un movimiento revolucionario.
« En cuanto á la política interior que pro- clüiiia la ley, la seguridad, la libertad. A este respecto debe convenirse Ereñú acerca de un punto importante, — ¡¡qué hacen con la Icfjislatui-a/ la opinión de aquellos amigos es que si creen no contar con sus ¡niemhros, no se acuerden de ella para nada, pero sin decir que la disuelven pero si cuentan con nna mayor ia segura, agarrarse de ella al instante: convocarla con pompas y urgen- cia; instruirla de Jo hecho y de los motivos y depositar en ella el gobierno y poniendo ásu disposición las fuerzas; seguro deque será elegido el que ellos quieran. Así se dá
Á LA COSA UN AIRE DEDIONIDÁD Y LEGALIDAD
y se compromete d todos, v
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Con este progi'ama. el general Lavalle y Carril, Agüero, ^'arela y todos los emigra- dos unitarios inician la cruzada contra Rosas y el partido federal en toda la Re- pública! . . .
Los medios que ponen en pi'<-\ctica son los mismos que ellos atribuyen á sus ad- versarios políticos ; las mismas violencias, la misma desnaturalización en las institu- ciones, los mismos ataques á las personas, á las propiedades, á las familias, que ellos aparentan condenar en proclamas decla- matorias y por medio de su prensa de propaganda ! Es el mismo general Lavalle quien proclama á la par de sus amigos la necesidad de esos medios reprobados, desligándose violentamente de la gloriosa tradición del antiguo partido unitario de Rivadavia, que brillará siempre en nues- tra historia por el organismo trascendental de sus propósitos y por sus tendencias elevadas al orden y á la legalidad.
Los pueblos argentinos imbuidos en la Federación, resisten naturalmente ala cru- zada que emprenden los emigrados unita- rios. Ln lucha se enciende. Las represalias se suceden: y federales y unitarios se
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disputan los pedazos de territorio que van regando con su sangre.
Martin García
A consecuencia de las injustas reclama- ciones entabladas por el cónsul francés Mr. Roger, habíase este retirado de Buenos Aires dejando sin representación diplomá- tica á su país: y el gobierno argentino, después de j'echazado el ultimátum, colo- cado en la alternativa de subordinarse sin examen ni discusión á las exigencias de la Francia ó de aceptar los funestos resultados de un rompimiento; y decidido á no omitir medio que manifestara á la Francia y á las demás naciones su sincera disposición á la paz, se dirigió al ministro de S. M. B. soli- citándole la mediación de su gobierno para allanar las dificultades pendientes, sobre las siguientes bases: 1/' Remitir al arbitra- miento del gobierno británico las preten- siones y quejasdel i'ey de Francia contra el gobierno argentino. 2.^ Aci^editar un mi- nistro argentino cerca del gobierno britá- nico para expedirse en los objetos de su
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mediación, y otro cerca del francés para restablecer la buena armonía entre ambos países. 3/ Continuar respecto de los sub- ditos franceses la misma conducta obser- vada por el gobieinode Buenos Aires desde la pai'tida d(^l cónsul, no llamándolos á servicio militar alguno. 4.^ \'olver el cónsul francés á ejercer sus funciones en Buenos Aires.
El ministro britiinico aceptó gustoso la mediación propuesta en términos tan sa- tisfactorios para la Francia, como que im- portaba concederle de hecho a esta todo lo que había exigido el agen te francés, todo lo que podía conceder una nación aun después de ajada su dignidad y de ser agredida del modo más injusto: y al ofrecerla por su parte al cónsul Roger le manifestó su es- peranza de poder allanar las diferencias pendientes, recordándole que no hacía mu- cho tiempo que se había empleado con éxito la misma mediación de la Gran Breta- ña entre los Estados-Unidos y Francia. — L-a nota de Mr. Mandeville y las bases de la mediación fueron llevadas por el capitán Herbert en la corbeta inglesa Caliope. El cón.ul francés al recibirlas manifestó su
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buena voluntad de admitir la mediación, como también la oferta que le hizo en M' n- tevideo el cónsul inglés Mr. Hood de pasar á Buenos Aires en la misma corbeta. El paquete inglés de la carrera del Janeiro llevó esta noticia á Buenos Aires, y la de que iNIr. Roger se embarcaba en efecto, en la Caliope para reasumir sus funciones consulares en esta ciudad
Pero como el agente francés procedía en todas estas emergencias en razón de los intereses de la Francia y áQXo^intereses ác sus aliados, según lo manifestó al fin de su ultimatun, antes de embarcarse para Bue- nos Aires se dirigió al campo de éstos,, donde se encontraba el general Rivera sitiando á la sazón á Montevideo. En na- tural que Rivera y los emigrados unitarios que hacían causa común con él, rechaza- ron la idea de un arreglo entre la República Argentina y la Fi'ancia, cuya primei'a con- secuencia era hacer cesar el motivo que indujo á esta ultima á aliarse con Rivera para ayudarle á derribar el Gobierno constitucional del Estado Oriental, como lo verificó al mes siguiente. Y es fácil darse cuenta también de la iníluencia que
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obraría la palabra insinuante y autorizada de liombrcs como A'arela y como Agüero, presentes en esa conferencia con Rivera, en el ánimo de un hombre joven como >Ir. Rogcr, sin antecedentes, de condición intelectual muy mediocre y cuya imagina- <'ión vagaba en alas de renombre que debía darle su intervenciini en los asuntos del Plata, y de la importancia que adquiría si llegaba á obtener en la Argentina lo que otro agente había obtenido en el Ecuador, siquiera una parte de lo que el mariscal Bourmont liabía obtenido en Argel !
El hecho fué que Mr. Roger se retiró de la conferencia con Rivera y los prohom- bres unitarios resueltos á no cumplir el compromiso que había anticipado al capi- tán Herbeft y el cónsul Hood, de aceptar la mediación británica y de embarcarse á bordo de la Caliope. Como este último le demandara al siguiente dia el repentino cambio de parecer, el cónsul fi*ancés aleg() haber recibido nuevas instrucciones de su Gobierno (|ue no le permitían proceder co- mo quiso hacerlo, que era una invención grosera, pues no había entrado ningún buque después del paquete inglés y de la
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correrá del Janciiv. cuya balija pasó por manos de Mr. Hood, según éste mismo le arguyo, confundiéndolo. Así, con fecha 9 de Octubre Mr. Roger escribió á Mr. Man- deviUc que no so liallaba autorizado para aceptar la mediación, pero ofreciéndose á proponer nuevamente la transacción de que había sido conductor el señor Ja- vier García de Zúñiga. Esta inesperada respuesta que comunicó el ministro inglés al gobierno de Buenos Aires el mismo día que era esperado en esta ciudad el cónsul francés y por cuyo desembarco de la Cc- Uope se habían tomado las providencias necesarias, causó naturalmente gran sor- presa ; y esta fué mayor cuando dos dias después se tuvo noticia de que las fuerzas navales de los franceses, continuando en la República Argentina las tropelías inca- lificables que perpetraban en Argel y en Méjico, se habían apoderado á viva fuerza de Martin García, el mismo dia 11, Ínterin se mantenía esa correspondencia que con- tenía proposiciones de arreglo do parte del cónsul francés.
La Isla de Martin García, situada frente á la costa oriental, á poca distancia de la
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oonñucncia de los rios Paraná y Uruguay, y en el punto preciso de entrada al gran estuario del Plata, estaba naturalmente ba- jo la inmediata vigilancia de los buques bloqueadores, y su reducida guarnición sufríalos rigores del bloqueo tanto por lo que hacía ;i provisiones de boca como por la escasés de municiones, cuando á prin- cipios de Octubre se unieron á la Bordelai- se estacionada frente á la isla, los buques franceses Vigilaat, Expeditiva, Ana y die- ciseis lanchones, con más las escuadrillas del general Rivei-a, compuesta de las go- letas Loha, Eufra>sia, Estrella del Svd, Fa- lucho. Despacho y siete lanchones, todos los cuales buques fondearon en el canal al S. O. de la isla y á tiro de fusil. La guar- nición de la isla apenas alcanzaba á 125 hombres, siendo 7 artilleros, 21 infantes de línea, 63 milicianos del batallón Restau- rador, y el resto, presos y armados de lan- za y garrote ; sus medios de defensa eran dos baterías, una con un cañón de á 24 y ia otra con dos cañones de á 12. LCI leniente coronel írorónimo í]osta era el jf'te de la isla y su segundo, el saigento mayor Juan B. Thorne, el mismo que después se en-
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contró en el famoso combale de Obligado- y quien me lia corroborado estos datos y los que siguen.
En la mañana del 11 de Octubre el c;qji- tan Don Hipólito Daguenet, comandante de las fuerzas navales francesas, dirigió al comandante Costa una intimación en la que lecomunicaba que habiendo recibido orden de apoderarse dala isla de Martin García, y siendo sus fuerzas muy superiores á las que la defendían, le concedía una hora para que respondiera si la entregaba ó nó; y que si esta respuesta no era conforme á aquella orden, la consideraría como señal de las hostilidades que comenzarían inmediata- mente. El comandante Costa reunió á sus oficiales y les expuso que estaba dispuesto á sostener á todo trance el destino que man- daba y el honor del pabellón de la patria. El Mayor Thorne declaró noblemente que aunque él no había nacido en la República Argentina estaba acostumbrado á combatir con gloria bajo ese pabellón y combatir era el deber de los que defendían la isla.
Así se pronunciaron valientemente los demás oficiales, y el comandante Costa envió con el mismo parlamentario al jefe
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f'raiicé.s esta dignísima respuesta qiiecons- tituií'á siempre un timb] e de gloria para las armas argentinas: <^ En contestación á la nota del señor eomandante, solo tengo que decirle que estoy dispuesto á sostener según es de mi deber el honor de la Nación á que pertenezco.»
En seguida se prepar(');j recibir el ataque, confiando al Mayor Thoi-ne la artilleria, y destacando tres guerrillas en dirección al muelle viejo y barrancas que miran al Oeste. Poco después los franceses y orien- tales desprendían sobre el muelle viejo cuarenta y cinco embarcaciones entre lan- chonesy lanchas, con gente de desembarco, desembarcando en efecto fuerte de quinien- t(^s hombres, organizándoseen tres colum- nas de ataque y emprendiendo su marcha sobre el i-educto. al mando de los jefes orientales ^Susviela ySoiiano. Los buques IVanceses hacían ni mismo tiempo un fuego nutrido sobre el reducto de la isla, y aunque la artilleria de Thoiaie les respondí*) bizar- ramente cerca de una hora metiéndoles con algún éxito algunas balas de <á 24. la reduci- da guarnición se vi(') obligada ;'i replegarse después de una lucha desigual con las tres
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columnas enemigas. Thorne pudo conte- nerlas todavía abocando sobre ellas las dos piezas de á 12, mientras que el subte- niente Molina agotaba las balas de 3íque quedaban. Pero rehaciéndose apesar de las bajas que sufrieron, las columnas ene- migas aliadas se apoderaron del reducto, después de hora y media de un combate heroicamente sostenido y cuya gloria cabía únicamente á los vencidos.
Prisioneros y rendidos el comandante Costa, el mayor Thorne y toda la guarni- ción, solicitaron y obtuvieron del coman- dante Daguenet el ser trasladados á Bue- nos Aires donde fueron recibidos con manifestaciones entusiastas. El comandan- te Daguenet hizo ademñsacto de hidalguía dirigiendo al general Rosas una nota en la que hacía resaltar los talentos militares del bravo coronel Costa y la animosa lealtad de este hacia su país. )> Esta opinión tan franca- mente manifestada, agregaba, es también de la de los capitanes de las corbetas Ex- peditive, Bordelaise. testigos de la increíble actividad del señor coronel Costa, como de las acertadas disposiciones tomadas por este oficial superior para la defensa de la
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importante posición que estaba encargado de consei'var. He creido que no podría dar- le una prue])a mejor de los sentimientos que me ha inspirado, que manifestando á V. E. su bizarra conducta durante el ata- que dirigido contra él el 11 del corriente por fuerzas muy superiores á las de su mando.» Análoga comunicación le dirigió al mayor Thorne el jefe oriental que lo iMndió al pié de los cañones.
Los pocos que dudaron que la Francia estaba dispuesta á atropellar la soberanía de los débiles Isstados Sud Americanos con la mira de colonizarlos al calor de las luchas internas, ó de propiciarse á costa de ellos ventajas de primer orden que se lo permitieran fácilmente con el tiempo, tuvieron una prueba incontestable de ello en la agresión llevada sobie Martin Garcia. Con soíbrado fundamento decía pues La írazeta Mercantil, seis dias después de ese hecho de armas: «ya se presenta patente <íl verdadero cuadro de nuestra situación actual, y de las miras de la Francia contra nosotros, cont'^a los americanos todos, y conti-a los valiosos intereses del comercio de ambos mundos. Méjico, la Confedera-
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cíón Argenliüa y la República del Uruguay son el blanco de las hostilidades gratuitas del gobierno francés. Mejor diremos, el lenguaje de los diarios franceses cotejados con los hechos escandalosos con que se ha agredido á los gobiernos de las Repúblicas Sud-Américanas, demuestra que ha ma- durado ya en el gabinete de las Tullerías el plan de monarquizar la América, enca- denar su libertad y monopolizar su exten- so y variado comercio, plan que remonta hasta la época de Chateaubriand quien cla- ramente lo indica en sus escritos que cor- ren impresos sobre la América.»
La alianza de los franceses con el gene- ral Fructuoso Rivera y con la Comisión Argentina, quedó sellada sobre la sangre argentina derrcimada en defensa del honoi" en la isla de Martin Garcia. Colocado Ri- vera en el gobierno de la República Orien- tal por los auspicios de los mismos fran- ceses ; arbitros estos por la fuerza en las cuestiones del Plata y queriendo resolver- las definitivamente en su provecho, encon- traron también por aliados á argentinos que pensaron que podía y debía sacrifi- carse la dignidad de la patria al fin q ue los
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llevaba de derrocar al Gobierno fuerte que crearon extravíos comunes.
La lucha comenzó entonces entre ex- tranjeros y argentinos y Rosas pudo y debió decir á su vez que sostenía la sobe- ranía é independencia de la República, mientras argentinos hubier.i que no se avinieran á sacrificar este interés supremo de nuestra existencia política.
Las agresiones del extranjero
Las agresiones del Gobierno francés á la República Argentina que continuaron con el asalto y toma de Martin García y con las tentativas sobre las costas Sud y Norte de Buenos Aires, fueron considera- dos en ambos continentes, no ya como meros ataques á la soberanía de un Es- tado independiente y reconocido como tal por los Gobiernos civilizados, sino co- mo principios de ejecución del plan de reconolización que quería llevar adelante aquel gobierno en las repúblicas Sud Ame- ricanas para poder ejercer sobre el resto del mundo la preponderancia comercial,
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mai'ítima y aún militar que pretendió ci- mentar por medios más legales y más humanitarios el genio de Napoleón I y que persigui(3 todavía Napoleón III, sacriílcan- do entre otros despreciados á un príncipe extraviado, quien tuvo que creer en la fé republicana de los pueblos de América recien cuando rodóen el patíbulo su cabeza coronada.
Toda la prensa de Europa y Améi'ica, con muy raras excepciones, se pronunció en ese sentido, enalteciendo la firmeza y el denuedo con que el gobierno ele la Confe- deración Argentina resistía las agresiones de la Francia, interpretando dignamente el sentimiento de sus conciudadanos y el de los demás pueblos de Sud América, que á costa deesa resistencia heroica pu- dieron salvar su independencia amena- zada.
Debo retéi'irme á ese pronunciamiento, por que él constituye la opinión imparcial del mundo civilizado, y por lo mismo que no se puede suponer que él se inspirara en motivos de complacencia para con reyes ó con su gobierno, sino en el principio de la justicia y del derecho contra el cual
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reaccionaban con las armas en la mano los franceses y sus aliados los partidarios del general Rivera y los emigrados unitarios en el Est.-tdo Oriontnl.
«Admiramos la firme desición con que el gobierno de la Confederación Argentina resiste á las injustas pretensiones del or- gulloso Gabinete de las Tullerías. escribía El Nacional de Lisboa de A de Enero de 1840, y esperamos ver el dia en que todas las repúblicas del cr»ntinente americano formen entre sí una liga cerrando sus puertos ;'i los buques de la nación que pre- tende oprimirlas. »
«Estamos viendo á los franceses atacar la libertad ó independencia de nuestros vecinos, los argentinos, decín LalJga Ame- ricana ác Rio Janeiro del 30 de Enero de 1840, y lo que es mas ir á Montevideo á dar auxilio á un partido político, para tener aliados que los ayuden en la empresa con- tra el heroico general Rosas, que no hace mas que defenderse de una injusta inva- sión reconocida como tal por todas las naciones.
«No es con poca admiración que obser- vamos, decía El Xarioual de Madrid, nú-
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mero 1187, los heroicos y felices esfuerzos que está haciendo la Confederación Argen- tina contra las injustas pretensiones de Luis Felipe, y ojalá que nuestra posicicjn nos permitiese ayudarlos con otra cosa más que con nuestros deseos. »
Podría citar muchas otras opiniones de la prensa imparcial de la Europa confor- mes con las anteriores: pero baste con saber que el mismo don Estovan Echovar- i'ia, el ilustrado propagandista contra Ro- sas, no pudo menos que reconocer la uniformidad con que el pueblo argentino se pronunció en favor de la conducta iniciada por Rosas contra la Francia; que don Juan Cruz A'arela. el gi'an poeta de nuestra reforma social bajo Rivadavia y adversario de Rosos, arrancó ásu lira me- lancólica los últimos ecos, diciendo a ese respecto:
Ah ! si tu tirano supiese siquiera reirriiiiir el rv.elo de audacia extraiigera y vengar insultos que no vengará !. . .
y refiriéndose á nuestro río y al asalto de Martin García :
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Y ora exü'aña Ilota, le d(jma, le oprime, tricolor bandera, llamea sublime,
?/ la (i:."l // blanca cencida caijó! . . .
En cuanto al genoi-al Lavalle, el jefe mi- litar de los emigrados argentinos en el Es- tado Oriental, hé aquí lo que escribía con tal motivo auno de sus principales ami- gos: "La política actual está tan compli- cada y de un modo tan grave que <: quién tendría la audacia de asegurar que véclaro el porvenir:'... Los franceses vana blo- quear á Chile. . . ("uando un ejército chile- no está en Lima contra Santa Cruz... l''l cónsul Roger que fué á Francia, volvió y ha dirijido á Rosas un ultimátum con al- gún agregado de exigencias se declara que para hacerle la guerní unirá á sus enemigos. . .
« La isla de Martin García ha sido tomada ;i viva fuerza por las escuadrillas aliadas... 40 piezas tiraban sobre un malísimo para- peto y 500 infantes completaron el suceso. \']\ honor del pabelliHi argentino ha quedado bien, pues el j<')ven Costa se lia batido en liéros, como dicen los galos.»
Y refiriéndose á la alianza de Rivera y de
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los emigrados unitarios con los franceses, aplaudida por estos y por la pi'ensa de Montevideo, escribe el IG de Diciembre del mismo año: «La Revista » llama pobres y estúpidos a los que no piensen dol mismo modo. Estos hombi-es, conducidos por un interés propio muy mnl entendido, quieren t}-astor)iar las leyes eto'tias del patriotismo, del /tono/' ij del buen sentido, pero confío en que toda la emigración preferirá que « La Revista » la llame estúpida d que su patria la ■hialdiga niañana con el dictado de ril traJ- dora. . . en dos ó tres meses las ideas pue- den variar mucho; pero si se ¡-ealizan las ideas de hoy, es decir, si llega el caso de llerar la guerra á nuestra patria los pabellones francés y oriental, entonces haremos nues- tro debej'. »
Hasta flnes del año 1838 el general Lava- lie pensaba, pues, que el honor argentino era sostenido por el Gobierno y los soldados argentinos que resistían las agresiones ar- madas de la Francia; y que serían viles traidores los que se aliaran á los franceses y orientales para llevar la guerra ñ la Confe- derad ó n A rge n t i i ) a .
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El prest¡$;ío de Kosas
Fracasada la conspiración de Maza, í;1 Congreso, todas las corporaciones civiles y militares y el pueblo, se apresuraron ;i manifestar su adliesi(3n sin límites al go- bierno del general Rosas ya la causa fede- ral, disputándose tíjdoscidar mayor realce y esplendor á las festividades que so cele- braron.
l'JsMs manifestaciüiies que se sucedier<jn sin interrupción en los meses de Juliu. Agostíj. Setiembi-e y (Jctubre er;ni tanto mas notaljles cuanto que se llevaban ;i (Na- bo no por el pueblo ineducado, fan<átic(^ poi' Rosas, y que concurría á ellas en ma- sas enormes, sino por las clases mas aco- modadas de Buenos Aires, por las damas de las principales familias, como por los hombres mas ventajosamente condados en la sociedad.
En Montevideo se decía, y después se ha repetido, que era el teri-or ei que hacía obrar así. Pero el Tmimo desprevenido ad- vierte hoy lo que entonces no podía (') no
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quería advertir el ánimo enconado del par- tidismo; y es que el gobierno de Rosas ha- bía echado raíces profundas en Buenos Aires y en toda la República. Todos esos elementos que haciendo pié en Buenos Ai- res obstaculizaron con poder incontrasta- ble la obra de los hombres de 1826 y que quedaron vinculados en la República pol- la resistencia que hicieron Paz y Lavalle en 1828, se hicieron conservadores á su manera del régimen federal que sostenían contra toda otra tentativa, sin comprender el mecanismo orgánico de ese régimen, si se quiere, pero marchando á él con el de- signio de llegar al fln, como llegaron en efecto 1852. cuando Ui-quiza empezó á realizar la idea de la Nación Argentina. sobre la base que le presentaron los go- bernadores de la Confedera» -ion Argentina que conservó Rosas desde 1835.
No era, pues, en el ejército, sobre el cual nunca contó Rosas, por la sencilla razón de que nunca tuvo ejército de línea en las ciu- dades: no era tampoco en el populacho, donde se apoyaba el Gol)ierno de Rosas. El populacho y el ejército no pudieron impo- nerse dieciocho años á un país como el
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niiCíftru que supo de lo que era capaz desdo que labró su independencia y la de cuatro repúblicas; ni sostener á Rosas con- tra todo el poder de susenemigos interiores- y exteriores, y del partido unitario de la Banda Oi'iental, la Fi'ancia é Inglaterra, combinados y aliados para concluirlo.
Kva el conjunto de la sociedad argentina loque robustecía ese gobierno fuerte que ella misma se liabía dado y á cuya sombra se había hecho conservadora. Eran las clases cultas y dirigentes de In sociedad y del gobierno, el comei'cio nacional y extran- jero, y el pueblo en general, que se habían identificado con su propia obi-a, y que la perseguían contra todo el torrente de la razón pública, la cual, sino estaba de su parte, no lo estaba tampoco de parte de los que á tal gobierno y á tal sociedad comba- tían con el designio de suplantar á Rosas simplemente.
El terror no podía obligar á toda una so- ciedad á hacer alarde de adhesión á Rosas como lo hacía; ni á catorce provincias y á un millón de habitantes á que sollamasen federales ; y á que sostuviesen á Rosas co- mo la primera columna de la federación^
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tal cual existía entonces, tal coniu existía en 1852, que tal ha sido la base sobre la •cual se inici(ó nuestra organización federo- nacional. Lo del terror ei'a uno de tantos argumentos de la propaganda contra. Ro- sas: pero el heciio real es que en 1839 no existía semejante terror en Buenos Aires. Lo que había era entusiasmo en las masas populares por la Federación y por Rosas, y en muchísimos liombi'es bien colocados por su posición y por sus familias: senti- miento esencialmente especutativo en las clases cultas y conservadoras en general, que explotaban el sentimiento dominante de los pueblos en provecho de las posicio- nes que habían adquirido por los auspicios del Gobierno fuerte. Y esta escuela no es nuestra: ella campea en todas partes, co- mo que á ella se aferran esas que se llaman clases conservadoras porque persiguen la prosperidad de sus posiciones cualesquie- i'a que sean los principios que las garanti- cen; así en políticacomoen religijii.
(-.Puede nadie imaginarse hoy que si Ro- sas no iiubiera contado con el apoyo de los pueblos y con el que le prestaban las cla- .ses cultas de la sociedad argentina, habiía
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podido gobornarcasi dicciochoaños desde- Buenos Aires liasta .Uijuy. la Confedera- ci<'»ii Argentina tal como se la dejó á Urqui- za para que éste diera una constitución, apesar de los podei'osos enemigos interio- res y exteriores que se aliaron contra él? íiPei'oqué hombre extraordinario era en- tonces éste, que así pudo imponerse él solo? Dígase mas bien que no se encuen- tra el medio de eludir las i-esponsabilida- des tremendas que alcanzítn á los partidos y á los pueblos que enjendi-aron y robus- tecieron el gobierno fuerte; yque por esto se quiere arrojarlos sobre la cabeza del que personificó en sí ese gobierno. Si con ello se salvara á ios pueblos, cualquiera de los que actuaron en primer término en la po- lítica de esa época funesta, pudo y debió aceptar por su pai'te esa responsabilidad. ^' en este caso se encuentra el mismo Ro- s;is que escribía en 1S70 desde su retiro en Southampton : « Durante presidí el gobiei-- no de Buenos Aires encargado de las Rela- ciones li^xtcriores de l.i Confederación Argentina, con la suma del podei* por la ley. goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis
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tal cual existía ontonces, tal comu existía en 1852. que tal ha sido la base sobre la cual se inició nuestra organización federo- nacional. Lo del terror era uno de tantos argumentos de la propaganda contra Ro- sas: pero el heclio real es que en 1839 n<» existía semejante terror en Buenos Aires. Lo que había era entusiasmo en las masas populares por la Federación y por Rosas, y en muchísimos liomljres bien colocados por su posición y por sus familias : senti- miento esencialmente especulativo en las clases cultas y conservadoras en general, que explotaban el sentimiento dominante de los pueblos en provech(^ de las posicio- nes (^e habían adquirido por los auspicios del Gobierno fuerte. Y esta escuela no es nuestra: ella campea en todas partes, co- mo que á ella se aferran esas que se llaman dase¡< coHserradoras porque persiguen la prosperidad de sus posiciones cualesquie- ra que sean los principios que las garanti- cen, así en políticacomoen religi3:i.
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podido gobornarcasi cliociocho años desde Buenos Aires liasüi .Uijuy. la Confedera- ción Argentina tal como se la dejó á Urqui- za pnra que éste diera una constitución, npcsai" de los podei'osos enemigos interio- res y exteriores que se aliaron conti-aél'/ /.Pe!"0f[iié hombre extraoi'dinario era en- t(')nccs éste, que así pudo imponerse él solo/ Dígase mas bien que no se encuen- tra el medio de eludir las responsabilida- des ti-emendas que alcanzan á los partidos y <''i los pueblos que enjendraron y robus- tecieron el gobierno fuerte : y que por esto se quiere arrojarlos sobre la cabeza del que personificó en sí ese gobierno. Si con ello se salvara á los pueblos, cualquiera de los que actuaron en primer término en la po- lítica de esa época funesta, pudo y debió aceptar por su pai'te esa responsabilidad. Y en este caso se encuentra el mismo Ro- sas que esci-ibía en 1S70 desde su retiro en Southampton : « Durante presidí el gobier- no de Buenos Aires encargado de las Rela- ciones Exteriores de la Confederación Ai'gentina, con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis
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actos; de mis hechos buenos cumo de los malos; de mis errores como de mis aciertos. »
Lo que vengo diciendo se comprueba iiaciendo ver (piiéaes eran los que tomaban la principal parte en las manifestaciones político-religiosas de 1839. La parroquia de la Catedral al Norte donde estaba radicada la crema de las familias de Buenos Aires fué una de las primeras en celebrar estas manifestaciones, llevando en triunfo por las calles el retrato de Rosas, ^depositándo- !() en el altar mayor de la iglesia de la Mer- ced y custodiándolo una guardia de honor compuesta de los mismos vecinos. En Ga- i-eta Mercantil del 4 de Octubre de 1839, que. tengo á la vista se registra una lista de más de (matrocientos ciudadanos fede- rales de esa parroquia que contribuyeron «para la función de iglesia con motivo de haberse salvado milagrosamente la impor- tante vida del benemérito ciudadano, Ilus- tre Restaurador de las Leyes, don Juan Manuel de Rosas del alevoso puñal de los pérfidos unitarios, de acuerdo con los in- mundos franceses.» De los que en la tal manifestación aparecieron basta citar los
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siguientes queocupnbnn rn la alta sociedud de Buenos Aires la misma ventajosa posi- ción que ocupan hoy sus descendientes: Simf3n Pereira, Felipe Llavallol. Félix Castro, ManuelAlcorta, Francisco Pereyro, Francisco Flía. Luis DoiTCgo. Fi-ancisco Balhin, José Maria Achával, Tomás, Ma- nuel y Nicolás de Ancliorena, Miguel Az- cuénaga, Patricio I>ynch. Braulio Haedo, Pastor Frias, Exequiel Real de Azúa. Boni- facio Huergo, Mariano Lozano, vSantiago \'ioIa, Ambrosio Molina Torres, José An- tonio Domaría, Sebastian Ocampo, Inocen- cio Escalada, Clemente Cueto. Fabián Gó- mez. Ángel Medina, Cipriano Quesada, Diego Calvo, Evaristo Pinedo. Amancio Alcorta. INIanuelJ. Campos, José Ignacio Garmendia, Juan Biayei", Juan Bautista Udaondo, Juan Rafael Oromí,Mcente Cas- tex, Gregorio Terry, Patricio Peralta Ra- mos. Pedro Gaché. Juan José Criarte, Ber- nardo Pereda, Miguel Gutiei-rez, Carlos R. Horne, Francisco Casal, Antonio Reyes, Felipe Otárola. Juan Victorica. Juan Beni- to Sosa y muchas otras personas como estas cuyo color político era bien conocido. Otro tanto sucedió en las demás parro-
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quias. Las iiianiíostacioncs .se llevaron ;i •cabo por los auspicios de los ciudadanos mas inñuyontcs y mejor acomodados, con- fundidos con el vocindai'io que acudió en masa. La de San Tehno, por ejemplo, se celebró con gran pompa, según fué fama pública. Las calles del distrito y el frente de las casas estaban decorados con arcos triunfales, banderas y escudos alusivos. La columna de los manifestantes, precedi- dasde dos bandas de música, se dirigió á la casa del Gobernador, sacó de allí un gran retrato al óleo de éste y lo condujo hasta aquella iglesia en medio de los Víctores y •aclamaciones de las familias que corona- ban las azoteas cubriéndolo de flores al pa- sar. En la iglesia se cantó un Tedeum en celebi'ación de haber el Gobernador salva- do de ser asesinado, y el cura pronunció un panegírico alusivo al acto. Enseguida ■el grueso déla manifestaci(')n pasó á un lo- cal cercano donde se había dispuesto una carne con cuero y lo pi'incipal de la con- currencia á casa del señor Babio, donde se ■sirvió un abundante >-f^/"rr'.Sf;ó. dice f^a (íd- ceta. VA Juez de Paz inició aquí los brindis; y le siguieron los señores Gart-igós, gene-
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r;i! Soler. Nicloric.-i. cnrunfl Hudrigue/^ jMnriño, iiOadu, Boscli y M/curr.i. Todos^ ciloís se dirigieron naturalmente ¡i exaltar á Rosas y al pai-tido federal. IlI general So- ler se liniití) á bi'indar por la hija del gobernador, concluyendo con los vivas de uso al i'estaurador de las leyes y con los- mnerasá los unitarios, á losfranceses y á RiveiTt. MI jefe de [X'licia Mctorica. brind(') asi:
Unitarios viles— .salvajes crueles á la patiia infieles — al francés serviles, huid de ese suelo — no causéis mas males- que á los federales— los proteje el cielo.
Después de eso la manifec>iaci(')n se diri- jióá enti'egar el i*et!'atoque debía servir para que la hiciera otra parroquia.
Y si pomposa se llamó á esta manifesta- ción, no merece menos la (pie tuvo lugar en la parroquia de San Miguel, y de la que es necesario dar cuenta someramente aún á riesgo de fatigar al lector. \'arios vecinos influyentes nombraron una comisión com- puesta del juez de paz, don José Melchor Romero v de los señores Mariano de So-
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mellera y Pedro Josó Viln, para que corrie- ra con todo lo concerniente á la función patriótica federal ; y como lo habían hecho otros en las vísperas de estas funciones, losjuecesdc paz don Eustaquio Gimenes. ^lanuel Casal Gaete, Saturnino Unzué. Do- mingo Diana, José de Oromí y Julián Mrón, pidieron al gobernador les permi- tiese alternar en la guardia de la casa-habi- tación del mismo, acompañados de dos vecinos federales de sus respectivos dis- tritos. La función se organizó para el 29 de Setiembre, dia en que la iglesia católica, que se asociaba á ella, celebraba la del titular de la parroquia San Miguel Arcán- gel, l'^l adorno de las calles y las tapice- rías del frente de las casas, sobrepasó á cuanto habían hecho hasta enti^nces las demás parroquias.
Alas diez de la mañana la manifestación, conduciendo un gran carro ti'iunfal, se dirijió á la casa de Rosas á buscar el retrato •(ieéste. Dosguardias de honor, compues- tas de ciudadanos, formaban la escolta del HOMBRE DEi. PUEBLO, dice La Gaceta. La de infantería la formaban los oficiales del re- gimiento cívico de patricios, vestidos de
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gi-an parada, sabic en mano, y era man- dada porel general Celestino ^'idal. La de caballería era comandada pnr e! gen^i-al Lucio Mansilla, y en el centi'o de ella lle- vaba don L,uis de Belaústegui un estandar- te de raso pun/.ó. bordado de oro. Coloca- do que fué el retrato en el carro triunfal, la manifestación volvió ñ la iglesia entre lasaclamaciones de la multitud. Elretrato fué recibido en el (atrio de la iglesia por el cura párroco y otros eclesi;\sticos y colo- cado al lado del evangelio; y so di') princi- pio á la función de iglesia con una misa oficiada agrande orquesta, asistiendo de medio pontifical, el obispo diocesano y celebrando el provisor ; siguió con la pro- cesión del Corp/fs CJirístiy ^^' ccri'ó con un Tedeum Imtdamos.
La manifestación encabezada por los se- ñores de la comisión, poi' algunos sacer- dotes, dignidades como P(.'i-era Saravia, Palacio. Argerich, Achega y Reina y por los ministros Garrigós c Insiarte, briga- dier general Soler, generales Guido, Pine- do, Rolón, Ruiz, Huidobro. Paz iGi'egorio), Lamadrid, coroneles Crespo y Uriburu (Evaristo), Lahitte, Garcia, González, Pe-
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ña, doctores Lozano, Pereda, Torres, Cár- denas, Campana y gran cantidad de ciuda- danos conocidos, de damas principales como ser las de Llavalloi do Pairó, Viilari- no de ín.siarle, Ortiz de Berraondo, Rome- ro. Villanuovci. MIu, etc.. se dirigió en se- guida á la casa del juez de paz, arreglada convenientemente.
Llegados aquí, el general Soler, tomando en sus manos la bandera nacional que lle- vó Rosas á su conquista del desiei'to, pro- nunció una entusiasta alocución, después de la cual las damas cubi-ierun de ñoies el pedestal sobre el que, entre banderas, se había colocado el retrato de Rosas, y se cantóel himno argentino. Sirvióse después un refresco y aqui fué de los brindis y dis- cursos que inició el general Soler con al- gunas palabras alusivas. Lo siguieion Garcia, Garrigós, Lahitte, Mansilla, hasta que levantándose el general Gregorio AraozdeLamadriddijo: «Brindo, señores, porque los traidores unitarios que lian te- nido la vileza sin ejemplo de venderse á los indignosagentesdelaFi'ancia,parainvadir y mancillar la independencia de la patria, vengan cuanto antes con sus despreciables
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nmos para recibir el castigo que merece su infamia, y para que se convenzan los so- berbios franceses de que su poder no es bastante para arrebatar á los argentinos su independencia — ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mva su eminente jefe el ilus- tre Restaurador de las Leyes! ¡Mueran los traidoi-es á su patria!
Estasmanifestaciones se sucedieron du- i'antetres meses en los principales pueblos de la campaña, y con pocas excepciones, los vecinos mas conocidos aparccifi'on en primer término en ellas.
Ij» invasión cíe Lavalle en ]83í>
Acababa I.avalle de invadir el l\nf re-Hios desechándola idea de liaceiio al sur de Buenos Aires, como lo querían sus partida- rios. Según él misniíj lo manifestaba, no se le presentaban entonces las probabilida- des deéxito que á su juicio debían mediai' para no aventurarlo todo, cuando podía hacerse otro plan que una vez realizado lo conduciría á esa provincia sin los sacrifi- cios que habría que arrosti'ar inmediata-
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mente sin ventaja positiva. Atendiendo principalmente á las responsabilidades que pesaban sobi'e él y que quizá abulta- ban los mismos que, aconsejándolu, com- partían de ellas en realidad, el general Lavallo se decidió á invadir el Entrc-Rios fiado en que las poblaciones orientales, celosas de su independencia, engrosarían las filas de Rivera para repeler la invasión del ejército de Ecliagüe y en que Rivera, por su propia seguridad, como por la va- nagloria de que los argentinos le deberían á él todas las ventajas de la jornada, no se pararía basta destruir completamente ásu rival y reunirse con Lavalle. Este entre tanto emplearía toda su actividad para dar un golpe seguro á las milicias que consti- tuían la única fuerza del gobierno delega- do de Entre-Rios; y una vez que lo realiza- se, el efecto moral de su victoria y los re- sortes políticos que tocara decidirían á su favor la opinión de esa provincia.
Sólo un obstáculo podía entorpecer los sucesos en este camino: López reforzado con fuerzas de Buenos Aires. Para evitarlo, Eavalle se propuso atraerlo á su causa, y si se negaba áello, no presentarle un com-
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bate decisivo hasta no encontrarse más fuerte que él en Knti'o-Rios. ó hasta que se aproximara Rivera, ó se pronunciase Corrientes y pudiera formar un ejército respetable. Destruido Echagüc y batido López, él quedaba dueño de tres provin- cias, y entonces los sucesos decidirían si se robustecería la acci(')n que se prepara- ba en el norte y en el interior ñ se debía marchar sobre Buenos Aires.
Este plan ofrecía ventajas efectivas, si bien libraba en gran parte el éxito gene- ral á la concurrencia del general Rivera quien, como es sabido, no haría sino aque- llo que le aconsejaran sus propias conve- niencias y su genial vanidad. Era además el más acertado, una vez que no se acepta- ba el de (jperar sobre Buenos Aires: y de cierto que los pi'imeros pasos que dio el general Lavalle, acreditaron que no se ha- bía equivocado. Rivera fué la causa de que este plan no se llevara á feliz término á contar desde la victoria de Cagancha que debió decidir casi todo el litoral en favor de la cruzada de Lavalle.
Por lo demás, el general Lavalle era au- xiliado en su empresa no srlo con losdo-
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nativos de algunos de sus amigos sin(') con los que consiguió reunirle don Andrés La- mas, y muy principalmente con las armas, bagajes y dinero que le dieron los agentes franceses. En el libro del doctor Carranza sobre la Revolvción del año 39 están inser- tas íntegras las cartas del general Lavalle que así lo comprueban y las cuales están de acuerdo con las que he dado á conocer por la primera vez en mi libro. Así, en Julio de 1839, el señor Lamas le nian ¡fes- taba á Lavalle sus sospechas respecto del cumplimiento del auxilio prometido por Rivera, y le agregaba: «Por snpnc^to que no liemos prescindido de los auxilios fran- ceses : los nececitamos. Les hemos pedido '200.000 pataco lies... y> etc., etc. Por su par- te el coronel Baltar le escribía: «el 21 dejó Rivera una carta á Despouy para que viese á los agentes franceses para que le diesen 200.000 patacones y él daría 1500 hom- bres á disposición de usted y estaba pronta la suma que pedía. !<]! señor Martigny le ■contestó que pusiese los 1500 hombres á disposición de usted y está pronta la suma que pedía» El señor Ireneo Pórtela le es- •<;ribe á Lavalle en 20 de Agosto: «^Naestros
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(iniicjos los (igciiíes coiitiiLÚan porLáiidosc cu- mn biempre: no bien le dije á Mr. de Míd'- tiguj/ ¿o que Frias (icabfibd de comunicar me cúbrela aecesidad de recii ¡'sos pccunarios, se presluron á lo (¡ne se habían coniproinetido id rao I lie I do. 1^ Las sirtipaiias minientan inu- (jlio especialii/enie entre los e.r¿rajiJeros, le escribía el doctor Várela á Lavalle en Julio 29. .. .Con este buque recibirá usted toda la factura de monturas que los franceses (ipresaron. Los señores Marti gny y Baj-ade- re se han eondvcido en este negocio con la (líitistad g empe'io qa.e en todo lo ([ne interesa, á usted ^ á sv crpedición.^^ El mismo gene- ral Lavalle le escribe ;'i su scñui'a esposa el 12 de julio «que todos los soldados fran- ceses se han portado de un modo tal que esta lleno de gratitud.»
El 30 de Agosto de 1839, el general La- valle hizo pasai- revista en Martin Garcia í'i la «Legión Libei'tadoi'a » que se compo- nía de un escuadr(jn de jefes y oficiales de la escolta del genei^al. de los escuadrones Maza, Libertos. C'dlen, de una compañía de guías, de un piquete de infantería y de algunos entre rianos. que formaban un total de .ór>() liombiTs. inclusive los oficia-
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les y tropa del cuartel general y Estado ]\Iayor. El 1" y 2 de Setiembre se verificó el embarco y trasporte de la Legic'm en los buques franceses Bordclaisc, Expeditive, Vigilant y Ana^' en algunas balandras con bandera oriental, siendo el comandante fi'ancés Lalande de Calan el jefe de la es- cuadrilla que escoltaba el convoy. El ge- neral Lavalle se embarcó el último en la Bordduise, expidiendo una pi'oclama «á sus compatriotas y á los hombi'es de liber- tad y honor, » que redactó él mismo, que corrigió su secretario don Félix Frias y que por sus conceptos es uno de los docu- mentos mas hermosos que produjo duran- te su peregrinación en la República.
Invocando la solidaridad del pueblo «que derrocó en seis horas un trono de tres si- glos, » Lavalle decía estas palabras que ojalá hubiesen sido carne del corazón de todos los que, aspirando á convertirlos en hechos, no encontraban otro medio para realizarlo que el de destruirse los unos á los otros: «...vengo á vQCAhiv mi fé polí- tica del pueblo. No traigo recuerdos : he arrojado mis tradiciones', yo no quiero opi- niones que no pertenezcan á la nación en-
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tora. Federal ú uiiilario seré lo que me im- ponga el pueblo. No traigo á la República Argentina otros colores que los que ella me encargó de defender en Maypú, Pichincha é Ituzaingü, solo traigo una causa, la Na- rión. 80I0 traigo un partido, la Libertad.» listas declaraciones eran dignas del lau- reado veterano que llevcj triunfante la bandera déla independencia argentina por los llanos y las montañas de América; y habrían resaltado más hermosas todavía, si á ellas se hubiera circunscrito su procla- ma á los pueblos. Pero ](js impulsos gene- rosos del patriota cedían ante las exigencias calculadas y egoístas del representante armado del partido. Como tal, Lavalle era el centro de las pasiones, la expresión de los odios de su partido, no porque él esti- mulara las unas 6 az.uzara las otras, sino porque llevó su abnegación hasta el punto de prescindir completamente de su perso- nalidad para identificarse con las miras y con las tendencias de sus consejeros y de sus allegados, que fueron quienes realmen. te dirigieron todos sus actos públicos, sin perjuiciode aceptar él solo la responsabili- dad de todos estos.
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As^í, on el cuerpo de pi-ockin^i de Liivíille se dibujan clni'amenteesas pasiones y esos odios, esas miras y tendencias, que empa" lidecen y desautorizan !as dcclai'aciones con que lo encabeza. Por sus téiminos. por los desahogos insultantes, por el perso- nalismo estrecho, pei'lenece á la literatura de esa época aciaga, y en nada se distingue de las pioclamas que expedían Mchagüe^ í,(')pez. O ribe. Rivera ('> Pacheco. A los hom" bres de color y de casta le dice: «Os bi-indo un rango en mis filas para peleai' contra el salvaje que os asesina y os veilde, so pre texto hipócrita, deamigo délos pobres» — sabiendo como sabía que las masas del pueblo eran las mas adictas á la Federación y á Rosas, y que los hechos desmentían lo que afirmaba sin necesidad y, lo que ei'a peor, para que se explotase en contra suya. — A los habitantes de la campaña, entre quienes conservaba Rosas presligios in- contrastables, los hería en sus sentimien- tos, y proporcionaba una ocasión para que dudasen de él, diciéndoles: «Yo soy más sincci'oy leal partidario de vosotros, que no lo ha sidojamás ese malvado que por tantos años os ha estado mintiendo, opri-
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miciido y süqueand(i. Habéis sido engaña- dos: os compadezco. Yo vengo á traeros la libertad.»
Y como se hubiera calculado producir iiial efecto en todos los ánimos, Lavalle les dice á los hombres del comercio y de la in • duslria cuyas principales firmas habían sascrito el empréstito voluntario que hi- cieron á Rosas para subvenir á las dificul- tades del bloqueo, al mismo tiempo que el alto comercio inglés representaba á la Cá- mara de los Comunes sobre los enormes perjuicios que ocasionaban los -ser^ems ¡yi-o- redimir/ntos del gobierno deFran(ña contra la Confederaci<')n Argentina: «Vosotros también sois invitados á pelear contra un poder que ha cei-rado las pucitas, ari'uina- do el comercio y aniquilado el movimiento de la nación.
Y en Gualeguaychii expidió Lavalle dos nuevas pi-oclamas en bis que invitaba á los entrénanos y correntines á engrosar sus filas y i'i gritar; viva el gobierno rrpvbUca- tio. repi eseutatiro, federal!
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Lavalle y €liilavert
La autoridad de Lavalle empezaba á pe- sar demasiado en las poblaciones de Cor- rientes y muy priucipabiiente en Goya y Esquina, cuyas autoridades recurrieron de ello al gobernador Ferré, que era una som- bra de poder. Las tropas del ejército Li- bei'tador. alentadas con la condescenden- cia de su general en jefe que era el único vínculo de obediencia que reconocían, al favor de una indisciplina que se hizo des- pués crónica, se entregaban á desórdenes que nadie sino el general Lavalle podía reprimir por que el coronel Cliilavert se encontraba coartado ;i cada paso, y ejer- cían sobre la propiedad privada graves abu- sos que desdecían completamente de los principios de la cruzada de redención que proclamaba la revolución. Juzgúese por es- tas líneas que le escribía un jefe del ejército
libertador al doctor Francisco Pico:« le
agregaré que el ejército libertador va á asolar este país. Rodeos enteros desapare- cen por el desorden con que se carnea. A ios Molinas, padre é hijo, les carnearon
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2200 reses en seis diasü Nada se respeta: las manadas de yeguas, las crías de muías se destrozan para hacer botas. . .» Con los antecedentes que mediaban, y siguiend(3 por semejante camino, las cosas habr-ían tomado un aspecto gravísimo si Lavalle no hubiera desalojado esa provincia.
Lavalle ordenó á Chilavert que adelantá- is la mai'cha con las legiones Videla, Tor- res y Esteche, seguido de las divisiones López y Salvadores, y él cerró por la costa del Ui'uguay al frente de la división Yegñ y legión Rico. El 3 de Marzo llegaron al ar- i'oyo de la Mota, y el 4, Lavalle se preparó <i pasar el Mandisoví Chico, como en efecto lo verificó sin ser molestado, esta- bleciendo su cuartel general en el Yeruá, á inmediaciones de donde tuvo lugar el en- i3uentro con las fuerzas del gobernador Zapata, y Chiiavoi't recüjí»') la ('yrden de si- tuarse en la Concordia para organizar allí los elementos de resistencia, y cuando em- pezaba á desempeñar su comisión co:i la autoridad y la firmeza peculiares en él, recibii^ una carta de Lavalle en la que éste 16 increpaba en términos severísimos fal- tas graves en su servicio.
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« He sabido con el más sensible desagra- do que usted se ha llevado la compañía de tiradores del escuadrón Mctoria sin avi- sarme, debiendo usted haber llevado solo 25 hombres; de modo que ignorando esta circunstancia njandé avanzar ayer los es- cuadrones Victoria y Maza que en estos momentos están por decidir ó habrán de- cidido un combate conti-a fuerzas superio- res cuando yo juzgaba que era iguales. Esta falta de una naturaleza tan grave no la he sabido hasta este momento (Marzo 14 á las 12 del dia ) por el mayor Soto, que re- gr-esaba de aquellos escuadrones á donde había ido con (jrdenes mias. Antes de l<is8 de la noche lo esperón usted aquí con toda esa fuerza. »
Lo peor del caso no era la dureza de los términos, á que tan habituados estaban algunos de los jefes de Lavalle. sino la ma- nifiesta injusticia con que se vertían, la li- jereza imperdonable del proceder para con el jefe de Estado Mayor encargado en esos momentos de una misión importante. Porque no es exacto que Chilavert se hu- biese llevado á los efectos de su comisión la compañía de tiradores á que se refería
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Lavalle, sitió 25 hombres, todos lanceros, mandados por el capitán Zalazar. Si algo revelaba esa carta á Chilavert. como ú cualquier otro militar de menos rango y con monos méi'itos y servicios, era la mala voluntad que lo profesaba el general en ge fe, en la cual so inspiraba para herirlo en su dignidad hasta en ocas¡()n del chisme trasmitido por un inferior, dando a enten- der con esos actos (que se sucedían dema- siado para que el ejército dejara de aperci- birse de ello) que no necesitaba de los ser- vicios del jefe así expuesto á vejaciones inmerecidas.
Había enti'olos amigos de Lavalle el pro- pósito deliberado de prescindir completa- .mente de Chilavert. más.uni. de inutilizar- lo; y éste Cf^ntribuía á ello haciendo gala de una independencia singulai* para justificar á esos auiigiis que compií imetían los resul- tados constituyéndose cw .irbitros de todo. sin admitir (>bsorvaci<')!i ni léplica de na- die. Chilavert alean/aba to.io esto y había devorado los vejámenes que le inflri.'iel gener<;l í,av;dlo inlluenciado por sus con- cejei'os áulicos. L'ua amistad antigua y mu chas veces probada acalló las querellas de
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ambos jefes, pero llegó el momento en que Ghilavert tuvo que volver por su dignidad ultrajada, y vio que no le quedaba más ca- ^nino que separarse del ejército por no ver- se obligado a contener con sus armas á Lavalle, como lo hizo en las vísperas de Ituzaingócon Paz, Lavallcja y demás jefes que conspiraban contra el mando militar de Al vea r.
Luego que meditó su resolución, acep- tando desde luego las críticas acerbas que le hacían y que llegaron hasta el punto de decir que había deseriado del ejército Li- bertador. Chilavert ledirijióá Lavalle una carta en la que se revela el temple varonil de su espíritu y la generosidad del senti- miento que lo guia. Después de levantar con los hechos las faltas que sin razón le increpaba Lavalle, dice Chilavert: «Hace mucho tiempo, señor general, que debía renunciar el puesto que ocupo en el ejér- cito, no purque neme sienta capaz de de- sempeñarlo, sino porque A". E. no com- prende lo que es el jefe del 1-^. M. de un ejér- cito, ni menos ha comprendido el modo de manejarme <á mi, de donde resulta que el señor general atropella las atribuciones
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del E. M. quiere hacerlo todo, y todo lo de- sordena, y no hace nada. Yo. señor gene- i-al. no sé andar más que un camino, el del honor; en él hago los mayores esfuerzos paracumplii- con mi deber y puedo lison- jearme de haber servido con distinción siempre, aiín en lascircunst.mcias másdi- fíciles. A mí, general, la fuerza y el rigor no me vencen: solo la razón y la justicia tienen poder sobre la enérgica indepen- dencia de mi alma. El señor general no sabe mandar sinn de un modo absoluto y yo no sé obedecer sino razonablemente. Por esta razón ni el señor general puede mandarme, ni yo puedo obedecerlo ; y en semejante caso (. qué hacer:' Dejar el puesto como loabandono desde ahora, retirándo- me á curarme al seno de mi familia que se halla enferma y llena de miseria. Quiera, general, persuadirse que esta mi resolu- ción no disminuirá en nada el respeto y amistad que tengo por su persona, amistad contraída en cuatro años de una desgracia común, durante cuyo tiempo he sido hon- rado con su confianza; pero es necesario separarnos para conservar e.sa misma amistad que tanto estimo.»
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El gobierno «le Rosas en el extranjero
Dos años hacía que ci^n la proteccitjn y ayuda material de la Francia se mante- nía en el litoral argentino la revolución armada contra el gobierno de Rosas, sin que ni el genei'al Lavalle al frente de sus partidarios decididos, ni el general Rivera al frente de otro ejército y de grandes re- cursos; ni los agentes franceses c<^n una escuadra poderosísima en nuestros rios interiores: ni la Comisión A i-gcufiíic. mo- viendo hábilmente los hilos de su diplo- macia, consiguieran las ventajas que se prometieron al celebrar esta triple alian- za con el objeto de dei-i-ocar á ese gober- nante, conti'a el cual pi'omovían de consu- no reacci(^ne.s y dificultades interiores y exteriores capaces de dar en tierra con cualquier otro que no hubiera pulsado el sentimiento que campeaba en e¡ país que presidia, como lo había pulsado liosas al resolverse .'i arrostrar á muerte la partida con sus enemigos : no ya por conservarse
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en el Gobierno como se pudo alegar al principio, cuando la lucha fué entre argen- tinos solamente, sino por salvar los dere- chos de la soberanía argentina, como los salvó en efecto, demostrando prácticamen- te veinticinco años antes que México la im- posibilidad de la recoloriizac¡(')n déla Amé- rica por Vas g rdiules. poicnciiis europeas.
Estos resíultados negativos para esa re- voluciíjn larga y sangrienta robustecían la acción de Rosas en el interior: y por el mismo ecliecpie que sufría la Francia como parte en lacontienda. después de las con- quistas de fuerza que había llevado á cabo desde 1S.':I7 en Argelia. Méjico, Chile. Ecua- dor y el Estado Oi'ieiital, la firmeza y el nombre de Rosas llamaban justamente la atención del mundo político europeo. Los diplomáticos, los parlamentos y la prensa de Europa, principalmente, se dedicaron á estudiar nuestras cuestiones pendientes con Frdncia, y al pronunciarse en favor de la Confederación Argentina, levantando á Rosas á una altura á que no creyó llegar amas, fué porque pensaron los más que. condenando los avances délas grandes po- tencias sobre las débiles era como única-
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mente podían prosperní* con el tiempo los grandes intereses que vincularían á esas naciones viejas con estas naciones nuevas. — Foresto es, que Sarmiento dice en su Facnndo, con lealtad que le honra altamen- te: «A Rosas le debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses al mundo civilizado, y puéstola en contacto más inmediata con la Europa, forzando á sus sabios y á sus po- líticos ácontraerse á estudiar este mundo trasatlántico.»
En Inglaterra y en Estados-Unidos, la cuestión del Rio de la Plata mereció una atención especial ; y los hombres mas emi- nentes como los diarios más serios y más acreditados hiciei'on declaraciones termi- nantes en favor de la ñrme dignidad con que Rosas sostenía los derechos de la Con- federaci(')n Argentina. — A últimos de 1839 l^'y-f\ Palmerston manifestó al ministro argentino don Manuel Moreno que era ne- cesario concluir con el estado de cosas del Plata; y El Times de Londres se hacía car- go de esa manifestación abundando en conceptos honrosos para el gobierno ar-
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gentino, y recordando los que había vorti- d(^ el visconde Strangford en la sesión del 16 de Julio de 1839 en la Cámara de los Lo- res, cuando caliílcó en términos severos las agresionesdela Francia en Buenos Ai- res.
Estas mismas ideas favoraljles á la Con- federación Argentina y al general Rosas dominaban entre los agentes diplomáticos de las grandes potencias acreditadas cerca del gobierr.o de los Estados Unidos. — l']n un banquete que dii'> allí el barón Marechal. enviado ex!raordinai-io del em- perador de Austria, y al que asistieron el Cuerpo Diplomático , secretarios de Estado y.muclios senadoi-es, el caballero Bodisco, ministro plenip(jtenciario del em- perador de Rusia, se dirigió al de la Con- federación Argentina, que lo era el gene- ral Al vea r y le dijo :
— General, vengo de decir al secretario de Estado y ¡i estos señores (refli'iéndose á vai'ios senadores) que es sensible y sin- gular la conducta que observan con el país de usted dejándolo oprimir y ultrajar por la Francia prevalida de su inmenso poder marítimo. — Que yo soy imparcial en esta
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cuestión, pero que mi emperadoi' y toclus los rusos somos amigos de esa República y vemos con dolor que desciende de la posici()n que debía tomar.
El general Alvear dio al caballero Bo- disco precisas informaciones respecto de la cuestión francesa ; y media hora des- pués, jugando el mismo caballero á las cartas con los ministros de Inglaterra y Svecia, le dijo en alta voz al ministro ar- gentino refiriéndose al inglés :
— Sabe usted cómo me trata el señor Fox :' Aquí me tiene oprimido' y bloque- ado con la misma injusticia con que tratan á ustedes ios franceses ; pero yo firme me bato y resisto.
Pocos dias después el mismo general Alvear comunicaba á su gubierno que en un banquete que dio el mismo ministro de Rusia al cuerpo diplomático, secretarios de Estado, etc., el señor Bodisco lo llamó en alta voz, tomó una copa y brindó por el general Rosas. Que este incidente llamó mucho la atención, pues la práctica allí esta, blecida en reuniones de ese género era no brindar por gobierno ni persona alguna: rozón por la cual varios miembros del
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cucM'po dipl< imático se Iciipi-oximaron des- pués del banquete y lo fclicitai'on por las estrechisimas relaciones que existían entre Rusia y la Confederación Argentina.
Después de esto no era extraño que «El Noticioso de Ambos ^^lundos», de Nueva Vnrk. reproduciendo los conceptos de la l.'ni(')n Americana referentes á nuestra cues- ti(')n con la F'i-ancia, dijera lo siguiente:
'(Hemos visto al gobierno de Montevideo dai" favor y ayuda á los injustos agresores^ lo mismo que á los descontentos de Buenos
Aires refujiados allí En medio de
esto, un liéroe vemos brillar: ese héroe es el presidente de Buenos Aires, el genera! Rosas. Llámenle en hora buena tirano sus enemigos: ll.-imenle déspota, nada nos impíM'ta de todo esto: el es patriota, tie- ne firmeza, tiene valor, tiene enerjía. tiene carácter y no sufre la humillaei('>n de su patria.»
El Arai'cauo de Santiago de Cliile. El Trilnnio de B<)got<i, etc.. emitían análogos conceptos favorables al general Rosas.
«He tenido dos ocasiones, escribía á Ro- sas el presidente del Perú, de admirai' la <-onslancia v t^l vigor de usted en medio do
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los conñictos interiores de que ha estado rodeada su administración, son estas las dé sus esfuerzos contra Santa Cruz, y ahora la nobleza de su conducta en la guerra con los franceses. Mucho se deben prometer la República Argentina y la América ente- ra de hombres como ^'d. de que en verdad necesita algunos.» El general Bulnes, pre- sidente de Chile, lo felicitaba igualmente á Rosas por la ílrmeza (-le su conducta. — (d^l bloqueo de Buenos Aires es un negocio importante para el Brasil, decía el diputado Montezuma en el Parlamento de Rio Janei- ro; es digno de la admiración del mundo ver un hombre, jefe de una nación, defen- derse valiente y denodado contra el poder de una nación que ha venido á América á insultará los americanos (bravos, aplausos) y disputar palmo á palmo los principios de la independencia nacional. Y no simpati- zaré con el denuedo de este jefe?» — «¿y quien no simpatizará?» respondía el dipu- tado Andrade Machado, entre nuevos aplausos.
Por estas referencias en lasque se podría abundar poniendo á contribución los dia- rios y papeles extranjeros de la época, se
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vé que el mundo civilizado estaba del lado del gobierno argentino. Y esto mismo lo corroboraban en las cámaras francesas los diputados Lagrande, Remusat, Pelel de la Lozere, declarando además que los agentes franceses en el Plata habían sido arrastra- dos por los enemigos políticos del general Rosas á extremos perjudiciales y gravosos para los intereses políticos y comerciales- de la Francia.
Y las declaraciones de los diputados franceses eran pálidas comparadas con las de la Cancillería francesa á sus agentes en el Plata. Existe entre esos documentos un notable por sus conceptos y por su alcance, el cual á la vez que funda acabadamente la opinión de las naciones en favor de la jus- ticia y de la firme dignidad con que Rosas defendía los derechos de la Confederación Argentina, pone de relieve este hecho inaudito del punto de vista del honor na- cional, es á saber: — que la conducta de los agentes franceses en el Plata y agresiones injustas que llevaron á cabo sobre Buenos Aires, como las preparaban en mayor esca- la á fines de 1830, fueron debidas á sujes- tiones hábiles, á los esfuerzos constantes
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-de los emigrados ;ii-gentiiios en el Estado Oriental.
I^a hacienda pública
l'^n medio de la gueri'a civil encendida por los unitarius eran insuperables las diflcultades financieras, que databan del bloqueo francés, que se dejaban sentir con mayor fuerza á medida que aumentaban jos gastos de esa guerra; los cuales eran sufragados en su casi totalidad con las so- las entradas de la provincia de Buenos Aires. Estas entradas no bastaban para Ilenai- dicbas necesidades, con ser que en 1840 excedieron en 9 millones á las de 1839, pues alcanzaron ;'i 35 millones pr(')xima- mente y que para 1841 se calculaba todavía un exceso sobi-e esta última suma. — Pero ia deuda particular exijible que en 1839 importaba $ 3.843.087:73 4 se elevó en 18 iO ;'i pesos 15..552.824:3 4; y el déficit, de pesos 14.313.521:51 2 se elevó á$ 14.081.551:11/2.
— VA servicio de la deuda interna se bacía <xm toda puntualidad; y en cuanto á la deuda exterioi" el gobierno no podía menos
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que niunifcstar á In legislatura que «no olvidaba sus compromisos con el emprés- tito ríe Inglaterra. — Circunstancias notorias é invencibles han retardado se verifif(ue un arreglo quenoofrezca dudas sobre el cum- plimiento en el pago de él ».
Solo la incontrastable pei'severancia de Rosas y el rigoroso sistema que implantó para la buena administración de los dine- ros públicos, pudieron impedir que el país se precipitase en la más espantosa banca- rota. — Porque á ese respecto no puede haber racionalmente dos opiniones, como ya he tenido ocasión de afirmarlo. — Entre todos los gobiernos que se han sucedido en la República Argentina hasta estos dias, no ha habido uno que haya admi- nistrado los dineros públicos con mayor control, rectitud y pureza que el gobierno de Rosas, sin excluir el de Rivadavia, que fué un modelo de buena administración. = Propiamente, y por más que asombre á los especulativos idólatras de la tradi- ción de odio, Rosas fué en la buena admi- nistración de la renta pi'iblica el gran con- tinuador de Rivadavia. el único que lo sobrepasó quizá en este sentido; pues-
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sobre los principios y reglas que estable- ció ese ilustre estadista, Rosas puso en práctica y conservó durante dieciocho años consecutivos todo un sistema de ad- ministración, que, así por su sencillez como por el método riguroso al cual es- taba subordinado y la calidad de las per- sonas encargadas de conducirlo, ofrecía positivas garantías y proporcionaba al último hombre del común el medio fácil de conocer la verdad acerca de la recep- ción, distribución é inversión de todos los ingresos que formaban el tesoro público. — Tal escrupulosidad y tal exactitud fue- ron siempre geniales de Rosas, así en lo tocante á sus cuantiosos bienes que adqui- rió con su trabajo personal (1) como á los bienes públicos, de cuya buena admi-
(1) Cuando terminó la sociedncl Rosas y Terrero <183t)j la fortuna de D. Juan Manuel de Rosas era ya considerable, mas considerable que In de los se- ñores Anchorena, á juzgar por un estado del pago de la Contribución Directa pues e<lá publicada en La Gaceta Mercantil de mediados de 1830, y en «I cual aparecen los últimos pagando una cuota de 12 mil y pico de pesos, mientras que la pagada por aquel alcanza á 13 mil y pico de aquella moneda. Según consta de los recibos de pago de Contribución Directa, que originales he tenido ;i la vista, y que
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iiistración sccoiistituyú respoiis;iblc, bla- sonando de ello hasta el fin de sus dias : pues es sabido que cuando tomó posesión del mando declart) — y lo recordó repeti- das veces á la legislatura — que la snma (Id poder pi''bIico con que ésta lo había investido no excluía ni podía excluir en su sentir su responsabilidad por el buen manejo é inversión de los caudales pií- blicos.
Desde luego, el movimiento controlado, de la Contaduría, Receploría y Tesorería General, sujeto por la propia concurrencia
están en poder de don Máximo Terrero, yerno del general Rosas, ésle pagó en los años 1840 y 1842 próximamente esa suma de 13 mil pes^s por el im- puesto de Contribución Directa, sobre sus bienes- propios, e.rcepi-iónliccha de los de su esposa doña ?]ncarnación ÍCzcurra que pasaron ó sus dos hijos don Juan Bautista y doña Manuela.
Los recibos á que me reíieru comprenden fincas en la ciudad, quintas, campos y ganados, y suman las siguientes cantidades— avaluados los bienes rai- ces á razón de 2% y los seniovientes ú 4%:
Fincas en la ciudad $ 4ÍXJ.00O $ 800
Quintas-Palermo « 5(0.000 « l.OOO
Campos- Matanzas. Montes,
Las Flores , « 886.000 « 1.77^
Ganadosde toda especie..... « 2. 37á. 000 « 9.188
t 13.060
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■de las operaciones de detalle y poi- la pu- blicidad diaria de estas últi mas, á una exac- titud que no podía violarse impunemente. Pero sobre toda la publicidad, la amplia publicidad de las cuentas del Estado, que •constituye uno de los principales deberes de todo gobierno regular, como que es una regla esencial y un signo visible de buena administración, y á la cual dio Rosas la mayor ostensión que se podía desear para •que ni al más humilde le quedarán dudas acerca de su honradez y moi'alidad admi- nistrativa, y contestan lo con estos pro-
Rosas siguió pagando esla suma los años subsi- guientes, á pesar de la ley de 25 de Marzo de 1841 •que lo eximiii del pago de impuestos: por manera <{ue su forluna, ú pesar de no recibir de éi los cui- dados r|ue otrora le consagró, era mayor que la de los Anchorena. Ahora bien, los señores Anchore- na, propietarios desde entonces de fincas en la ciu- -dad y de los campes del Sud, que el mismo Ros; s les compró, poblándoles y administrándoles cuatro grandes estancias durante varios años, han aumen- tado consiflei-ablemente su fortuna principalmente á favor del incremento prodigio-^o (|ue ha venido tomando la propiedad raíz en estos últimos años, y <\\\e ha llegado al punto de que 1-ts propiedades tic bañas que se ofi'ccian por bO mil pesos hánse ve^'- iVuin y i-e venden á 300 mil y m^is palarones; y la legua de campo en c! Monte, Las Flores y demáa partidas del Sud apenas valinii 8(X) duros. t'S bus- •cada hoy y pagada <i razotí do 00 mil y mas pala-
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cedcres á sus enemigos [políticos que le- llamaban ladi'ón públicü — única imputa- ción que lo mortificó en su destierro de Inglaterra. Así, en cualquier número que se tome de la Gaceta Mercantil se encon- trará partida por partida, y con una pi'eci sión y claridad que exceden de escrúpulo' el estado diario de la Tesorería General, de la Receptoría y el informe de la contaduría sobre cada una de las cuentas que exami- naba; y en la misma Gacetas en el Registro' oficicd e\ estado mensual de la circulación de billetes de Tesorería; el balance de le- tras de Receptoi-ía: el recuento practicado-
cones. Uno de lus señores Anchorena (Don Nicolús testó al morir (188i) cerca de doce niihones de du- ro-. Si en 184U Rusas lema mayor capilal que ios señores Anchorena, y si cuarenta y ciico años des- pués el liijo de uno de ellos tesla 12 niiliones de du- ros, es dable asignarle ¡gu<il nionlu en la aclualidad á la fortuna que perleneció á aquel y que confiscó el gobierno de Buenos Aires «para responder con ella á los perjuicios que sul'rieron los particulares, bajo el gobierno despótico.» Son doce y mas millones arrojados por el odio y la venganza política en el fondo de una caja clva llavi-, se ha perdido, asi para el pueblo que no los ha visto figurar tiasla ahora en las cuentas del Estado, en tiem- po de los gobiernos que los pubUcam.os. como pa- ra LOS PARTICULARES DAMNIFICADOS (jUE HASTA AHO- RA SE HAN PRESENTADO Á RtCLAMAR LOS PERJUICIOS Á> ^UE SE REFERÍA LA LEV DE CONFISCACIÓN.
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de cada uno de los billetes y letras exis- tentes, conformes con los cargos de Conta- duría; la cantidad de billetes en circulación de la casa de moneda; las entradas y sali- das de la caja de depósito; el estado de los fondos públicos; el de la deuda, clasificada ■etc. — por manera que todas las reparticio- nes y oficinas de la administración estaban como abiertas de par en par á la mirada y íil conocimiento del público, aún por lo que hacía á ciertos detalles sobre la inver- sión de los fondos votados anualmente pa- ra las eventualidades de la administración, que callan por lo general nuestros gobier- nos, pero que Rosas hacía publicar con todas S.ÜS señales, para que ni con este motivo ni con ningún otro alguien pudiera hacer cargo de lo que él no tenía mayor in- terés en ocultar.
Agregúese que al frente de las principales reparticiones administrativas, Rosas tuvo €l raro mérito de colocar y conservar hom- bres espectables por su honorabilidad, ca- pacidad y posición social, como D. Bernabé Escalada, Miguel A. Gutiérrez, Narciso Martínez, Juan Alsina, Miguel de Riglos, Daniel Gowland, Juan de Victórica, Joa-
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quin deRezábal, Laureano Rufino, Manuel Blanco González, en la casa de moneda (Banco de la Provincia), don Juon Bautista Peña, Juan J. Alsina, Bonifacio Huei'go. Si- món Mier, Andrés Hañez de Luca, en el Cré- dito Público; Juan Antonio de Albarracin, Pedro G. Pereyra, Felipe de Ezcurra, Juan G. Urquiza, V.c'orino Fuentes en la Conta- duría Receptoría y Tesorería General, y se comprenderá como lasgaran tías que ofrecía la administi-ación de los caudales del osla- do estaban suficientemente aseguradas con la confianza del público, aún en medio de las dificultades á que me lie referido mas arriba. — Con sobrada raztni podía, pues, decir Rosas ensusmensajes de 18í0y 1841, por el órgano del gobernadoi- delegado, y con motivo de haber reiteradamente mani- festado á la Legislatura que designase la persona que debía sustituirlo on el mand(D: «Tengo la satisfacción de dejaros estable- cido un sistema de contabilidad del que surgen resultados de un valor inestimable para la moral éinterés del Estado. Sin la cooperación activa de recomendables vir- tudes empleadas no habría podido practi- car el gobierno, á costa deinmensaslai-cas
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y en una época agitada, un l^ien que tanto
necesitara la patria L-as cuentas de la
provincia presentan por su publicidad la prueba exacta de la fiel inversión de las rentas públicas. El gobici'no se honra en elevaros las correspondientes en l<S-iO. Que- dan sometidas á vuestro examen. Fallad H. H. R. R. porque en este punto, os lo re- pite el gobierno encarecidamente, jamás se considei'ará investido con la suma del poder público el gobierno de la provincia.»
Ln niáqiiinn inrernal
A fines de Marzo de 18íl el señor Leo- nai'do de Souza Acevedo Leite, cónsul general de Portugal en Montevideo, y par- ticular amigo de Rosas, recibió del minis- tro de ese gobierno en Dinamarca una nota en laque le pedía se sirviese entregar al general Rosas una caja con medallas y un oficio lacrado dentro el cuál iba la llave de la caja, todo lo que se le adjuntaba y que dedicaba á dicho general la Sociedad de Anticuarlos del Norte. El señor Acevedo Leite, aprovechando la primera oportuni-
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dad qaclc presentó la partida del almiran- te Dupotet para Buenos Aires, remiti(') por medio Mr. Bazainc, edecín do ésto i'ilti- mo, la caja y el oficio con más una nota suya a! general Rosas — Mi'. Bazainc en- tregó todo ello en manos de la señorita Manuela de Rosas, y esta se dirigi(') inme- diatamenteá mostrarlo al gobernador, su padre.
Rosas trabajaba inclinado sobre una mesa, en su misma alcoba, y le dijo (|ue de- jase el presente encima de la cama, la cu;U venía á quedar á sus espaldas, y á una va- ra del asiento que ocupaba, dando el fren- te á la puerta que servía de entrada <á esa habitación. Como la soñoi'ita de Ixosas permaneciese allí contra su coslumbi'e ;i esas horas, en que á no ser por grande urgencia, solamente los oficiales del des- pacho interrumpían la ruda labor que se imponía el gobernador, éste la in- quirió con la mirada y ella se vio obligada á retirarse, poseída de esa curiosidad de niña que hace recorrer sril)ilamente j» la imaginación la escala de las conjeturas múltiples, de las inquietudes va^as, hasta délos temores inexplicables: como me lo
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manifestaba tan noble dama cuando me favorecía departiendo conmigo en Londres sobre este y otros sucesos de esa época.
A la caída de la tarde volvió Manuela de Rosas. Su padre trabajaba todavía. Pro- bablemente no se liabía movido de la silla desde medie dia en que lo vio. La caja estaba en el mismo sitio, y los oficios cer- rados, como ella los dejó. . . ¿. Podía saberlo ella acaso? Aquello ei-a como la estatua de Diana en el templo de Táurida. Ores- tes sería aquí cualquiera que la tocase. Tocarla era morir. Siquiera en el di-ama de Eurípides, realzado porGd'lhe, lo con- siguió felizmente el amor sublime de In- genia triunfante sobi'c el corazón del sal- vaje rey Thoas.
Aquí se trataba de un drama de sangre, en el que no campeaban mas sentimien- tos que el odio y la venganza.
Rosas supuso que su hija, como siempre solícita, venía á invitarlo á comer. Pero como permaneciese allí apesar de que él seguía escribiendo, y de que no colocaba el tintero sobre el montón de notas, esta- dos, cuentas y borradores que atestaban su mesa, — que era así como significaba
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la interiLipción de su labor hasta otro momento — dedujo que su hija deseaba algo mas.
— Vea, niña; la dijo, — usted tiene mu- cha curiosidad de ver esa caja. Llévela, no mas, y luego sabré lo que contiene.
— Hay también unos oficios... obser- vóle la señorita de Rosas.
— Ábralos., niña, ábralos también. Manuela de Rosas llevó la caja y los
oficios á sus habitaciones donde se encon- traba la señorita Telesfora Sánchez que la acompañaba habitualmente. Rasgó el oficio del cónsul Leite, se informó de él rápidamente, rasgó en el que venía la llave, y entonces no fué ya cuestión mas que de unas tijeras para descoser el forro del paño blanco de la caja. Pero las visitas cuotidianas interrumpieron esta tarea. La conversación se prolongó después de la comida hasta i-epasada media noche.
Recien en la mañana siguiente, esto es, el 28 de Marzo, la señorita de Rosas, su amiga y la sirvienta de confianza. Rosa Pintos, atacaron decididamente la apertu- ra de la caja. Manuela de Rosas tenía la caja sobre sus rodillas, mientras su amiga
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y la negrita acababan do descoser el fí^iTO. Cuando introdujo la llavey la hizo giraren la cerradura, la tapa de la caja se levantó súbitamente como dos pulgadas, produ- ciendo ese ruido seco de un fierro ó gozne que se quiebra. La señorita Sánchez creyó ver algo como tubos ó cilindros de bronce dentro de la caja, y lo propio observó Ma- nuela Rosas inclinándose.
Sin darse cuenta de la realidad, Manuela Rosas cerí"('> vivamente la caja, y se dii-igió con ella á las habitaciones de su padre, que trabajaba en su sitio habitual. Apenas le dijo lo ocurrido, Rosas arroj(') la pluma con que acababa de hacer algunas correc- ciones á varias notas, se puso en pié brus- camente y por un movimiento instintivo sacó la caja de manos de su hija, y la colo- C(') encima de su cama.
Mn el instante en que Rosas se inclinaba para abrir la caja á la que cubría, por decir- lo así. con su cabeza y con su pecho, esta- ba á sus espaldas, con unos papeles en la mano, el oficial de su secretaría, don Pe- dro Regalado Rodriguez, quien pudo ver saltar con violencia la tapa de la caja y á Rosas todavía inclinado sobre su cama.
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Rodrigue/, girando uii puco m;'is luicia su izquiei'dñ. crey»') distinguir dentro de la caja como fulminantes ('> pistones, y ade- lantándose un paso, dijo:
— Señor, parece que hay un gatillo. . .
— Qué diablos de salvajes unitarios! ex- clamó Rosas sin cambiar de posición.
— Pero no observó usted alguna fuerte impresión en Rosas, siquiera fuese la de la cólera? le preguntaba yo al señor Rodrí- guez cuando me hubo refei'idolo que vi(') en esta ocasi(3n.
— 1^1 gobernadoi-, respondióme el señor Rodríguez, permaneció impasible un mo- mento, después del cual me hizo aproxi- mar ala cama. <*\en usted, son dieciseis cañones cargados á bala y ligados á los la- dos de la caja de modo que explotasen al abrirla. Uno solo ba.staba pai'a matar á mi hija, siendo así que venía destinado para mí, dijo el gobernadoi' volviéndose á su hija que rompió á llorar entre sus brszos.
Un seguida Rosas hizo Ha mar al doctor don Felipe Arana, ministro de Relaciones l'lxteriores, y después de conferenciar con él resolvió comunicar inmediatamente lo ocurrido al almirante I)ui)()tet.
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Véaselo que 5i solicitud mía dice al res- pecto la hoy señora Manuela de Rosas de Terrero, en carta datada en Londres el 1." de Diciembre de 1885: « El almirante Du- potet, indignado de que se hubiesen valido de su edecán Mr. Bazaine para llevar á ca- bo trama tan infame, despachó á éste esa misma mañana á Montevideo para tomar informes del Sr. Acevedo Leite. Este señor, tan ofendido como debía estarlo al conocer la explotación de que había sido víctima, se vino sin demora á Buenos Aires con Mr. Bazaine para dar la debida satisfacción de su inocencia.
((Entre tanto la máquina se llevó á casa del señor ministro Arana donde estuvo ex- puesta al publico, y el cuerpo diplomático, las corporaciones civiles y militares y los particulares venían á casa á cumplimentar á mi padre. Oh! cuánta demostración de simpatía nos dedicaron en esos días tanto nuestros compatriotas como los extranje- ros!. . . Jamás lo olvidaré.»
Este asesinato frustrado, tan rebuscado como cobarde, no se atenúa ni aun con la circunstancia mísera que pudiera alegar Bruto y Cassio, por ejemplo, yendo en per-
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sona á la curia de Pompeyo por su muerte o por la vida de César^, y levantando en el Capitolio sus espadas ensangrentadas para que el pueblo romano viese que acababa de recuperar sus derechos. — Y bien se veía y palpaba, por otra parte, que el gobierno libre no dependía de la vida ó de la nnuerte de Rosas, sino de la nación entera que cru- zaba una época de descomposición y de guerra, en la cual las provincias marcha- ban como podían y con quien podían, hacia el objetivo trascendental que venían persi- guiendo desde 1820 y que recien realizaron constitucionalmente en 18()2; y que el par- tido menos aparente para asegurar el go- bierno libre era el délos unitarios, imbuido como estaba en las ideas de 182(3, las cuales sublevaban resistencias poderosas en to- das las provincias; y en un absolutismo tradicional en miras y tendencias que cons- piraba virtualmente contra el resultado que buscaba; como he tenido ocasión de dem(jstrarlo al refei'irme á los trabajos de Echevarría, y á la oposición sistemada de que fué objeto este hombre ilustre de parte de los principales hombres del partido unitario.
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Como tenío que ísucederen un p;iís presa de una luclia sin cuartel enti'o dos partidos intransijentes, — fuerte en hombres y en recursos el federal. — diminuto pero liábil y fecundo en expedientes de dudosa mora- lidad, el unitario, — y ambos encarnando sus aspiraciones en sus i'espet'fivos repre sentantes ai-mados,— como era de espe- rarse, dado el singular ascendiente político de que gozaba Rosas en su calidad de go- bernante y de jefe de pai'tido, el asesinato frustado á que me he referido puso de ma- nifiesto las fuerzas incontrastables con que Rosas contaba, y robuslec¡(') más, si cabía, su poder y su influencia en toda la Repú- blica.— Kl país entero se conmo^'ió con ese acontecimiento, y la relaciiui de las ma- nifestaciones que le hicieron con tal moti- vo formaría un grueso infolio.
La »oeiedad |>o|>iilar rc.»laiiradora
Era en Buenos Aires donde concurrían las corrientes de la lucha sin cuartel, como que era el punto de mira de los dos partidos que la sostenían, y se apelaba á medidas
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cxti-emas. Con fecha 10 de setiembre de ISíO el gobierno delegado, autorizado ex- presamente por el gobernador propietario en uso de la suma del poder público que investía expidió un decreto en el que invo- cando la necesidad de dar garantías á las personas y bienes de los ciudadanos, des- pués de la invasión de Lavalle á Buenos Aires, y fundándose en que la justicia exigía que los estragos y depredaciones llevados á cabo por aquel general y su ejército, como las erogaciones extraor- dinarias del tesoro público, gravitasen sobre los bienes de los autores y cóm- plices de esas desagracias " los envileci- dos salvajes unitarios»; en que después de la moderación y clemencia que usó el gobierno en 1839 con los unitarios su- blevados, nada sería mas funesto que la impunidad de esos atentados, cuando los mismos los repetían á costa de la fortuna de los fedei-ales; (|ue la traición de los uni- tarios unidos ;'» los franceses, había co- locado H l?t [)rov¡i)cia en circunstancins extraoi'dinarias de los ciudes ellos eran directamente responsables; y en que para ejercicio de la justicia distributiva que el
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gobierno creía deber administren- en el es- tado en que se hallal)a, debía proveerse legalmente de medios con que llenar estas exigencias, — declaraba especialmente res- ponsables ios bienes é inmuebles, derechos y acciones pertenecientes á los traidoi-es salvajes unitarios á la reparación de los quebrantos causados en las fortunas de los fleles federales por las hordas del des- naturalizado traidor Juan Lavalle, á las erogaciones extraordinarias á que se ha visto obligado el tesoro público para hacer fi'ente ala bái-bara invasión áe esteexeci'a- blc asesino y á los premios que el gobierno ha acordado en favor del Ejército y de to- dos los defensores de la libertad y digni- dad de la Confederación Argentina y de la América»; y establecía penas discresiona- les contra los que dispusieran de sus bie- nes con perjuicio de la responsabilidad á que quedaban afectos, y contra los escri- banos que otorgasen cualquier escritura que se refiriera á esos bienes.
Y para que estas disposiciones fueran más efectivas, las autoridades de la ciudad y campaña clasificaron á toáoslos unitarios que existían en sus respectivas jurisdic-
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ciuues, especificando cluiI había sido la conducta política de cada uno de ellos en los últimos sucesos, qué parte había to- mado en la invasión del general La valle y en los arreos de ganado y depredaciones que se habían ejecutado con este motivo, y cualquier otro antecedente que sirviera pa- ra dará conocer quiénes eran los enemigos ¡I-reconciliables del gobierno. A esto fué á lo que Rivei'a Indarle y otros diaristas de Montevideo llamaron las clasificaciones de Rosffs, exccpcándolas como era natural y teorizando largamente acerca de los infor- males recursos de que se valían los tiranos para sostener en el poder. Mas natural ha- bía sido, sin embargo, que esos diaristas no hubiei'an aceptado y defendido años antes esa medida siniestra para servirse de ella contra sus enemigos políticos, contra los mismos que la adoptaron en 1840.
Porque el hecho real es que lo de las clasificaciones no fué invención de Rosas ni de los federales; sino de los unitarios y del gobierno que presidió Lavalle, des- pués del fusilamiento de Borrego. Efecti- vamente á principio de 182'J, el Consejo de Ministros del general Lavalle, del cuál
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formaba parte ol general Paz como minis- tro de le Guerra, que se veía impotente ante la mayoría federal de Buenos Aires ideó el medio de clasificar á los principa- les miembros de ese partido, y se procedi(') á ello valiéndose de las personas que me- jor podían conocerlas. Una vez hechas es- tas t.'lasiflcaciones, el Gobierno oi'denó la prisi(3n de todos ellos, y los que no pu- dieron escapar fueion conducidos presos á los pontones surtos en el puerto, de don- de pasaron poco después á Montevideo. El mismo general Paz corrobora este hecho y recuerda que merced á sus informes pu- do en esa época quedar tranquilo en su casa don León Ortiz de Rosas, padre de don Juan. Manuel.
Yá semejanza del proceder en 182'.J, en 1840 eran los allegados al gobierno, los hombres de inñuencia, la policía y cuantos estaban comprometidos en la situación, los que directa é indirectamente tomaban parte en esas clasificaciones que traían aparejados los efectos de las rigorosas dis- pcsiciones que adoptaba el rencor político. El agente principal para mantener este sistema de represalias y de guerra á las
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personas y ;'i las prupicdades, del cuál se ha usado y abusado en nuestro país muclio después del derrocamiento de Rosas, era la Sociedad Popular Rcstatiradnra, com- puesta de partidarios fanáticos, de milita- res de todas las graduaciones, y de hom- bres ventajosamente conocidos en la so- ciedad, en la magistratura, en las leti-as y en el foro. MUa debió su origen á los suce- sos políticos de 1833, y este oiígen fué verdaderamente popular. Fué dui'ante d gobierno de Balcárcel cuando los federales amigos de Rosas, quien se encontraba á doscientas leguas de Buenos Aires empe- ñado en su expedic¡(')n del desierto, re.soi- viei-on agruparse paia contrarrestar la. influencia de los lomos- ney ros contra los ledei-(d(!s actos. Msta ¿igrupación de hom- bres decididos y de acci(')n. tomó paite principal en la revoluciiui de los restaura- doi'es. y de ar|uí le qtie:l('> el nombi'e de Sociedad Popidar Ixcsfun radora.
(^nando l\osas subi(')al mando en 1835 la enconti'ó ya organizada y desde entonces hizo acto de presencia en todas las mani- festaciones políticas que tuvici'on lugar en Aires con el objeto de i'obustecer la aceitan
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del gobiernij. Esto le valit) naturalmente cierta influencia y le atrajo á sí los princi- pales hombres. El ser miembro de la So- ciedad Popular Restauradora, llegó á con^ siderarse algo mas que como una prueba de adhesión al partido federal que repre- sentaba Rosas, como una distinción acor- dada á los méritos y servicios conti'aídos por la causa federal.
Y ahí era de los empeños que se hacían valer para ser admitidos como miembros de la Sociedad Popular Restauradora, y aún para insistirá pesar de haber sufrido uno ó mas rechazos, como lo hicieron algunos de los pocos que después emigraron á Mon • tevideo en calidad de unitarios.
Rivera Indarte consiguió generalizar la idea deque la sociedad Popular Restaura- dora era una recua de asesinos y malhecho- res que con poncho en brazo y cuchillo en mano salían por las calles de Buenos Aires á cortar las cabezas de los unitarios. Mu- cha gente hubo que lo crey(') así hasta que Rosas hizo desmentir la especie oficial- mente, nada menos que por los agentes diplomáticos acreditados en Buenos Aires. Basta recorrer los nombres de los miem-
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bros de la Sociedad Populai-para que cual- quiera persona sensata comprenda que Rivera Indarfce, al lanzar esas acusacio-