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EL MILITARISMO MEJICANO

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DEL AUTOR

>H. Traducción de M. W»l-

■j. Pelersburgfo. ZNODOHOONOT Zaiaz. Tra Clon de M. Walson. Peters-

OY YiBTRKL. Traducción ilson. Petersburgo.

^ OBNAONBNAIA. Tra-

1" M. WatBon. Petcrs-

NOLANTB8. Traduc- . Il.^relle. Paris. -Traducción de G. H6-

EL MILIT

N DB .SAGt'NTO. Tra- ía Riveiro de Carvalho Uosa. Lisboa. Traducción de Car-

1 ruducción de Vas- Lisboft. raducción de Renée

íiori^ tros. '

OBRAS DEL AUTOR

CUENTOS VALENCIANOS.

LA CONDENADA (cuentos).

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE Mayo (novela).

LA BARRACA (novela).

SÓNNICA LA CORTESANA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

CAÑAS Y BARRO (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

LOS ARGONAUTAS (novela).— Dos tomos.

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS (novela).

MARE NOSTRUM (novela).

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela).

EL MILITARISMO MEJICANO (artículos).

EL PRÉSTAMO blí LA DIFUNTA (novelas).

EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela).

LA TIERRA DE TODOS (novela).

NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN

Á LOS PIES DE VENUS.

LOS TESOROS DEL GRAN KAN.

EL ORO Y LA MUERTE.

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR

Fekhks mauditbs.— Traducción

de G. Hérelle. Paris. Flkür de Mal Traducción da

G. Hérelle. Paris. BoLB ET RosEAUX. Traducción

de Maurice Biiio. París. Dans l'ombre de la cathédra-

LE.— Traducción de G. Hérelle.

Paris. Terbas malditas.— Traducción

de NapoIeUoToacano. Lisboa. A Cathkdeal.— Traducción de Ri-

veiro de Carvalho y Moraes Rosa.

Lisboa. Flor de Mayo. Traducción de

Josy Priems. Zurich. DiE Kathedbale.— Traducción

de Josy Priems. Zurich. Erdpluch. Traducción de Wil-

helm Thal. Berlin. ScHiLPUND ScHLAMM.— Traduc- ción de Wilhelm Thal. Berlin. Dkb EiNDRiNGLiNfl. Traducción

de J. Broutá. Berlin. Db Vloek.— Traducción del doctor

A. A. Fokker. Haarlem. Waar Okanjeboomen Blobibn.—

Traducción del doctor A. A. Fok- ker. Amsterdam. Chalupa.— Traducción de A. Pik-

hart. Praga. Marná Chlouba.— Traducción de

A. Pikhart. Prag^a. Ah, il pane!... —Traducción de

F. Gelormini. Palermo. Hvad en Mand hae at gove.—

Traducción de Johanne Alien.

Copenhag-ue. ViNNTi Selad.— Traducción de

M. Watson. Petersburgo. Bodega.— Traducción de K. 6. Pe-

teraburgo. Phokliatac Po le. Traducción

de M, Watson. Peteyaburgo-

SoBOR. Traducción de M. Wat ion. Petersburgo.

Gbleznodorognot Zaiaz. Tra- ducción de M. Watson. Petera- burgo.

DuoTÑOY viSTREL. Traducción de M. Watson. Petersburgo.

NáLOGUiZA 0BNAGNENA1A. Tra- ducción de M. Watson. Peters- burgo.

Arenes sanqlantbs. Traduc- ción de G. Hérelle. Paría.

La Horde.— Traducción de G. Hé- relle. Paris.

A CORTEZAS DB .Saqunto. Tra- ducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa. Lisboa.

O Intruso. Traducción de Car- valho. Lisboa.

MisEHAVEis.— Traducción de Vaa- co Valdéz. Lisboa.

L'Inteds.— Traducción de Renée Líifont. Paris.

A Adega.- Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa-Rio Janeiro.

Les morts commandent. Tra- ducción de Berta Delaunay. París.

SUE LES Ohangers.— Traducción de G. Menetrier. París.

The Blood of THE ARENA.— Tra- ducción de F. Douglas. Chicago.

SoNNiCA.— Traducción de F. Dou- gla.=:. Nueva York.

Thb Shadow of the Cathedbal. —Traducción deW. A. Qilleapis Londres.

Blood and sand.— Traducción de W. A. Qillespie. Londres.

Obras completas de Blasco Ibá- ÑEZ (en ruso). Edición en 16 vo- lúmenes, con un retrato del autor.— Traducción de Taitiana HerzeuBtein y otros. Moscou.

Samaub 1 Abbma.— Tr&d«eoión Ida Man^. Hipólas.

OaiKWTK.— Tradscoión de Farroi- ra MartiDB. Liaboa.

Dii Hetarb voif Saount. Tra- ducción de W. Leydhecker. Ber- lín.

Blo«d bm zand. Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

Les qdatbe cavaliebs ds l'Apo- CALTPSE.— Traducción de Q. Hé- relle. Paris.

Thk Matador.— -Edición inglesa Nelson. Londres.

WijN EN LiEFDE.— Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

I QUATTRO CAVALIEEl DELL'APO-

CALI8SB.— Traducción de Ida Mango. Milán.

The fode hobsemfn of the Apo- CALTPSE.— Traducción de Char- lotte Brewster Jordán (240 edi- ciones). Nueva York.

The Cabin.— Traducción del doc- tor Francis Haffkine-Snow Nueva York.

LitNA Rbnamoe. Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Boston.

The dead command.— Traducción dp Francés Doug-las. Nueva York.

Blood and Sand. Introduction bj' Dr. Isaac Goldberg. Nueva York.

The Shadow op the Cathedral. —Introduction by William Dean Howells. Nuera York.

Odr Sea (Mare nostrumj.— Tr a- ducción de C. Brewsler Jordán. Nueva York.

The Fboit of the vine.— Traduc- ción del Dr. Isaac GoMberg. Nueva York.

Wüman teiump ha NT.— Traduc- ción de Hayward Keniston. Nueva York.

TuE DEAD eouuAND.— Tradvoción

d«l Dr. I. Goldberg-. Nueva Tork. Mabe No8TRüM.--Tradue«i6n de

Gilbsrto Beccari. Florencia. De tieh rüitkes üit de Apoca-

LTPsrs.— Traducción de Van

Raalte. Qravenhage (Holanda) The enemies of Women.— Tra

ducción de Arthur Living-ston

Nueva York. México in revolütion.— Traduc

ción de J. Padin y Arthur Li

vingston. Nueva York. De Dowler beveleb.— Traduc

ción de Van Raalte. Amsterdam The Matflowee. Traducción

de A. Livingston. Nueva York Fba olí aeanci.— Traducción Vi

tagliano. Milán. Les ennemis de la femmb.— Tra

ducción de A. de Bengoechea

París. La teagedie bub le lac Tra

ducción de Renée Lafont. París Fiob di Maggio.— Traducción de

Gilberto Beccari. Milán. Palude trágica.— Traducción de

Gilberto Beccari. Milán. The Toerent (Entre nuranjos).—

Traducción de I. Golberg y Ar-

tur Livingston. Nueva York.

CONTES D'aMOÜB ET DE MORT.—

Traducción de F. Menetrier.

París. Vass och Dt. Traducción

E. Staaff. Stockholm. Den Ubudne. Traducción de

Johanne Alien. Copenhague. Fyrkfaegteren.— Traducción de

Johanne Alien. Copenhague. Den gamle Roenne.— Traducción

de Johanne Alien. Copenhague Luna Benamob.— Traducción da

Renée L;ifont. Pari.i. Os iNiMioos DA mtjlher— Traduo

ción de Ferreira Mariins. Lisboa.

Vicente BLASCO IBAÑEZ

EL MILITARISMO MEJICANO

ESTUDIOS PUBLICADOS BN LOS PRINCIPALES DIARIOS DB LOS ESTADOS UNIDOS

38.000

PROMETEO

Qermanlos, ».~VALBNCIA (Publiahed in Spaln)

Es PEOPIEDA.D.— Reservados todos los derechos de reproduc- ción, traducción y adaptación.

Copyrig-ht 1920, by V. Blasco Ibáñez.

AL LECTOR

Considero oportuno dar una explica- ción sobre el origen de este libro.

En Marzo y Abril del presente año es- tuve en Méjico. Cuando llegué á dicho país todo parecía tranquilo. Don Venustiano Carranza era siempre <el primer jefe», el maestro de los revolucionarios triunfantes. Se discutía á sus ministros y allegados, pero su personalidad parecía flotar como algo inaccesible por encima de críticas y odios. A las pocas semanas, el Estado de Sonora se sublevó contra Carranza, el ge- neral Obregón le siguió, declarándose en abierta rebeldía, y la revolución fué des- arrollándose con una rapidez y un éxito irresistible que sólo pueden verse en Mé- jico, país de revoluciones.

Cuando salí de la República, á princi-

A.L LBCTOR

pios de Mayo, el presidente Carranza era ya casi un vencido y preparaba su retirada á Veracruz. Al llegar á Nueva York, supe que había escapado á toda prisa de la capi- tal y andaba vagabundo por las montañas con unos cuantos fieles.

Yo fui á Méjico con el propósito de estudiar de cerca este país tan interesante por su historia pasada y sus revueltas pre- sentes. Estos estudios son para una novela que se titulará El águila y la serpiente, no- vela que empezaré á escribir muy pronto.

De no ocurrir la reciente revolución, no habría publicado en los diarios de los Estados Unidos mis opiniones sobre Mé- jico. Hace años que no ejerzo el periodismo militante. Además, mi interés de novelista era guardar impresiones y notas para mi obra futura, sin desñorarlas en un trabajo periodístico.

Pero hay que darse cuenta de la situa- ción, para comprender cómo no pude resis- tirme á las invitaciones de la prensa norte- americana.

La comunicación entre los Estados Uni- dos y Méjico estaba casi suspendida; circu- laban por Nueva York las más disparata-

AL LBCTOE

das y contradictorias noticias; era indudable que el presidente Carranza había sido de- rribado del poder y andaba fugitivo por lugares desiertos... Y en estos momentos de incertidumbre, de mentiras sensacionales y de informaciones disparatadas, llegué yo á Nueva York.

L#o8 noticieros de los periódicos se con- movieron ante esta feliz casualidad que les brindaba el destino.

lUna revolución en Méjico y Blasco Ibáñez que llega de allá, á tiempo para con- tarla!...

Cayeron sobre los noticieros á do- cenas, casi á centenares. Yo soy algo cono- cido en los Estados Unidos, como tal vez sepa el lector; hasta puedo decir, sin miedo á que me tengan por inmodesto, que gozo allá de cierta popularidad. Además, los re- pórter s mujeres en su mayoría me apre- cian por mi carácter franco y llano, por la facilidad con que les recibí y les escuché siempre, y por esto me apodaron en sus interviews, desde el primer momento de mi viaje á la gran R'^pública, c Ibáñez el Ac- cesible >.

Total, que apenas llegado á Nueva York,

10 AL LECTOR

no hice mas que hablar y hablar de Méjico ante hombres y mujeres que me escuchaban con la cabeza baja, tomando notas.

En la misma noche empezaron á publi- carse interviews acerca de mis impresiones sobre la revolución de Méjico. Estos traba- jos estaban hechos de buena fe, pero pla- gados de errores y afirmando muchas veces lo contrario de lo que yo había dicho. Era natural que resultasen así, por desconocer sus autores la historia de Méjico, los ante- cedentes políticos de dicho país, sus condi- ciones etnológicas, su idioma, etc. ¿Cómo podría yo hacer rectificar á cien periódicos, á mil periódicos, á todos los que se publican en los Estados Unidos?...

Entonces fué cuando el representante de un grupo periodístico, en el que figuran los primeros diarios de la enorme Repú- blica de la Unión, vino á verme y me dijo: ¿Por qué no escribe usted artículos con su firma, en vez de aceptar entrevistas con reporters?... Así dirá usted lo que quiera decir, sin miedo á errores y falsas interpre- taciones.

Me resistí al principio. El novelista de- seaba guardar la virginidad de sus impre-

AL LECTOR 11

siones para el libro. Luego pensé que los artículos de periódico son muy distintos á los capítulos de una novela, y por más que dijese en ellos, siempre quedaría mucho nuevo y completamente inédito para El águila y la serpiente.

Aparte de esto, como conocedor de los males que causa el buido militarismo sur- gido de la revolución, supuse que podría prestar un gran servicio al verdadero pue- blo mejicano denunciando cuanto antes las demasías de estos tiranuelos de pistola y haciendo ver cómo la revuelta que acababa de derribar á Carranza no tenía más al- cance moral que el de un movimiento mi- litarista y personalísimo.

La tribuna que me ofrecían para hablar no podía ser más alta, ni los oyentes más numerosos. Mis artículos fueron apare- ciendo en el New York Times, en el Chi- cago Tribune, en todos los diarios más im- portantes de los Estados Unidos. En cada población, grande ó pequeña, era el perió- dico más popular de la localidad el que había adquirido el derecho de publicar mis artículos. Estos los escribía yo en el curso de la mañana y la tarde, y eran telegrafía-

12 AL LECTOR

dos al anochecer á todos los extremos de la inmensa República, para que los publi- casen los diarios á la mañana siguiente. Me habría gustado recibir como retribución de mis escritos la décima parte de lo que costó transmitirlos telegráficamente.

Ignoro todavía la cifra exacta de los periódicos que publicaron mis artículos. Fueron muchos centenares, que represen- tan cuarenta ó cincuenta millones de lec- tores.

Tan honda impresión produjeron, que mi editor de Nueva York, en vista de las peticiones del público, ha creído necesario presentarlos en volumen aparte, teniendo que vencer para esto mi falta de voluntad.

Yo he considerado siempre el trabajo periodístico como «flor de un día», que no merece ver prolongada en un libro su exis- tencia, circunstancial y efímera. He colec- cionado en volúmenes mis cuentos (no todos) y algunos artículos literarios (muy contados). Nunca consideré dignos de ser reunidos bajo una cubierta editorial mis trabajos sobre política, sociología, histo- ria, etc. He sido periodista durante quince años, y escribí un artículo ó dos todo» los

AL LE«T«K 13

días. Imagínese el lector que me distingue con su benevolencia de qué peligro se ha librado por mi falta de fervor coleccio- nista... Si yo fuese de los autores que creen defraudar á la posteridad cuando olvidan juntar en un volumen hasta las cartas en- viadas á los amigos, á estas horas existi- rían treinta ó cuarenta libros de artículos de Blasco Ibáñez, pues llevo producidos miles y miles, completamente olvidados y que no sabría encontrar ahora, aunque me lo propusiese.

Pero de los presentes artículos sobre la última revolución de Méjico se ha publi- cado un volumen en Nueva York, y es necesario, ya que existe una edición ingle- sa, que exista igualmente una edición es- pañola, ó sea la original. Además, juzgo conveniente que el público conozca mis artículos tal como yo ios escribí.

Muchos diarios de la América que ha- bla español los han publicado traduciéndo- los del inglés.

Algunas de estas traducciones están hechas indudablemente de buena fe, pero muy á la ligera, con la rapidez que exigen casi siempre las premuras del periodismo,

14 ÁL LKCTOK

Ó interpretan defectuosamente mi pensa- miento, si es que no lo desfiguran.

Otros diarios, los de Méjico, han tradu- cido mis artículos á su gusto, suprimiendo las verdades que por demasiado < verdade- ras! no les conviene que sean repetidas, y haciéndome decir á veces lo contrario de lo que escribí.

Para terminar con estas falsas inter- pretaciones, involuntarias ó intencionadas, accedo por primera vez á convertir en libro una colección de artículos de diario.

Conozco bien los defectos de este vo- lumen.

El lector notará muchas repeticiones y hasta alguna que otra contradicción. Sus diversas partes no son verdaderos capítu- los componentes de un libro armónico; son artículos de periódico, escritos bajo la inspiración de la última noticia y que re- flejan la nerviosidad del momento.

Podría haberlos retocado, añadiendo y quitando, hasta hacer con todos ellos un libro homogéneo, pero muchos habrían dicho entonces que me rectificaba á mis-

AL LECTOR 15

mo, desfigurando por miedo ó por interés lo que afirmé de primera intención en la prensa de los Estados Unidos.

Los dejo tal como los escribí y se los entregué á mis traductores. Hasta me abs- tengo de corregir los descuidos literarios, propios de un trabajo hecho con rapidez periodística y destinado á publicarse en otro idioma.

Tal como aparecen, con toda la espon- taneidad de su vertiginoso nacimiento, el lector encontrará seguramente en ellos un medio de orientarse sólo con que recuerde las circunstancias en que los escribí y los sucesos que se desarrollaron en el curso de su publicación.

Esta publicación en los periódicos de los Estados Unidos duró unos veinte días. Cuando escribí los primeros artículos aún vivía Carranza y andaba perseguido por los montes, pero con rumbo á los Estados donde tenía muchos partidarios y podía formalizar su resistencia. Entre el artícu- lo VI y el VII llegó la noticia de que Ca- rranza había sido asesinado y sus asesinos pretendían hacer creer á la opinión que se trataba de un suicidio. En los restantes ar-

If5 AL LICTOR

tículos, al quedar triunfante el militaris- mo, digo de él y del porvenir de Méjico lo que debo decir.

No creo dar al lector una noticia sorpren- dente al revelarle que mis artículos levan- taron en la prensa de Méjico un clamoreo de insultos y calumnias fáciles, de esas que se hallan al alcance de cualquier simple (1).

(1) Lo que han dicho en Méjico y fuera de Méjico con- tra mi á causa de estos artículos no exige grandes fati- gas cerebrales. Lo puede inventar cualquiera.

Unos afirman que estoy subvencionado por los Esta- dos Unidos, lo que no niego. Recibo dinero de los Esta- dos Unidos, y además de Inglaterra, de Francia y hasta de la misma España, siendo algunos años estas remune- raciones verdaderamente considerables, como yo no las pude soñar nunca de joven.

Pero el que me paga en todos los países es un perso- naje llamado Público, el cual se muestra tan bondadoso, que no me retira su subvención á pesar de que más de una vez le critico y escribo contra sus gustos.

Como el público de lengua inglesa es el más nume- roso de la tierra, la subvención de los Estados Unidos resulta la más considerable; tanto, que es para en al- gunas ocasiones motivo de asombro, especialmente cuan- do recibo dinero á cambio de críticas independientes y algo rudas, que allá prefieren á las vilezas de la adula- ción. Los verdaderamente fuertes son así.

Reconozco que estoy subvencionado. No hablemos más de ello, Pero esta subvención inspira á los mismos que me atacan más envidia que cólera. Además, son mi- les de miles los que desearían obtenerla y muy contados los que la consiguen. ¡Ojalá yo la conserve siempre!...

Otros han dicho que escribí estos artículos porque el gobierno mejicano no quiso darme «una cantidad enor- me» á cambio de la novela que pienso escribir. ¡Como si yo, para publicar un libro, necesitase que me ayudara un gobierno, lo mismo que cualquier principiante que imprime un tomo de poesías!... muy bien, como lo saben muchos, que los gobiernos mejicanos actuales nn

AL LECTOR

Resulta natural en todos los países de la tierra que una parte de la opinión se indigne contra un visitante que ha visto los defectos nacionales y los dice públicamen- te. Cuanto mayor es la verdad, más dolo- roso resulta el choque y más ruidoso el clamoreo.

En Méjico debía esta protesta adoptar

pueden dar nada, después de los diez años de rapiña anárquica que han hecho sufrir á su país. Todo lo han robado ó lo han destrozado los gobernantes y sus amigos.

El gobierno de Porfirio Díaz fué rico; indudablemente volverán á serlo ios gobiernos mejicanos del porvenir, cuando se haya, perdido la memoria de esta falsa é inefi- caz revolución; pero los del presente no poseen ni con mucho lo que necesitan para contentar á los de dentro de casa, y este es el principal motivo de tan continuas revueltas.

Todas estas invenciones ni me lastiman ni me sor- prenden. No tienen ni siquiera el mérito de la novedad. Son copiadas de Europa y las conozco hace tiempo.

De muchacho tuve el honor de intervenir por pri- mera vez en los asuntos de Francia, cuando el proceso Dreyfus, combatiendo como un principiante al lado de Zola, Clemenceau y tantos otros. Bien sabido es que los que luchamos entonces contra los errores del militarismo y la influencia del clericalismo estábamos pagados por los millonarios judíos.

Durante la pasada guerra, los germanófilos de algu- nos países me acusaron de estar á sueldo de Francia. ¡Como si yo, republicano toda mi vida, hijo espiritual de la Revolución francesa y nacido á orillas del mar latino, necesitase recibir dinero para defender la causa de la República y sus aliados !

Ahora, porque ataco á una horda de matones faltos de escrúpulos, que ejercen una tiranía militarista sobre un país que habla español, estoy subvencionado por los Estados Unidos.

Pueden continuar los que tal dicen... No por eato de- jaré de seguir mi camino.

18 AL LBCTOR

foizosameiite mayores caracteres de vehe- mencia, por la especial situación de sus pe- riódicos. Todos ellos dependen más ó menos directamente del que manda. Hasta los hay que fingen hacer oposición por orden del gobierno, para que los enemigos no digan que en Méjico nadie puede hablar. Yo he visto á todos los diarios venerando al c pri- mer jefe>; y hoy de seguro que, sin haber cambiado de título ni de director, execran al c nefasto y ladrón Carranza».

Es verdad que no pueden hacer otra cosa. Hay que vivir. Si no fuesen así, no existirían. Y por esto, de todas las iras que provoqué en mi vida á causa de mi afán por decir verdades, la que menos me ha impresionado es la de los periodistas de Méjico. Hasta tengo la seguridad de que, hablando á solas con ellos, no habría entre nosotros la menor disensión. jSi las cosas más escandalosas que yo relato en mis ar- tículos me las han contado ellos mismos, ó las he leído en sus periódicos cuando esta- ban de mal humor contra el ministro de Hacienda ú otro ministro, á causa de la tardanza en recibir la subvención los que cobraban subvención , ó de la negativa de

AL LECTOR 19

concesiones y otros farores para los que pican más alto!... Que todos los ataques de que yo sea objeto en el resto de mi existen- cia me impresionen tanto como los de estos simpáticos y escépticos periodistas.

Más me conmueve la protesta ingenua de cierto público de vista corta y opinio- nes simples, que, ai hablar de mí, dice con amargura:

¡Ingratol Le dimos serenatas, le dimos banquetes, y nos ha pagado hablando mal de Méjico.

Para estas gentes sencillas, hablar mal de Méjico es criticar la pobreza en que vive por culpa de las incesantes revolu- ciones; censurar á los generalotes que pro- longan la tiranía de un militarismo zafio; dolerse de que la anarquía mejicana no ofrezca remedio; en resumen, repetir con la pluma lo mismo que ellos murmuran y lamentan en voz baja en sus conversa- ciones particulares.

Pero á me impresiona, como he dicho, la queja de este público ingenuo, la falta de lógica verdaderamente pueril de sus acusaciones de ingratitud, y por eso mismo me detengo á contestarle.

20 AL LECTOR

Parten de una equivocación fundamen- tal esas gentes buenas y sencillas al apre- ciar mi conducta como escritor. Ellos, como los habitantes de otras repúblicas america- nas, están acostumbrados á ver de tarde en tarde un poeta que pasa, un trovador que va de Texas al cabo de Hornos entonando himnos á la belleza de cada país en que se hospeda, afirmando que en él quiere ser en- terrado por ser el más hermoso del mundo y dedicando finalmente una oda al presi- dente y á todos los que gobiernan.

Admiro á estos bardos optimistas que pagan en armoniosos versos la hospitali- dad que reciben, pero no pertenezco á su clase.

Agradezco mucho las atenciones de que fui objeto en Méjico, pero ni yo las solicitó, ni creo que me las concedieron con el objeto de comprar mi opinión y que encontrase inmejorable todo lo del país. Suponer lo contrario sería ofensivo para el pueblo me- jicano, más aún que para mí. En la vida social, ¿qué persona decente se compromete á mentir porque en una reunión le han dado una taza de ó de chocolate?...

Tampoco soy de esos malhumorados

AL LECTOR 21

que, por perversidad ó por un deseo de falsa indepeudencia, acostumbran invaria- blemente á devolver mal por bien. En otros países de la América de lengua española he sido recibido con iguales ó mayores honores que en Méjico, y sus habitantes saben que aprovecho todas las ocasiones para expre- sar mi optimismo acerca de ellos. Esto se debe á que en dichos pueblos, aunque exis- tan defectos, como en todas partes, no ocu- rre nada extraordinariamente malo, y es fácil mostrarse benévolo y encontrar cosas digüas de alabanza. ¡Pero en el pobre Mé- jico, que hace diez años ignora la paz y no sabe cuándo volverá á conocerla!...

Yo podía, á imitación de cualquier ver- sificador errante, haber dicho que Méjico es un país perfecto, ahito de riquezas, que la revolución ha hecho felices á los meji- canos, que nunca ha habido allí tanta pros- peridad, que sus gobernantes son los pri- meros del mundo, sus generales los más valerosos de la tierra y sus masas populares un modelo de civismo y cultura... Nada me hubiese costado decir estos disparates, y hasta es posible que muchos simples, al agradecérmelos como un acto de cortesía,

32 AL LBiTOR

habrían acabado por aceptarlos como rer- dades indiscutibles, bajo la íd fluencia de una desorientada vanidad nacional. Pero ¿no es la mayor de las ingratitudes pagar con mentiras una buena acogida, contribu- yendo á mantener en el error á los que necesitan que les abran los ojos? ¿No es más noble manifestar el agradecimiento con la advertencia franca, aunque esta advertencia duela en el primer momento, ya que á la larga acaba por ser apreciada como la mejor prueba de amistad?...

Los que vivían en Méjico cerca de se dieron exacta cuenta de mis impi'^esiones. Así como fui avanzando en el examen del país, aumentó mi tristeza, se esfumaron mis optimismos, y empecé á rehuir los ban- quetes, las manifestaciones de simpatía po- pular, sabiendo bien que algún día me echaría en cara el vulgo, como una prueba de ingratitud, el haber aceptado tales ho- nores... Tenía la convicción de que mi con- ciencia me obligaría, más ó menos pronto, á decir la verdad, y que esta verdad dolería mucho. Adivioaba la protesta irracional de los simples.

Pero esta protesta la veía algo lejana

AL LMTOR 38

en aquellos momentos, para cuando publi- case mi novela El águila y la serpiente. No podía adivinar que el triunfo del militaris- mo, la caída de Carranza y su asesinato adelantasen y extremasen la emisión de mis opiniones, haciéndome escribir esta serie de artículos.

Yo aprecio al pueblo mejicano y deseo su bienestar y su verdadera libertad. Por esto sonrío tristemente cuando veo que se indigna contra el que ha cometido el enor- me pecado de denunciar y censurar al mi- litarismo que lo mantiene en perpetua re- vuelta, en belicosa ignorancia, y que no le permite cristalizar como país moderno, ad- quiriendo la estabilidad próspera de las na- ciones en paz.

Conozco el verdadero motivo que excita la ira de muchos. |Si yo hubiese publicado mis artículos en España ó en cualquiera otra nación de Europa 1... Se reirían segu- ramente de ellos los generales mejicanos y todos los comparsas civiles que siguen á estos bárbaros para ocupar los empleos ofi- ciales. ¿Qué miedo puede inspirarles Euro- pa, cuyos intereses han atropellado tantas veces durante la pasada guerra europea?...

24 AL LBCTOR

Pero mis artículos han aparecido en los Estados Unidos, han sido leídos por mu- chos millones de norteamericanos, y la opi- nión general de allá los reputó como lo más claro y más sincero que se había dicho sobre la situacióa actual de Méjico. Esto es lo que ha irritado verdaderamente á los que tienen interés en que las cosas de su país continúen como hasta el presente.

Pues bien; no me arrepiento de ello, y hasta confieso que si accedí á escribir los artículos, fué porque iban á aparecer en los Estados Unidos. En otro país no hubiesen causado perjuicio alguno al militarismo mejicano, y yo lo declaro con toda fran- queza— deseo hacer á éste todo el daño que pueda.

La salvación de Méjico estriba en que se libre para siempre del despotismo de los generales de machete y se vea gobernado por hombres civiles. Desgraciadamente, no parece que el país pueda realizar esto por mismo. A lo menos, no se ve todavía que sea capaz de conseguirlo por sus pro- pias fuerzas. Diez años de revolución han roto todos los vínculos de la disciplina so- cial. La gran mayoría que desea la paz está

AL LECTOR 25

disgregada, carece de unidad y de fuerza; sólo sabe quejarse, y casi siempre en voz baja. Una minoría insolente de machete- ros, dividida en diversos grupos antagóni- cos que se combaten por conseguir el poder, domina al país por el terror.

Estos militares llamémosles así , que hacen vivir todavía á Méjico una existen- cia medioeval, buscan casi siempre el apoyo de los Estados Unidos cuando están en la oposición y preparan una revuelta. Unas veces han sido los negociantes norteame- ricanos los que, por conveniencias finan- cieras, les han facilitado armas y dinero. Otras veces les ha ayudado el mismo go- bierno de Washington, por torpeza y por ignorancia.

Gobernantes ideólogos, algo distancia- dos de la realidad, han creído de buena fe que los ignorantes caudillos de Méjico son verdaderos revolucionarios como los de otros países, guiados por un ideal generoso, y les han proporcionado armamentos y em- préstitos, creyendo servir con ello á la causa de la humanidad, cuando no hacían mas que contribuir al atraso, la incertidumbre y la ruina de una nación digna de mejor suerte.

26 Ah LKGTOR

Hasta se ha visto á un Wilson apoyando al bandido Villa con toda buena fe, por creerle un Mesías de la democracia. A causa de todo esto me siento satisfecho de haber dicho la verdad en los Estados Unidos.

Si consigo que los norteamericanos no den más armas ni más dinero al militaris- mo mejicano, conoceré la alegría del que ha hecho una buena acción.

Me parece justo que todas las potencias ricas de la tierra apoyen y protejan á Mé- jico cuando éste se halle gobernado por hombres civiles y se vea realmente libre de los caudillos que ahora lo explotan por turno.

Pero mientras esté tiranizado por el mi- litarismo, lo mejor será crear el vacío alre- dedor de ese militarismo, para que no pueda nutrirse con fuerzas exteriores y acabe por caerse, abandonando su presa lo mismo que un parásito muerto.

* * *

Otro argumento emplean algunos con- tra mí á causa de estos artículos.

Recuerdan lo que dije en los primeros días dtí mi llegada á Méjico, y al compa-

AL LF«TOR ^7

rarlo con lo que he escrito después, me ta- chan de inconsecuente.

Es cierto; he sido inconsecuente, como todos somos inconsecuentes en nuestra vida cuando los hechos se encargan de demos- trar que estábamos equivocados.

Fui á Méjico por instigación de varios mejicanos orgullosos de ios progresos re- volucionarios de su país y por invitación del presidente Carranza, deseoso de que los extranjeros se diesen cuenta de la estabili- dad de su gobierno.

Va usted á ver un verdadero pueblo me decían los mejicanos en Nueva York . Se acabaron las revoluciones. El país desea vivir en paz. Presenciará usted la elección del nuevo presidente, y se asom- brará de las costumbres cívicas que en poco tiempo ha adquirido nuestra nación.

Llegué á Méjico: ¡hermosas impresio- nes las primeras! El país es bello y de un pasado histórico muy interesante para un artista.

Además, había un motivo exterior para creer en las nuevas costumbres cívi- cas de Méjico. Los candidatos solicitaban el voto del pueblo pacíficamente, por me-

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dio de una propaganda hecha con anun- cios electorales, reuniones públicas, perió- dicos, etc.

Todas las gentes repetían lo mismo, como si hubiesen recibido una consigna:

Sería criminal intentar una nueva re- volución. El país está cansado de revolu- ciones. Significaría traicionar á la patria, justificar una intervención del extranjero. Que las elecciones se verifiquen en paz, y aceptemos al que triunfe.

Y yo, con la espontaneidad propia de un carácter algo vehemente, protestaba al recordar lo mucho malo que había oído contra los mejicanos.

jPero este pueblo es admirable!... jPero el pobre Méjico es un gran calumniado I...

En países como éste, sólo se debe mani- festar una opinión después de consumados los hechos; y aun así, se pueden sufrir sor- presas.

Cuando aún faltaba algún tiempo para las elecciones, cuando sólo empezaba á ini- ciarse la campaña electoral... surgió la re- volución.

Yo no puedo creer que esos que inten- tan tildarme de inconsecuencia lo hagan

AT. LECTOR 29

de buena te. Sería mostrarse demasiado olvidadizos, demasiado inconscientes ó de- masiado estúpidos. Y como ellos no lo son, me inclino á creer que fingen serlo porque así les conviene.

Se comprende que un hombre sea ta- chado de inconsecuente cuando pasa de una opinión á otra sin que en el interme- dio de este cambio haya ocurrido nada ex- traordinario capaz de justificar su transfor- mación.

Pero entre ios primeros días de mi lle- gada á Méjico y los artículos que escribí después sobre este país al volver á Nueva York, creo que ocurrieron unas cuantas cositas. Los candidatos á la presidencia se sublevaron sin esperar las elecciones; sur- gió la revolución que todos habían tildado de c criminal >, < antipatriótica > y c favorable á una intervención del extranjero>; las gen- tes de cuyos labios había oído yo grandes elogios al c primer jefe» se levantaron en armas contra este primer jefe: hubo incen- dios de trenes, explosiones de dinamita en las vías, matanzas de prisioneros, fusila- mientos, etc., como en toda revolución me- jicana que se respeta. Carranza tuvo que

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huir, abandonando el poder; Carranza fué asesinado durante su sueño por los mismos leales que se habían ofrecido para escol- tarle... Y todavía en los momentos presen- tes sigue la revuelta, el desorden, cinco ó seis partidos diferentes en armas, y nadie sabe cuándo terminará esta anarquía, pues don Venustiano, á pesar de sus defectos, era calguien», era una personalidad de maestro, mientras que ahora sus antiguos discípulos, autores ó aprovechadores de su asesinato, se consideran todos iguales. Todos creen tener idénticos derechos á la herencia, y transcurrirán años y más años sin que se cansen de derribarse unos á otros, mientras haya aventureros que los sigan.

Me parece que si después de ocurrido todo esto en el transcurso de unas pocas semanas no cambia un hombre de opinión, será porque tiene algo positivo que ganar manteniéndose fiel á su primer modo de ver las cosas.

* * *

Yo estoy donde he estado siempre. Al escribir estos artículos contra los verdade-

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ros enemigos de Méjico, ó sea los genera- les, me mantuve dentro de las creencias de toda mi vida.

He combatido con saña al militarismo alemán, enemigo de la tranquilidad del mundo; ¿por qué iba yo á respetar al mili- tarismo mejicano, ese militarismo zafio y feroz, de generales de pistola, que se ha formado en la guerra civil matando á me- jicanos, y no tiene, como el otro, la excusa de una tradición victoriosa?...

Como verdadero revolucionario que sólo he conocido tristezas y persecuciones, des- gracias y derrotas, no puedo transigir con esos farsantes de la revolución, que destro- zaron para nada un rico país, y cuyos jefes, en unos cuantos años, han amasado fortu- nas escandalosas é inexplicables. ¿Por qué he de apoyar yo á los ladrones de una re- volución?... ¿Porque hablan español?... En- tonces tendría que ser panegirista por el mismo motivo de todos los delincu :ites de España y de las veinte naciones america- nas que hablan nuestra lengua.

Como español, también debo ser ene- migo de los bandoleros de la falsa revolu- ción mejicana. Villa, Obregóu, G-onzález,

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etcétera, etc., han fusilado españoles á cen- tenares. Cuando estuve en Méjico hubo pobres compatriotas míos que, por error, me insultaron en sus cartas, imaginándose que yo iba á defender á tales individuos, que son enemigos de España por tradición y por brutalidad nativa. Méjico es el único país hispanoamericano cuyas revoluciones empiezan por matanzas de extranjeros. Y como allá la mayoría de los extranjeros son españoles que tienen mostrador y cajón con dinero, su exterminio á tiros ó en la horca figura siempre como el primer acto inevi- table de toda revuelta.

Nada digo de la época de Porfirio Díaz: entonces se respetaba á los extranjeros. Peto algún día, cuando las naciones pre- senten su lista de reclamaciones contra Méjico por las fechorías estúpidas de sus diez años de revolución incoherente, nues- tra nación presentará también la suya, sin ningún fin interesado, simplemente para que consten los males sufridos por España, y entonces se conocerán los cientos y cien- tos de españoles que han sido asesinados.

Yo recuerdo las lamentaciones de los numerosos compatriotas que me escribie-

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ron dudando de 6 me hablaron en se- creto. Esperaban un vengador y creyeron que yo iba á marchar al lado de sus anti- guos asesinos. No; estoy donde debo estar, y ¡ojalá mis palabras pudieran contener toda la cantidad de cdstigo que deseo!

Como amante del buen nombre y el prestigio de la que llaman América latina, también considero un deber atacar á la re- volución mejicana.

En otros tiempos, Méjico era una de las naciones hispanoamericanas que nos hon- raban. Hoy es un motivo de deshonra para españoles é hispanoamericanos. Por su es- pecial situación junto á los Estados Uni- dos, esta República es lo primero que ven ciento diez millones de norteamericanos, cuya opinión influye en el resto de la tie- rra. Es en vano hablarles de naciones prós- peras y pacíficas como Argentina, Chile, Uruguay, Brasil y otras. Lo que ellos ven es Méjico, la tierra más inmediata que habla español, la República de Villa, de Obre- gón, de los guerrilleros cuya raza no ter- mina nunca, y cuya barbarie aún resulta más terrible, por la fuerza del contraste, al desarrollarse junto á los Estados Unidos.

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Como adversario del militarismo, como antiguo revolucionario, como español y como amigo de la América que habla nuestro mismo idioma, creo que es mi deber combatir á los generales que consi- deran la pobre nación mejicana como una presa conquistada pistola en mano.

Deseo un Méjico verdaderamente mo- derno, dirigido por hombres civiles y cul- tos, de los que han viajado y tienen men- talidad de blanco. Yo haré cuanto sepa y pueda en favor de los mejicanos que andan vagabundos por diversos países y los que viven en su propia tierra aterrorizados y deseando pasar inadvertidos.

En una palabra: después de haber visto las cosas de cerca, estoy con el Méjico de las < personas decentes», y personas decen- tes no quiere decir personas ricas ni gentes reaccionarias, sino simplemente personas decentes, pues se puede ser de ideas muy avanzadas y muy persona decente.

Ciertos partidarios del militarismo me- jicano han encontrado ellos solos, sin ne- cesidad de ayuda ajena, otro argumento

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contra mí. Según ellos, mis artículos pre- paran la intervención de los Estados Uni- dos en Méjico. Si esto es una broma, reco- nozco que es broma graciosa. Si lo dicen de buena fe, me confunde el alto concepto que tienen de y del poder de mi pluma; pero no puedo agradecérselo, pues resulta ridí- culo. De querer los Estados Unidos realizar una intervención asunto sobre el cual hay muchísimo que hablar , ¿para qué me ne- cesitarían á mí, simple escritor?...

Lo malo es que yo no tengo ni remota- mente ese poder mundial que me suponen. jOjalá fuese verdadl Ya habría hecho polvo á estas horas á esos generales de pistola que oprimen á Méjico, exterminan á los extranjeros, deshonran y explotan el nom- bre de la revolución y consiguen que en los Estados Unidos, en Inglaterra y en Fran- cia— cuyos Bancos fueron robados por los revolucionarios mejicanos nos desprecien á todos los que hablamos español, creyen- do que el pobre Méjico de la revolución y las demás naciones latinoamericanas son la misma cosa.

|La intervención de los Estados Uni- dosl... Yo no digo que sea imposible. Des-

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pues de la última guerra europea nada hay imposible, y resulta expuesto el papel de profeta. iQuién puede adivinar el porvenir, tratándose de una humanidad que desco- noce la lógica y procede las más de las veces abierta rebelión contra el sentido común!...

Pero afirmo que la tal intervención nor- teamericana no es probable por ahora, y que si Méjico viviese tranquilamente, como otras naciones hispanoamericanas, no po- dría realizarse jamás.

Este asunto de la intervención no es para tratado aquí, pues necesita de amplio espacio. En mi novela El águila y la ser- piente encontrará el lector cierto personaje aficionado á hablar con exuberancia de esta materia. Por el momento, lo único que pue- do decir es que la tal intervención resulta algo indispensable para la vida de Méjico. Los mejicanos la necesitan más aún que los norteamericanos. ¿Qué haría el Méjico re- volucionario sin el fantasma de la interven- ción? Los malos gobiernos de allá, cuando empiezan á verse desobedecidos, sacan á luz el ogro yanqui.

Si hay revolución contra nosotros

AL LECTOR 37

dicen , si se cambia el gobierno, nos invadirán los norteamericanos.

Los de la oposición, por su parte, cla- man á cada momento:

Ese gobierno fatal está cometiendo tales crímenes, que muy pronto caerá sobre nosotros como un castigo inevitable la in- tervención norteamericana.

Y unos y otros, los que gobiernan y los que atacan al gobierno, cuando se ven en una situación difícil á causa de sus des- aciertos y atentados, se dirigen á las demás naciones hispanoamericanas á pesar de que nunca las han consultado antes de co- meter sus barbaridades revolucionarias , y les dicen:

Ayudadnos, ^efendednos; los yanquis quieren invadirnos, á pesar de que vivimos del modo más inocente y no molestamos á nadie. Nosotros somos la vanguardia de la América latina.

Y mientras tanto, al otro lado de la frontera, el enorme pueblo norteamericano, ocupado en sus negocios grandiosos, sólo se acuerda muy de tarde en tarde de la exis- tencia de Méjico; ignora la tan cacareada intervención, y escucha diistraídamente

AL LECTOR

cuando escucha al reducido grupo de políticos que pretende acabar con la anar- quía mejicana, alegando que ésta lleva ase- sinados á más de quinientos ciudadanos norteamericanos.

Tendría mucho gusto en saber qué es lo que hubiese hecho Méjico si Guatemala ó cualquiera otra república de la América Central hubiese asesinado á quinientos me- jicanos. iQuó de himnos patrióticos y gri- tos de guerra!... jQué expedición militar mandada por cualquiera de sus Obrego- nes!... iQué serie de fusilamientos ó incen- dios!...

Y los Estados Unidos, el pueblo en estos momentos más poderoso de la tierra para el cual representa la fuerza de resistencia de Méjico mucho menos que Guatemala comparada con la República mejicana , todavía no se ha enterado verdaderamente de lo que sus ciudadanos han sufrido y sufren en la nación vecina.

Después de esto aún hablan ciertos me- jicanos de «intervención inmediata >, de «política agresiva norteamericana», como de algo inminente que va á ocurrir dentro de unas horas.

AL LECTOR 39

Pero no se les debe criticar. El día en que se les quite el fantasma de «la inter- vención», habrán perdido uno de sus me- dios más seguros de gobernar ó de conse- guir el gobierno.

« « «

Yo espero que, á pesar de lo angustiosa que resulta la situación de Méjico, algún día lucirán para él días mejores.

¿Cuándo?... No lo sé; pero el mal no puede durar siempre.

. El momento actual predispone al pesi- mismo.

Carranza, á pesar de sus defectos, era un gobernante que llevaba algunos años en el poder y en torno de su persona se había establecido cierta calma que casi era la paz. Después de su asesinato se ha reanudado el período de anarquía que precedió al triunfo de Carranza. Existen no cuántos parti- dos en armas; la autoridad del presidente accidental Adolfo de la Huerta sólo es efec- tiva en unos territorios, viéndose descono- cida en otros; á los insurrectos que baten el campo desde los tiempos de Carranza se han unido muchos más.

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No habrá paz; no puede haberla. Ahora se disputan el gobierno varios generales que se consideran iguales en méritos, y hasta que uno de ellos se coloque sobre ios otros si es que lo consigue pasará mu- cho tiempo.

Esta visión pesimista me infunde tris- teza. |Ojalá me engañe en mis observacio- nes!... Cuando se trata de la suerte de todo un pueblo, no hay que tener amor propio y debemos desear equivocarnos. Además, ni yo soy profeta ni creo en las profecías. Saco una deducción lógica y sincera de mis observaciones, y me entristece la lobreguez de esa deducción. Repito mi deseo de que el tiempo me desmienta.

El día en que Méjico se haya limpiado de su roña militarista, el día en que esté gobernado por hombres civiles y de espí- ritu moderno, yo seré el primero en espar- cir sus alabanzas.

Pero ahora...

Ahora la situación es lóbrega y sólo inspira pesimismos.

Estos artículos que tanto alboroto han levantado no son mas que ligeros esbozos sobre la actualidad mejicana. Equivalen á

AL LKCTOE 41

los primeros tiros precursores de un com- bate, disparos aislados y poco coherentes, que pierden toda importancia al ser com- parados con los estrépitos de la artillería gruesa que suenan después.

Mi verdadera visión del Méjico actual completa, detallada y justificada la en- contrará el lector dentro de pocos meses en otro libro.

Y termino este prólogo para empezar á escribir mi novela El águila y la serpiente.

V. B. I.

París.— Julio 1920.

EL MILITARISMO MEJICANO

La caída de Carranza

Acabo de regresar de Méjico, donde he per- manecido cerca de dos meses. En este breve es- pacio de tiempo he visto un gobierno que parecía fuerte y destinado á llegar al término de su vida constitucional tranquilamente; he visto surgir una revolución que en los primeros momentos arrastró una vida lánguida; luego, el triunfo de- cisivo de esta revolución por la ayuda inesperada de elementos políticos que se mostraban ajenos á ella; y finalmente, la fuga del presidente Ca- rranza, la incertidumbre actual sobre su suerte, y la incertidumbre todavía mayor acerca de lo que será en el porvenir el nuevo gobierno que ahora se está formando.

En realidad, nada tiene de extraordinaria esta rapidez vertiginosa de los sucesos. De todas las

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cosas de Méjico, las que marchan más aprisa son las revoluciones.

Yo he ido allá para estudiar y esbozar una novela mejicana: El águila y la serpiente. Entre mis estudios preliminares figura una estadística de los gobiernos que ha tenido Méjico desde que se independizó de España. En menos de cien años á partir de 1821 , estos gobiernos han sido se- tenta y dos. Ahora, con la caída de Carranza, ya tiene setenta y tres en menos de un siglo. Si se descuentan los treinta años del largo período de Porfirio Díaz, resulta que cada gobierno ha vivido un año, poco más ó menos.

Voy á relatar en una serie de artículos lo que he visto y lo que he oído en Méjico. Voy á dar al público, con anticipación, una pequeña parte de los estudios que hice para El águila y la serpiente.

Serán simples visiones de novelista, de obser- vador que desea mantener su independencia. He hablado con Carranza y con sus más encarni- zados enemigos. Agradezco las atenciones que todos tuvieron conmigo, pero no soy partidario ni de unos ni de otros. Si alguna predilección siento, es por el pueblo mejicano, eterno víctima de una comedia trágica que nunca acaba; pobre esclavo al que todos quieren redimir, y perma- nece lo mismo que hace siglos; sempiterno en-

EL MILITARISMO MEJICANO 45

ganado al que se le dedican hermosas frases pero nunca se le dice la verdad; porque la verdad es muchas veces cruel.

* * *

Hablé con el presidente Carranza varias veces con una relativa intimidad, j puedo decir cuál era el pensamiento principal que guió su polí- tica en los últimos tiempos.

bien que este personaje no es de los que se dejan sondear. Hombre acostumbrado á la po- lítica de un país donde el disimulo resulta una de las mejores virtudes, no es fácil conocer su pensamiento verdadero. Baste decir que don Ve- nustiano, cuando recibe una visita, lo primero que hace instintivamente es colocar su sillón de espaldas á la ventana más próxima. Así queda en la penumbra y su cuerpo no es mas que una silueta negra en la que apenas se marca el rostro como una vaga mancha blanca. Él, en cambio, puede examinar á su gusto el rostro del visitante, que permanece en plena luz frente á la ventana. Además, si algo atrae su atención poderosamente, mira por encima de sus anteojos azulados. Esto hizo sospechar al rústico Pancho Villa que don Venustiano tiene muy buena vista y no necesita de anteojos, y que si los lleva es para ocultar mejor su pensamiento al ocultar su mirada.

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No vaya, sin embargo, el lector á imaginarse á Carranza como una especie de tirano astuto y de aspecto terrorífico. Don Venustiano es un an- tiguo hidalgo del campo, un «ranchero», con las marrullerías de todos los propietarios rústicos y las malicias de los políticos provincianos; pero resulta simpático y tiene nobles ademanes. Al- gunas veces, á pesar de su aspecto reservado, se muestra locuaz y alegre; «se siente estudiante» como él dice , y entonces habla sin reservas, con ingenuidad, y hasta ríe.

Carranza ha caído del poder por empeñarse tenazmente en hacer una política antimilitarista.

Este antiguo caudillo de las tropas revolucio- narias, nacido en el campo y más hombre de gue- rra que muchos de sus generales procedentes de las ciudades, nunca quiso que le llamasen gene- ral. Sin duda, por saber que la eterna enferme- dad de Méjico es la erupción que sufre de gene- rales, no quiso afligir al pobre enfermo con un grano más.

Todos sus partidarios le llamaban «el primer jefe», pero nunca general. Además, en campaña llevaba un simple uniforme de soldado raso.

Ahora, al ir á dejar la presidencia, intervino más ó menos directamente en los manejos elec- torales; influyó para que su sucesor fuese un hombre civil.

BL MILITARISMO MEJICANO 47

El mal de Méjico me dijo en una entre- vista— ha sido y es el militarismo. Sólo muy contados presidentes fueron hombres civiles. Siempre generales, ¡y qué generales!... Es pre- ciso que esto acabe, para bien de Méjico; deseo que me suceda en la presidencia un hombre civil, un hombre moderno y progresivo que mantenga la paz en el país y facilite su desarrollo econó- mico. Hora es ya de que Méjico empiece á vivir como los otros pueblos.

El deseo de Carranza no podía ser más plau- sible. Pero el modo con que pretendió realizarlo no pudo ser á su vez más absurdo y peligroso. De aquí que su antimilitarismo me parezca muy bien y su caída igualmente muy bien.

Para dar un carácter civil á la presidencia de la República, era necesario haber escogido un hombre eminente, de larga historia y prestigio popular; y Carranza escogió precisamente al más desconocido de los mejicanos, al señor Bonillas, embajador en Washington, hombre que ha pa- sado casi toda su vida fuera del país natal y que formó su familia lejos de él.

* *■ *

Además, hay que tener en cuenta el modo de gobernar de Carranza en los últimos tiempos. bien que cuando un partido revoluciona-

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rio triunfa en un país como Méjico, las escisiones son inevitables al transcurrir el tiempo. Los triun- fadores son muchos, todos quieren recompensa, y el país no produce para contentar á todos. Los primeros puestos son pocos j los que se consi- deran dignos de ellos se cuentan por docenas.

Hay además algo que es peculiar de Méjico. En casi todos los países se encuentra el revolu- cionario desinteresado, el revolucionario asceta, que sólo saca de la revolución las satisfacciones ideales del triunfo. Es indudable que en las re- voluciones ha habido siempre hombres faltos de vergüenza que sacaron de ellas un provecho egoísta; pero también existen nobles y desinte- resados ilusos que se sacrifican por los demás y después de la victoria siguen alimentándose, como santos rojos, con el pan y el agua del en- tusiasmo.

Yo he buscado entre los mejicanos que ocu- paron los primeros puestos después de la revo- lución caracteres quijotescos, como los hubo en la revolución francesa y como los ha habido en la revolución rusa; héroes desinteresados de los que sólo piensan en el bien de los demás, sin acordarse del bien propio. No los he encontrado. Todos los que he visto son hombres de sentido práctico, que no pierden de vista su convenien- cia personal.

SL MILITASISMü MIJI«AIfO 49

Me ha asombrado además ver la cantidad de revolucionarios ricos que hay en Méjico. Tal vez existan algunos revolucionarios pobres deseo que así sea, pues yo en mi país también he sido revolucionario y pobre , pero su número re- sulta tan escaso, que pueden contarse con los dedos de una sola mano y aún tal vez queden algunos dedos sin empleo.

Los más de ellos deben ser hijos de millona- rios. Sus afirmaciones de que antes de la revo- lución eran simples obreros, mercaderes ambu- lantes, pequeños empleados ó vagabundos sin ocupación, serán mentiras indudablemente para ocultar su poderoso origen, halagando de este modo á las clases populares. Sólo se comprende su riqueza actual por una herencia de sus pa- dres, que los tenían olvidados. De no ser así, re- sulta imposible explicarse honradamente cómo unos hombres que hace seis ó siete años eran vendedores ambulantes de leche, vendedores de legumbres secas, sombrereros de campesinos, famélicos maestros de escuela rural ó mozos de molino, poseen hoy varios millones de dólares después de haber figurado en una revolución. También resulta difícil de explicar cómo tantas generalas y coronelas por legítimo matrimonio, que hace media docena de años eran pobres mu- ieres del pueblo, y tantas amigas de general y

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de coronel, lucen valiosísimas alhajas, iguales, exactamente iguales á las que ostentaron en otros tiempos las familias mejicanas que hoy viven lejos de su país.

Pero no insistamos en estos detalles. Baste decir que los hombres salientes de la revolución de Méjico han hecho la revolución para ganar algo, que ellos no comprenden el sacrificio por los demás, y que, pasados los primeros años de desorden, al consolidar Carranza su gobierno, tuvo que restringir el círculo de sus favorecidos, con lo cual se convirtieron en enemigos encar- nizados del «primer jefe» todos los que quedaron más allá de la lluvia de sus favores.

Al examinar de cerca el círculo de íntimos que rodeaba á Carranza en su vivienda presiden- cial, lo primero que llamaba la atención era la juventud de todos ellos. El respetable don Ve- nustiano, con su barba blanca y sus gafas azu- les, parecía un director de colegio. Generales de veintisiete años y graves ministros de veinti- nueve ó treinta rodeaban con veneración y gra- titud al antiguo «primer jefe».

En realidad, uno de ellos ha gobernado la República mejicana en los últimos tiempos, siendo su verdadero presidente: Juan Barragán, un general de veintisiete años, jefe del Estado Mayor presidencial.

BL UILITARI8M0 MEJICANO 51

Todos los que tenían pendiente un asunto con el gobierno se decían en seguida: Habrá que hablar á Juanito Barragán.

Por su juventud y su carácter llano y amable, era para todos Juanito.

Simple estudiante de Derecho, é hijo de una familia algo acomodada, siguió á don Venustiano al sublevarse éste contra Huerta. El presidente Carranza mostró siempre cierta debilidad por este joven, que le acompañaba á todas partes como un elemento hermoso y decorativo.

Se ha dicho recientemente que Barragán fué fusilado por los revolucionarios de Méjico al huir Carranza. Deseo que la noticia resulte falsa. ¿Para qué matarle?...

Ha sido el Apolo de la revolución. Alto, arro- gante, hermoso, aunque de cara algo aniñada, las muchachas de Méjico lo tenían por el hom- bre más guapo del país y de la tierra entera. Casi gozaba honores de gloria nacional. Su persona deslumhraba con el azul brillante de su uniforme y el oro de cordones y entorchados. Parecía recién salido de una caja de barniz. Cada semana uniforme nuevo. ¡Veintisiete años, una magnífica salud, un carácter alegre, y dueño de Méjico!...

Sus enemigos afirmaban que era suya toda una fila de casas en la avenida principal de la

Í2 T. BLAIM IBÜ^BE

ciudad. ¡Imposible! No podía quedarle dinero para tales adquisiciones, después de arrojarlo á manos llenas. Durante los últimos años ha sido un verdadero negocio para cantantes y actrices hermosas hacer una jira por Méjico. Gracias al amable jefe de Estado Mayor, se podía salir del país con cien mil ó doscientos mil pesos de ahorros.

Su autoridad se extendía hasta las esferas uni- versitarias. Durante mi visita á Méjico, el gobier- no me confió á la Universidad para que me diri- giese en mis excursiones por el país. Esto nada tiene de extraordinario tratándose de un escritor. Pero poco antes de marcharme de Méjico me en- teré, por la indiscreción de un funcionario, que cierta bailarina extranjera había sido confiada igualmente á la Universidad durante su "excur- sión por Méjico, un año antes.

Imposible enfadarse. ¡Cosas del simpático Ba- rragán!... Acogía á todos los solicitantes como si estuviese pronto á morir antes que dejar de servirles. Jamás dijo que no á nadie. Era capaz de dar la cabeza de don Venustiano, si se la pe- dían con verdadero empeño. Y Carranza, sobrio en el vestir, grave en su aspecto, y de morige- radas costumbres, parecía regocijarse, lo mismo que si se contemplase en su espejo, al mirar el elegante uniforme y los dorados de su jefe de Es-

KL MILITARIáUO MBJICA.NO 58

tado Mayor. Otras v«ces sonreía coa una bondad de abuelo al enterarse de sus triunfos amorosos.

Me marché de la ciudad de Méjico sin poder despedirme del Apolo de la revolución.

El señor general don Juan Barragán pasaba el día entero con el teléfono en la oreja, dando órdenes mientras estudiaba el mapa de Méjico. Se habían sublevado ya los partidarios de Obre- gón, y el más bello de los mejicanos según voz general de las señoritas casaderas y de las artis- tas de paso acababa de entrar en plenas fun- ciones de estratega, disponiendo los movimien- tos de tropas.

¡Pobre y simpático muchacho! Ahora me ex- plico la rapidez fulminante con que se derrumbó don Venustiano.

* * *

La verdadera causa de la caída de Carranza es haberse empeñado éste en imponer la candi- datura presidencial de Bonillas.

De no habérsele ocurrido esta solución, de- jando que las elecciones siguiesen su curso y que los generales Obregón y Pablo González se disputasen el sillón presidencial, habría termi- nado tranquilamente el período de su gobierno, reverenciado como un ídolo por sus antiguos su- bordinados.

34 y. BLASCO ibIñez

El lector se preguntará tal vez por qué razón Carranza inventó un candidato tan falto de po- pularidad como el señor Bonillas.

Para contestar esto, debo entrar en el domi- nio de las suposiciones, ó mejor aún, limitarme á repetir lo que he oído en Méjico.

Como los más tienen una firme convicción de las habilidades tortuosas de Carranza, por ser hombre silencioso y de maquinaciones á largo plazo, se explican del siguiente modo su con- ducta con Bonillas.

Éste no iba á ser mas que un instrumento en manos de don Venustiano. Lo había escogido por su misma insignificancia, por no tener partido alguno detrás de él ni ser conocido en el país. Todo lo que fuese lo debería á su protector, y no podría «darse la vuelta» contra él.

Esto de «darse la vuelta» es una preocupa- ción en Méjico, muy digna de tenerse en cuenta. Allí, la traición política supone poco, y el amigo de hoy es casi siempre el enemigo de mañana.

El que eleva á alguien está casi seguro de recibir á continuación un puntapié, con el cual el elevado pretende demostrar su dignidad y su independencia.

Con el anónimo señor Bonillas no había mie- do ni al puntapié ni á que «se diese la vuelta». Creado por Carranza, seguiría fiel á éste, rodeado

EL MILITARISMO MEJICANO 56

de la escolta de personas que su protector qui- siera escogerle como asesores y guardianes.

Los críticos de vista corta ni siquiera supo- nían en Carranza este proposito, creyendo que la candidatura de Bonillas era una malicia mo- mentánea.

Conocemos al viejo barbón— decían. (El «vie- jo barbón» es Carranza, á causa de su barba blan- ca)— . Ha lanzado la candidatura de Bonillas para irritar simplemente á Obregón. Éste se su- blevará, tendremos una nueva guerra, y enton- ces, al no poder verificarse las elecciones, conti- nuará Carranza en la presidencia por un tiempo indefinido.

Otros de vista más larga, al hacer sus co- mentarios, se aproximaban, en mi concepto, más á la verdad.

Carranza decían quiere realmente que Bonillas le suceda en la presidencia. Bajo sus indicaciones, y con una Cámara formada de di- putados carrancistas. Bonillas se encargará de la reforma constitucional, suprimiendo el artí- culo que prohibe la reelección de todo presi- dente. Una vez suprimido este artículo, don Ve- nustiano volverá á la presidencia y se hará re- elegir indefinidamente.

El procedimiento no es nuevo. Así hizo Porfi- ño Díaz. Empezó su carrera sublevándose para

56 V. ILA-SCX) IBi^r

que ningún presidente fuese reelecto, pero luego que fué presidente so hizo reemplazar por una hechura suya, durante cuya presidencia se re- formó la misma constitución impuesta por él, pudiendo luego gobernar treinta años seguidos.

Yo creo que Carranza quiso realmente que su sucesor fuese Bonillas, pero esto no impide el afirmar que don Venustiano ha prestado un triste servicio á su protegido.

De todos los personajes que figuran en la última revolución mejicana, Bonillas es el que me inspira más simpatía, á causa de sus des- venturas.

¡Por qué no lo dejaron tranquilo! Su papel ha sido igual al de ciertos personajes simples y buenos que en las comedias pagan las faltas de los demás, y sin querer mezclarse en nada reci- ben todos los golpes que se pierden.

Vivía tranquilamente en Washington, como representante diplomático de la República meji- cana. Su puesto casi era á perpetuidad. Si Obre- gón reemplazaba á Carranza, este general le sos- tendría, por ser ambos de Sonora y conocerse hace mucho tiempo. Fuese cual fuese el presi- dente electo, iba á respetarle, como se respeta á un buen señor que sirve á su país lo mejor que puede y vive en el extranjero, lejos de las luchas políticas.

■L MILITARISMO MEJICA.NO 57

Pero ¡ay! á don Venuatiano se le ocurrió fijar- se en él, despertando su ambición, alejándole del dulce ambiente de su familia y de la tranquilidad señorial de Washington...

Los mejicanos, hace diez meses, no sabían quién era Bonillas. Algunos estaban enterados de que existía un señor de este nombre en la ca- pital de los Estados Unidos, y hasta sospechaban que había hecho grandes cosas por Méjico, aun- que no sabían cuáles.

Y de repente, la gente del gobierno lanzaba á la circulación este nombre sin eco, como el de un personaje providencial que iba á salvar al país.

Los vecinos de la ciudad de Méjico son gente graciosa y muestran un ingenio vivo para inven- tar apodos. Además, las zarzuelas españolas ocu- pan siempre los escenarios de los teatros de la capital, lo que da á sus públicos la misma gracia de la gente de los barrios bajos de Madrid.

Entre las canciones nacidas en la capital de España que ruedan por los teatros y music- halls de todos los países americanos de lengua española, hay una que se ha hecho popularísi- ma. Es la historia de una pastorcita abandonada y vagabunda, que ignora dónde nació y cuáles fueron sus padres, que no puede decir nada de su origen y sólo sabe que su apodo es Flor de Té.

58 V. BLA3C0 IBÁ.^EZ

El maligno público de Méjico bautizó iame- diatamente al candidato de Carranza, venido del extranjero, y que nadie sabía quién era ni adonde podía ir,

«¡Viva Bonillas! ¡Viva Flor de Té!»

Y la gente rió desde este momento, sin res- peto á las barbas y al gesto de pocos amigos que pone don Venustiano en sus momentos de mal humor.

En el próximo artículo haré el relato de los incidentes tragicómicos á través de los cuales nació, creció y murió la candidatura Flor de Té, origen de la revolución.

II

Las desventuras de "Flor de Té'

Bonillas, el candidato sostenido por Carranza para que le sucediese en la presidencia de la Re- pública, es un mejicano que ha pasado la mayor parte de su vida fuera de Méjico.

Salido de su país en la adolescencia, anduvo por los territorios del Sur de los Estados Unidos, ejerciendo diversas profesiones para ganar hon- radamente su pan. Su existencia fué algo acci- dentada, como la de todo el que necesita cambiar muchas veces de lugar y de oficio. Luego, siendo ya hombre, estudió en el Instituto Tecnológico de Boston la carrera de ingeniero.

Al sublevarse Carranza contra Huerta, vol- vió Bonillas á su país, figurando eatre los revo- lucionarios.

Su actuación no fué brillante. Ni siquiera llegó á general, que es á lo que llega cualquiera

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en Méjico. Se limitó á prestar sus trabajos como ingeniero, marchando entre los civiles que á la cola del ejército revolucionario se ocupaban de los asuntos administrativos.

Después del triunfo de la revolución, Ca- rranza necesitó en Washington un representante fiel que le obedeciese ciegamente, y eligió á Bo- nillas. Éste sabe el inglés mejor que su lengua natal, y se ha educado en los Estados Unidos, condición que le colocó por encima de los demás que solicitaban representar á Méjico en Wash- ington. Y en este puesto ha permanecido du- rante todo el gobierno de Carranza, hasta que á éste se le ocurrió fijarse en él para que fuese su heredero en la presidencia.

Ya conté cómo el pueblo de la capital de Méjico, extrañado ante la candidatura del des- conocido Bonillas, le puso un apodo.

En los primeros tiempos fué Flor de Té, porque nadie sabía quién era. Después todos sus enemigos pretendieron conocer su pasado, y el pobre señor Bonillas fué algo peor que la pas- torcita de la canción española.

¡Qué de mentiras revueltas con verdades no lanzaron los adversarios de su candidatura, co- reados por los que se burlaban de ella para mo- lestar á Carranza!...

Bonilla» no era Bonillas, ni podía llamajie

' IL MILITAmiSMO MlJIOAnO 61

mejicano. Su yerdadero nombre era Stanford, y además había nacido en los Estados Unidos. Bonillas era el apellido de su madre, única san- gre mejicana que existía en su pasado... Y los sostenedores del candidato todos amigos de Carranza, empleados públicos y militares tu- vieron que publicar la genealogía de los Bo- nillas á partir del primero, un trabajador que llegó de España cuando Méjico era aún colonia española.

El aspirante á la presidencia no sabía hablar en castellano, según sus enemigos. Los periódi- cos de oposición publicaban todas las mañanas algunos cuentos sobre Bonillas, en los que apa- recía éste chapurreando el español y trastor- nando de tal modo el orden y el significado de las palabras, que decía verdaderas enormidades para ruborizar á las señoras.

Yo mismo serví de pretexto, indirectamente, para esta falsa propaganda.

Los estudiantes de las universidades de Mé- jico, cuando llega á su país algún extranjero que goza de popularidad, acostumbran á obse- quiarlo con un «gallo». Un «gallo» es una pro- cesión nocturna, mezcla de serenata y de mas- carada, que desfila á la luz de las antorchas ante los balcones de la casa que ocupa el obse- quiado. Loe estudiantes, montados en corceles,

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en automóviles cubiertos de flores j banderas ó en camiones convertidos en carrozas alegóri- cas, cantan, gritan, dedican discursos entusiás- ticos ó relatos burlescos á la personalidad aga- sajada, y el público, invitado por la juventud universitaria, se une á esta manifestación con más carruajes y músicas.

A me dieron varios «gallos». El de la capital de Méjico fué enorme, pues figuraron en él más de quince mil personas. La ruidosa pro- cesión nocturna desfiló, con largas detenciones, durante dos horas ante el Hotel Regis, donde vivía yo, ocupando una habitación al lado de la de Bonillas. El candidato á la presidencia no estaba en aquellos momentos en el hotel, evi- tando el contacto con una muchedumbre juvenil é irreverente, que al verle podía permitirse al- gunos atrevimientos de palabra. Desfilaron Don Quijote y su escudero, los cuatro jinetes del Apo- calipsis y un sinnúmero de muchachas vestidas de españolas; pero nadie se acordó de Flor de Té. Estábamos en Méjico y don Venustiano se hallaba cerca. La policía montada caracoleaba además sus corceles entre las carrozas de la procesión.

Días después, los estudiantes de la Universi- dad de Puebla me dieron otro «gallo». Aquí Ca- rranza estaba lejos. Entre los pelotones de más-

EL MILITARISMO MEJICANO 6B

caras á caballo y carrozas coü alegorías de Es- paña y las repúblicas hispanoamericanas, pasó un simple carruajito tirado por un jaco y sin adorno alguno, que fué, sin embargo, la mayor atracción del desfile.

Lo ocupaba un travieso estudiante vestido con un traje á grandes cuadros, que es la vestimenta con que en España y en todos les teatros de lengua española se representa al inglés, por un convencionalismo tradicional. La careta con que cubría su rostro hacía las delicias de la muche- dumbre.

¡Flor de Té!... ¡Viva Flor de Té! gritaban en torno del carruaje.

Y al pasar bajo los balcones de mi hotel, el estudiante se puso de pie para saludarme con un tono nasal y la voz lenta y dificultosa del que no posee el idioma en que pretende hablar.

Mister Bonillas dijo la máscara saluda á mister Ibáñez, cuyas novelas ha leído traduci- das al inglés. Dentro de unos meses tal vez llegue á leerlas en español, pues ahora me ocupo en aprender esta lengua.

Y el público reía y aplaudía, creyendo de buena fe que el aspirante á la presidencia de la República mejicana ignora por completo la len- gua del país.

Esto no es cierto. Yo he conversado varias

y. BLAaOO IBÜIlZ

veces con el señor Bunillas durante nuestra per- manencia en el mismo hotel, y es un mejicano igual á sus compatriotas y que habla el español lo mismo que todos ellos. Pero ¡cómo evitar las invenciones de los enemigos!...

Éstos revelaban cada día un nuevo secreto sobre el pasado del candidato impuesto por Ca- rranza.

Bonillas era subdito norteamericano desde muchos años antes.

Bonillas, en sus andanzas por los Estados Unidos, cerca de la frontera mejicana, hasta ha- bía sido sheriff de un pequeño pueblo.

La familia del candidato tampoco escapó á esta revisión hostil.

Se hizo público que Bonillas está casado con una distinguida señora de nacionalidad inglesa y que pertenece á la religión reformada. Sus hijas también profesan la misma religión y no son católicas. ¡Horror!...

Hay que advertir que los más encarnizados enemigos de Bonillas son hombres sin ideas re- ligiosas de ninguna clase. Algunos hasta se han distinguido durante la revolución por una cruel- dad innecesaria contra los sacerdotes católicos. Un general de Obregón que es tal vez su amigo más íntimo— hizo en los primeros tiempos del triunfo revolucionario que varios curas y frailes

BL MILITARISMO MBJICAKO 05

barriesen las calles de la capital de Méjico. Ade- más, llenó de sacerdotes varios vagones de ga- nado y los envió de Méjico á Veracruz, no co- miendo nada los presos durante los cuatro ó seis días que duró el viaje.

Pues bien; de muchos de estos enemigos de Bonillas, que no temen ni á Dios ni al diablo, procedieron las primeras protestas:

¡Qué escándalo para las damas de Méjico, que son todas católicas!... ¡Una protestante ocu- pando el primer sitio de la República!...

* * *

No crea por esto el lector que el candidato apoyado por Carranza y sus numerosos amigos permanecían quietos ante la propaganda hostil.

Eq realidad, Bonillas no podía hacer gran cosa. Se limitaba á dejarse llevar por la oportu- nidad de los acontecimientos y las sugestiones de su protector.

Pero el comité bonillista, compuesto de gene- rales de don Venustiano y senadores y diputados adictos á él, trabajaba como nunca se había visto en Méjico.

Yo confieso que pocas veces he presenciado una propaganda tan enorme y bien organizada como la que difundió el nombre de Bonillas por toda la vecina República.

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d6 V. BLASCO ibíSez

Cuando llegué á Méjico, pocos días después que el candidato de don Venustiano, no pude dominar mi asombro luego de atravesar el puen- te internacional que da entrada á la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo. Casas bajas de ado- bes; grupos de hombres con sombreros incon- mensurables, anchos como paraguas, tomando el sol inmóviles y graves; calles de profundos baches, sobre los que saltaba el automóvil gi- miendo su férrea angustia. Y en este decorado, igual al de hace medio siglo, de un color pardo y monótono, una gran variedad de papeles de todos los colores y tamaños, fijos en las puertas, en las paredes de barro, hasta en las carretas abandonadas en las plazas. Por todas partes el retrato de un hombre. Bonillas, el desconocido de ayer, convertido en Mesías nacional en el transcurso de pocas horas por la voluntad de otro hombre establecido allá lejos, en una ciu- dad de la meseta mejicana.

Este retrato ostentaba al pie las más halagüe- ñas promesas: Democracia, Paz, etc. No eran menos numerosos los manifiestos, todos altiso- nantes y de compacta prosa, buenos para impo- ner un respeto fetichista á la muchedumbre me- jicana, cuya mayoría no sabe leer.

Luego, al penetrar en el país, fui viendo, de estación en estación, cómo la propaganda boni-

KL MILITARISMO MEJICANO 67

llista crecía en intensidad. Iba aumentando como un acorde ascendente de orquesta, hasta llegar á la capital de Méjico, donde estallaba con un derroche loco.

Carteles de muchos metros de longitud reco- mendaban al pueblo en letras enormes que vota- sen por Bonillas. No había terreno en construc- ción ó casa vieja que no estuviese cubierto por estos anuncios: «Bonillas representa la muerte del militarismo.» «Si quiere usted que terminen las revoluciones, vote por Bonillas.»

Los ojos del transeúnte se fijaban en unas flechas rojas enormes que apuntaban á un punto lejano; y siguiendo esta dirección, se encontraba el nombre de Bonillas unos metros más allá. Al circular de noche por las calles de Méjico, el re- trato de Bonillas, iluminado por reflectores, os sonreía desde lo alto de un balcón.

Esta propaganda obsesionante que os cortaba el paso en todas partes debió ser obra de un inte- ligente en la materia. Machos decían que los amigos de Bonillas se habían traído de los Esta- dos Unidos un técnico en propagandas electora- les, muy ducho en su oficio.

A veces os detenía en la calle un manifiesto fijado en las paredes con gran profusión. El tran- seúnte, aunque no se mezclase en las luchas políticas, se sentía atraído por la novedad del

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documento: «Los defectos del ingeniero Boni- llas.» «Lo que le falta al ingeniero Bonillas.»

Ya es hora de que alguien diga algo sobre este hombre tan alabado.

Pero desde las primeras líneas resultaba que los defectos de Bonillas eran no ser un general perturbador como los otros, sino un hombre de paz y de trabajo. Además, lo que faltaba en su historia eran fusilamientos y atropellos, tan abundantes en la historia de sus rivales.

Esta propaganda costosísima y nunca vista en Méjico no podía pagarla Bonillas. La costeaba su comité; pero este comité, compuesto de per- sonajes acostumbrados á vivir del presupuesto, era incapaz de tales sacrificios.

Total, que todos estaban convencidos de que era Carranza el que pagaba los gastos electora- les con el dinero del país.

Este sistema de propaganda resultaba al mis- mo tiempo un medio indirecto de corrupción. Todos los grandes diarios de Méjico aun aque- llos que parecían hostiles á Bonillas alquilaban planas enteras al comité de este último, creyen- do salvar su conciencia con insertar una simple nota al pie diciendo que la plana era pagada por los bonillistas.

El resultado final era que los diarios lleva- ban en una parte de su texto ligeras indicacio-

SL MILITASIBMO MEJICANO OV

nee contra el candidato del gobierno, y en el resto de sus páginas retratos de éste j de los suyos, con largos artículos haciendo la apología de su política.

¿Cuánto dinero costó esta propaganda?...

Los partidarios de Obregón y de Pablo Gon- zález han afirmado que Carranza llevaba gasta- dos dos millones en popularizar á su candidato, y que gastaría mucho más si resultaba conve- niente.

La necesidad de este gasto es aún más difí- cil de probar que los méritos del candidato Bo- nillas.

Todas las montañas de papel impreso, los cientos de miles de retratos y los kilómetros de anuncios resultaban perfectamente inútiles tra- tándose de una elección presidencial en Méjico.

Emplear estos procedimientos electorales, buenos para un pueblo moderno que ha llegado á su madurez, en el pobre Méjico, eterno víctima de tiranías de distintos colores, vale tanto como importar máquinas de coser en un país que no conoce los vestidos de tela.

¿A qué hacer tanta propaganda electoral donde no se ha votado nunca?

Porque el pueblo mejicano no sabe en reali- dad lo que son elecciones.

£n el largo período de Porfirio Díaz, éste se

V. BLÁfCO IBÍÑEZ

reelegía siempre. Hasta que surgió el infortu- nado Madero, nadie había osado protestar.

Antes de Porfirio Díaz, se subía al poder por sublevaciones militares ó por votaciones tan es- candalosas que provocaban y justificaban nue- vas revueltas. Después del período porfiriano, esta elección de ahora es la primera que iba á verificarse en la tierra mejicana con caracteres modernos, y ya hemos visto en qué ha venido á parar: en otra revolución.

La gran propaganda en favor del candidato Bonillas resultaba ridicula unas veces para los que conocen el país, y otras irónicamente triste.

¡Tanto papel impreso para un pobre pueblo que no sabe leer en su mayor parte, á causa del descuido en que le tuvieron sus gobernantes! ¡Tanta propaganda electoral cuando todo elector sabía que su voluntad no cuenta para nada, y que al final saldría triunfante el candidato del gobierno!...

Para emitir el voto con tranquilidad y segu- ridad, es necesaria la convicción de que este voto será respetado y servirá de algo.

En Méjico, el que vota sabe que ejercita una función inútil. Siempre será, finalmente, lo que quieran los de arriba. Además, resulta una fun- ción peligrosa. Si el que está en el poder se en- tera de que el que se halla abajo pretende ha-

BL MII.ITABI8M0 MKJICAIfO 71

cerse independiente y tener iniciativas propias, el golpe advertidor no tarda en caer sobre él.

Obregón y González tienen razón en parte cuando pretenden justificar su actitud revolucio- naria afirmando que el gobierno había quitado á sus candidaturas toda garantía de seguridad.

Es cierto. Carranza, hombre tenaz, incapaz de retroceder en sus decisiones una vez adoptadas, tenía dispuesto que triunfase Bonillas, y Bonillas sería presidente de Méjico de no haber surgido la revolución.

Todos los Estados que tenían gobernador ne- tamente carrancista habrían votado en masa á Bonillas, como si en ellos no existiese un solo partidario de los otros candidatos.

Pero éstos tampoco son de fiar. Obregón y González no han nacido ayer, ni pueden ofrecerse como virginidades políticas. Tienen una larga historia casi igual á la de don Venustiano, y falta saber lo que harán ahora al organizarse otras elecciones.

¿Qué puede ocurrir en un país donde no ha existido nunca cuerpo electoral como algo per- manente y respetado, y donde los que perdieron en las urnas electorales apelaron siempre á las armas?...

De verificarse las elecciones que preparaba Carranza, habría salido triunfante Bonillas en

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todos los Estados carraacistas. Pero Obrero a, por ejemplo, que disponía del gobierno de Sonora, habría acaparado todos los votos de este Estado, sin dejarle unos cuantos á Bonillas, que también es nacido en el mismo país.

Tal vez en lo futuro existan verdaderas elec- ciones en Méjico. ¿Por qué no ser optimista?... Pero hasta ahora, cada candidato, allí donde se sentía con las manos libres, ha usurpado la vo- luntad nacional atribuyéndose todos los votos, mientras sus contrincantes hacían lo mismo con- tra él en otros lugares.

La candidatura de Bonillas tenía, sin em- bargo, una fuerza propia, además del apoyo del gobierno.

Esta fuerza era el cansancio de una parte del país, tal vez la parte más digna de lástima: la de los pequeños comerciantes y pequeños pro- pietarios; la clase media más humilde, que viene sufriendo hace diez años los efectos de una revo- lución que nunca termina.

Yo he oído á esta gente; he visitado ciertas ciudades mejicanas, que pretenden vivir tran- quilas, manteniéndose al margen de la revolu- ción continua.

Las elecciones vinieron á perturbar hace po- cas semanas la paz naciente á que ya se iban acostumbrando.

SL MILITARISMO MEJICAltO "73

¿Para qué elecciones? me preguntaban . Lo mejor sería que continuase don Venustiano. Yo no le aprecio; pero ya que está en el gobier- no mejor es que continúe él y que no venga otro.

Muchos de ellos repiten el cuento árabe del leproso, que tal vez no conozcan algunos de los lectores.

Un buen musulmán se apiada de un leproso que permanece inmóvil en el suelo con las úlce- ras cubiertas de moscas. Para aliviarle de este tormento, espanta con sus manos á los insectos, pero el paciente se indigna por su oficiosidad y le insulta.

¿Por qué me tratas como el peor de tus ene- migos?... Esas moscas estaban ya repletas de mi jugo y me resultaban tolerables. Ahora vendrán otras á reemplazarlas, furiosamente hambrien- tas, y empezará de nuevo mi tormento.

Una parte de Méjico estaba resignado á las moscas repletas del carrancismo. No amaba á Carranza, pero aceptaba el suceser que éste le indicase, por parecerle menos voraz que las mos- cas del otro lado.

Ya que se marcha el viejo, aceptemos á ese Bonillas. No ha hecho nada bueno, pero tampoco nada malo... Además, no es general.

Esto de habérselas con un general infunde

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miedo á todo mejicano que ha risto reTolucio- nes sin tomar parte en ellas.

* * *

La entrada de Bonillas en Méjico, cuando llegó d-e Washington como candidato del par- tido «civilista», hizo presentir á muchos la revo- lución que surgió un mes después.

Nunca entrada de triunfador se preparó con tanto ahinco como la del obscuro ingeniero mé- jicoamericano convertido en representante diplo- mático por la revolución y luego en candidato á la presidencia.

Un tren especial cargado de admiradores muchos de los cuales no le habían visto nunca, pero lo adoraban salió por orden del gobierno á esperarle en la frontera.

Dos muchachos con grados de general diri- gían todos los preparativos, descargando á don Venustiano de esta labor mezquina.

El general Montes (unos treinta años), único tal vez de los caudillos revolucionarios que pro- cede de una escuela militar, fué el presidente del comité civilista encargado de recibir á Bonillas, pronunciando discursos en su nombre.

El general Barragán, jefe del Estado Mayor presidencial, organizó la recepción en la ciudad, requisicionando todos los automóviles libres, re-

IL MILITABI8M0 MEJICANO 1^

oonooDtrando todos loa funcionarios y amlgot del gobierno, sin perdonar á uno solo la falta de asistencia.

Yo he oído las protestas de algunos carran- cistas de segunda categoría á propósito de esta recepción triunfal.

Me ordenaron que llenase veinte automóvi- les con amigos. Firmé como que recibía veinte carruajes, y á la hora de la recepción sólo me enviaron dos. ¿Qué se han hecho los otros, que indudablemente figuran en la cuenta de gastos como pagados?...

A pesar de estos olvidos insignificantes, la recepción resultó magnífica. Un interminable desfile de automóviles se desarrolló desde la es- tación hasta el alojamiento del candidato. Vivas á Bonillas, rugidos por lá. policía vestida de pai- sano y por todos los empleados humildes; flores arrojadas á granel por las señoritas hijas de los funcionarios; emoción general de esa gran masa innominada que tiene la costumbre de enterne- cerse cada vez que escucha una música y ve banderas desplegadas, sin necesidad de enterarse antes del motivo de la fiesta.

Pero los partidarios de Obregón también qui- sieron figurar en el acto. Una porción de gene- rales y coroneles amigos del otro héroe se colo- caron al paso de la manifestación.

H V. ILAlCe IBÜÍBZ

Hay que «aber lo que son los generales me- jicanos creados por las revoluciones: muchachos agresivos y medio locos que la guerra civil hizo personajes, y para ir de la sala al comedor de su vivienda creen necesario ceñirse antes una ca- nana cargada de cartuchos y una pistola-ametra- lladora. En otro artículo titulado Los generales describiré este tipo original y peligroso.

Los guerreros amigos de Obregón perturba- ron la fiesta bonillista con excesos propios de un colegio en plena embriaguez.

Esparcieron sobre el pavimento puñados de clavos, haciendo estallar los neumáticos de los automóviles; arrojaron materias pegajosas y nau- seabundas á los graves señores que ocupaban los carruajes.

Cuando Bonillas y su Estado Mayor salieron al balcón, los obregonistas empezaron á quemar materias fecales de olor demoniaco, que hicie- ron toser y aun llorar á Flor de y sus pane- giristas.

No fué asunto fácil hablar al público. Los oradores del bonillismo tuvieron que iniciar sus discursos con una mano en la nariz, mientras abanicaban con la otra el aire. Pero como á pe- sar de esto, el general Cándido Aguilar, yerno de Carranza, empezó á exponer con una oratoria guerrera las ventajas del civilismo y la necesi-

EL MILITABT8M0 MEJICANO 7T

dad de matar el militarismo, sus hostiles compa- ñeros de armas abandonaron la ofensiva de los malos olores para pasar á la ofensiva de las ma- las palabras.

Á gritos dudaron de la virtud de las madres de todos los bonillistas— señoras á las que no habían visto nunca , y el candidato y sus entu- siastas, cansados ya de oirse llamar hijos de esto ó de aquello, apelaron á la fuerza pública, que no deseaba otra cosa, y acabó por llevarse á la cárcel á todos los alborotadores.

Desde entonces los sucesos se precipitaron.

Obregón, en plena fiebre oratoria, se lanzó por los Estados haciendo propaganda de su can- didatura presidencial. Su argumentación no pe- caba de confusa: «Si no consigo que me elijan presidente, será porque no quiere don Venustia- no. Pero antes de que el viejo barbón falsee las elecciones, me levantaré en armas contra él.»

Y el «viejo barbón», que es de mal genio, respondía á estos retos lanzando la policía con- tra las reuniones obregonistas, para que apalease á los partidarios del general.

Además, Carranza pilló unas cartas en las que se probaba que Obregón se había puesto de acuerdo con algunos de los jefes de partidas que siempre han estado alzados en armas contra el gobierno. Y basándose en estas cartas, ordenó el

T6 V. BLASCO IBXSfBZ

procesamiento de Obregón, le hizo regresar á la capital, é iba ya á meterlo en la cárcel, cuando se escapó.

Yo creo que, en los últimos tiempos. Ca- rranza tuvo especial empeño en molestar ince- santemente á su enemigo, para precipitar la re- volución que éste venía preparando. Su política fué abortiva.

«Si se han de sublevar contra se dijo , cuanto antes sea mejor. Así resultarán menos importantes los preparativos.»

Durante la lucha electoral entre Obregón y Carranza, el señor Bonillas, causante involun- tario de este duelo político, se mantuvo en se- gundo término, limitándose á obedecer á Mon- tes, el presidente de su comité, el cual, á su vez, obedecía á don Veuustiano.

¡Infortunado candidato! Yo le encontré mu- chas veces en el hotel, á la hora del almuerzo, rodeado de «entusiastas amigos», que venían á verle de las provincias por primera vez. En otras ocasiones estaba solo con su hijo, un joven estu- diante que la mamá y las hermanas habían co- misionado sin duda para que acompañase y asis- tiese á papá en esta aventura.

Aburrido Bonillas de los trabajos electorales, nuevos para él, salía por las tardes á recorrer en automóvil los alrededores de Méjico.

BL MILITABISMO MBIfCANO IS

Un grupo de obregonistas de los de á caballo, antiguos guerrilleros, gente dura del campo, intentó raptarlo un anochecer, para tenerle oculto hasta pasadas las elecciones. Se entabló una batalla á tiros de revólver, como en una re- presentación cinematográfica, entre los raptores y la policía que escoltaba á Bonillas en otros carruajes.

Quedó prisionero un general obregonista, an- tiguo campesino, que apareció «casualmente» en el lugar de la refriega.

Usted intentaba secuestrar al embajador Bo- nillas— le dijo el jefe de policía.

¡Secuestrar yo á ese infeliz! exclamó el rústico caudillo . ¿Para qué? ¿Qué puedo hacer con él?... ¡Si fuese don Venustiano!...

Desde entonces perdí de vista á Bonillas. Sus partidarios temblaban por su suerte. El hotel no era lugar seguro, y su comité, con los fondos del gobierno, lo instaló en una casa particular.

El candidato, sereno ante los peligros que abultaban sus correligionarios, mostró siempre gran lealtad y subordinación á Carranza.

¿Adonde me llevan hoy? ¿Dónde quiere don Venustiano que vaya?...

Primeramente asistió á varias reuniones en la capital, con un público bien am? estrado, de gentes fieles al gobierno. Luego hubo que salir

80 V. BLASCO IbISEZ

á las capitales de los Estados, para contrarrestar coa su presencia la propaganda de Obregón.

Aquí empezaron sus verdaderos padecimien- tos y peligros.

El personal de los ferrocarriles parece que es en gran parte amigo de Obregón. Además, los mejicanos no necesitan pertenecer al gremio de ferrocarrileros para cortar una vía férrea. Hacer volar un tren con dinamita ó destruir rápida- mente una docena de kilómetros de rieles ha pa- sado á ser un arte nacional al alcance de todos, después de diez años de revoluciones.

El tren bonillista conoció las más novelescas peripecias al recorrer diversos Estados. En un lugar la locomotora se inmovilizaba á tiempo iunto á la vía rota; en otro se hacía atrás, sal- vándose de caer en un foso; días después era el descarrilamiento completo, muriendo hechos pe- dazos varios soldados de la escolta del tren. Fi- nalmente, la sublevación militar obregonista le sorprendía cuando andaba haciendo propaganda por el Estado de Jalisco. Los enemigos cortaban la retirada al tren levantando los rieles, y el can- didato de Carranza tenía que regresar en auto- móvil por caminos extraviados.

Después de esto se eclipsó. Estaba en la ciudad de Méjico, pero ¿quién iba á acordarse de él?...

BL M1L1TARII«M0 MEJICANO 81

La atención de todos se reconcentró en Ca- rranza y Obregón. Empezaba la guerra. Montes, el presidente de su comité, había pasado á man- dar tropas; Cándido Aguilar, su orador belicoso, andaba por Veracruz reclutando gente para su suegro don Venustiano.

Y no se sabe más del señor Bonillas.

Como estaba en la ciudad de Méjico, habrá caído prisionero, indudablemente, de sus enemi- gos vencedores.

¡Tan dulcemente que vivía en Washington antes de que Carranza se fijase en su persona!... ¡Cómo deben haberse acordado él y su familia de aquellos días felices, que parecen lejanísimos y sin embargo transcurrieron hace solamente unos meses!...

Su vida no corre ningún peligro. Los revolu- cionarios vencedores, al apresarle en Méjico, ha- brán pensado lo que el general rústico detenido por la policía cuando el intento de secuestro:

¿Qué podemos hacer con este buen señor?... ¡Si fuese «el viejo»!...

Además, Obregón es paisano suyo; los dos nacieron en Sonora y se conocen hace muchos años.

Yo que lo aprecia, aunque su aprecio no resulta muy grato para la vanidad de Bonillas.

Recuerdo lo que me dijo Obregón, con su iro-

6

88 V. BLASCO IBÁÑKZ

nía de soldadote marrullero, al hablar este rival en la lucha por la presidencia:

Una excelente persona mi paisano Bonillas. Hombre serio, probo y laborioso. El mundo ha perdido un magnífico tenedor de libros... Si llego á ser presidente de la República, le ofreceré la gerencia de un Banco.

111

£1 ciudadano Obregón

Conocí personalmente á Obregón dos días an- tes de que huyese de la capital de Méjico, decla- rándose en abierta rebeldía contra Carranza.

Al llegar yo al país, este candidato andaba de propaganda electoral por lejanos Estados. Varios amigos míos que son partidarios entusiastas de él tenían empeño en que viese y escuchase á su ídolo.

Así que vuelva Obregón, arreglaremos un almuerzo ó comida para que ustedes se conozcan.

Obregón, en realidad, no volvió. Lo hizo vol- ver Carranza forzosamente, llamándolo á Méjico para procesarle por complicidad con los insu- rrectos que de antiguo estaban alzados en armas contra el gobierno.

Fué este un medio eficaz para cortar la pro- paganda de insultos y amenazas contra Carranza

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que venía haciendo Obregón por diversos Es- tados.

Su forzoso viaje á Méjico conmovió á la gente de la capital, excitando aún más su curiosidad. ¿Qué va á ocurrir?... ¿Se atreverá «el viejo» á meter en la cárcel al «manco», anulándolo como candidato?... ¿Se lanzará éste á la revolución para no perder su libertad?...

Y cuando muchos se hacían estas preguntas ansiosamente, temiendo las consecuencias de un rompimiento definitivo entre el maestro Carranza y su antiguo discípulo, mis amigos obregonistas me anunciaron la entrevista con su héroe. El general le espera á almorzar mañana.

Yo había exigido que el almuerzo fuese en un lugar público, á la vista de todo el mundo, para evitar torcidas interpretaciones. De reali- zarse en la casa de un amigo, podría significar para muchos una predilección mía por Obregón, y yo no deseaba aparecer como carranci-sta ni como obregonista.

Mi deseo se vio realizado con creces. El al- muerzo fué en el restcmrant Bac, el estableci- miento más céntrico de la capital, y no en cuarto aparte, sino en la sala común, comiendo en una mesa inmediata á la plataforma ocupada por los músicos.

Más publicidad y menos secreto en nuestra

RL MILITARISMO MEJICANO 85

entrevista eran imposibles. De todas las mesas cercanas podían escuchar lo que hablábamos. Y sin embargo, estas mesas estuvieron desiertas durante nuestro almuerzo.

Obregón era en aquellos momentos un per- sonaje en desgracia, que podía levantarse y po- día quedar también para siempre tendido en el suelo. Contaba con entusiastas amigos, pero te- nía enfrente al viejo Carranza, tenaz en sus odios y de una energía indomable. Aún no había lle- gado la hora misteriosa en que la opinión sacude su inercia, yéndose de golpe á un lado ó á otro. Los tímidos se mantenían lejos; los hábiles cal- culaban aún, sin lograr salir de sus dudas.

El inquieto general era un valor enigmático. Con él se podía ir al ministerio ó al pelotón de fusilamiento. Era preciso esperar para ver claro. Y Obregón no podía contar mas que con los ami- gos fieles de siempre, contemplándole todavía de lejos los que husmean la hora favorable y son los primeros en correr hacia el futuro vencedor, de- cidiendo su triunfo.

* * *

Al entrar en el restaurant lo reconocí sen- tado á una mesa con un amigo, al que explicaba las excelencias de cierto coctail de su invención.

No vaya á creer el lector por esto que Obre-

86 V. BLASCO IBÁÑEZ

gón es un alcohólico. Le tengo por hombre parco en la bebida. Durante el almuerzo, prefirió la cerveza al vino y muchas veces pidió agua. Pero como hombre que ha vivido á campo raso, su- friendo las inclemencias de la Naturaleza y sobre- llevando malas noches, le gusta de tarde en tarde el trago aislado, con el único ñn de tonificar sus fuerzas.

Igual error sería suponerlo un caudillo meji- cano como los que hemos visto aparecer tantas veces en las películas cinematográficas y las revistas de music-hall: un personaje de color cobrizo y ojos oblicuos, con pelos duros y agu- dos como leznas; un indio vestido de general de opereta.

Obregón es blanco, puramente blanco, sin que se adivine en él una sola gota de sangre in- dígena. Es un español que podría pasearse por Madrid sin que nadie sospechase su procedencia del hemisferio americano.

Mis abuelos eran de España me dice . Ig- noro de qué provincia. Otros buscan con ahinco quiénes fueron sus ascendientes ó los inventan. Se suponen de origen noble, afirman descender de duques y marqueses. Yo sólo que los míos vinieron de España. Debieron ser pobres gentes empujadas á la emigración por el hambre.

El personaje empieza á diseñarse. Obreg^ón es

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un hombre que procura asombrar al que le escu- cha: unas veces con explosiones de orgullo, otras con empequeñecimientos de una humildad ines- perada. Lo que le importa es decir siempre lo que no esperen los demás.

Es todavía joven: no ha pasado de los cua- renta, y su complexión parece recia y sanguínea. Se adivina en él un exceso de vida. Un extrava- samiento de la sangre cubre sus carrillos de in- flamadas venillas, lo que da un tono rojizo á su cutis moreno.

Su enemigo don Venustiano tiene también un extravasamiento de sangre en el rostro, pero es en la nariz, que aparece surcada de venas rojas, azules y verdes, iguales á las líneas sinuo- sas de una carta geográfica.

Los hombres de acometividad ofrecen todos una lejana semejanza con una ave ó un cuadrú- pedo de presa. Los hay delgados y picudos como águilas; otros melenudos y arrogantes como leo- nes; otros ondulantes y misteriosos como tigres. Obregón, corto de pescuezo, ancho de hombros, con unos ojillos penetrantes y fieros en ciertos momentos, recuerda al jabalí.

Es soltero, vive á lo soldado con un ayudante, antiguo hombre de campo, más rudo que él. Ade- más, le falta un brazo, sólo puede dedicar una mano á su cuidado personal, y de aquí que el

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llamado «héroe de Celaja» ofrezca uq aspecto poco limpio.

Vestido de militar tal vez esté mejor; pero yo vi á un hombre con un sombrero de paja viejo y polvoriento, un pantalón arrugado y corto y una chaqueta algo mugrienta, una de cuyas mangas colgaba nacidamente vacía desde el hombro cor- tado á cercén.

Obregón parece despreciar todo adorno per- sonal por una tendencia característica. Además, gusta de mostrarse mal vestido para halagar con esto al populacho mejicano, que así lo considera más suyo.

La falta de un brazo sirve para que todo el mundo lo conozca desde lejos y lo salude con entusiasmo.

Es el vencedor de Pancho Villa, el que acabó con su poder militar que casi puso al antiguo ladrón de ganados en el sillón de la presidencia de la República.

De Villa ya apenas se acuerdan en Méjico. Hablan más de él en los Estados Unidos que en su propio país. Hace años, era «el general» por antonomasia, y muchos alababan con entusias- mo sus talentos militares, viendo en él al hombre que se encargaría de exterminar á cuantos ex- tranjeros osasen invadir el suelo nacional. Ahora no es mas que un bandido, y la gente evita men-

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cionar su nombre. Aún dará mucho que hablar, pero su hora ha pasado.

Lo venció Obregón en dos tiroteos sangrien- tos llamados batallas, y esto basta para que ac- tualmente el héroe de moda s<ea Obregón.

Además, Villa siempre se mantuvo entero, librándose de las balas con una buena suerte in- solente, mientras que al «héroe de Celaya» le falta un brazo, uniendo á sus prestigios de héroe la simpatía del mártir.

Me siento á la mesa y empieza el almuerzo, un almuerzo que se prolonga de mediodía á las tres de la tarde.

Don Venustiano, siempre receloso, como go- bernante de un país en el que todos pueden «darse la vuelta» y no se sabe con certeza quién es amigo, me habló días después de este almuerzo.

Fui yo quien le dije francamente que había almorzado con su adversario.

Sí, lo sé; pero ¿qué demonios tenían que hablar para que durase tantas horas?...

Y me miró fijamente en los ojos, como si pre- tendiese sondear mi pensamiento.

Obregón, en realidad, no tenía que decirme nada interesante. ¡Pero es un personaje tan digno de estudio!... ¡Resulta tan ameno escuchar ho- ras y horas su facundia animada, pintoresca y alegre!...

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Había escogido la mesa cerca de la orquesta para dar órdenes á los músicos. Tenía empeño en demostrarme que no es un soldado ignorante y que ama la música con entusiasmo... música mejicana, pues las otras músicas dicen muy poco para él. Y mientras la orquesta toca el «jarabe» y el «cielito» y las «mañanitas», Obregón habla y habla, sin dejar de engullir los pedazos que le va cortando uno de sus acompañantes, ya que él sólo puede valerse de una mano.

El general tiene una palabra invencible. Yo soy algo hablador, lo confieso; pero me repliego ante él, derrotado como un Villa, y me limito á escucharle.

Me cuenta su juventud. Está seguro de que nació para ser el primero en todas partes. No lo dice, pero lo hace sospechar con modestas insi- nuaciones. Se dedicaba en Sonora á corredor de garbanzos, y aunque sus ganancias eran hu- mildes, está seguro de que hubiese sido con el tiempo el primer comerciante de Méjico: un gran millonario.

Pero la revolución me perjudicó añade con amargura , pues me dediqué á militar y he lle- gado á general.

Lo que él no dice es que, á pesar del genera- lato, ha seguido comerciante. Sus enemigos afir- man que además cumplió hace tiempo su deseo

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de ser millouario. Es el monopolizador actual- mente, según cuentan éstos, de todo el garbanzo que se produce en Méjico, producto que se ex- porta á España por ser allá de gran consumo. Añaden que los cultivadores tienen que vender sus garbanzos á Obregón al precio que él fija. Por algo se es héroe y se ha perdido un brazo en defensa de la Constitución.

Pero no tengo tiempo de pensar en estas cosas que propalan los enemigos. El general sigue ha- blando. Ahora relata anécdotas de la revolución y ciertas historias alegres, con un regocijo bru- tal y francote que recuerda las veladas en torno del fuego del campamento.

Adivino la popularidad de este hombre. Así habla con todos, con las mujeres de la calle, con los trabajadores que encuentra al paso, con los campesinos. Y las gentes simples se enorgulle- cen de que las trate con esta franqueza, de que las cuente cuentos para hacerlas reir un héroe nacional, el vencedor de Celaya, el antiguo mi- nistro de la Guerra... que además perdió un brazo en un combate que consideran glorioso.

A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón.

Miro en torno con extrañeza, y me convenzo al fin que es el general el que dice esto y que se dirige á mí.

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No qué contestar.

insiste ; se lo habrán dicho indudable- mente. Aquí todos somos un poco ladrones.

Yo hago un gesto de protesta. ¡Oh, general! ¿Quién puede hacer caso de las murmuraciones?... Puras calumnias.

Obregón no parece oirme y sigue hablando. Pero yo no tengo mas que una mano, mien- tras que mis adversarios tienen dos. Por esto la gente me quiere á mí, porque no puedo robar tanto como los otros.

Alegría general. Obregón celebra su chiste con una risa discreta de muchacho cínico, mien- tras los dos amigos que nos acompañan saludan la gracia del héroe con interminables carcajadas.

* * *

Este éxito oratorio le enardece. Quiere obse- quiarme con nuevos relatos, tal vez para hacer ver que desprecia todo lo que han inventado contra él sus enemigos; tal vez por el placer de asombrarme y desorientarme con el espectáculo de un hombre que se desacredita á mismo.

¿Usted no sabe cómo encontraron la mano que me falta?...

Sí, lo sé; como sabía también lo anterior, lo de ser menos ladrón que los otros por tener sólo un brazo. Pero, para no privar al general del

EL MILITARISMO MEJICANO 03

efecto oratorio que desea, afirmo que ignoro esta historia.

Usted sabe que perdí en una batalla el brazo que me falta. Me lo arrebató un proyectil de arti- llería que estalló cerca de cuando estaba ha- blando con mis ayudantes.

»Después de hacerme la primera cura, mis gentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin en- contrar nada. ¿Dónde estaría mi mano con el brazo roto?...

» Yo la encontraré dijo uno de mis ayudan- tes, que me conoce bien . Ella vendrá sola. Tengo un medio seguro.

»Y sacándose del bolsillo un azteca (un azte- ca es una moneda de oro de diez dólares), lo le- vantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pájaro de cinco alas. Era mi mano, que, al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador.

Segunda ovación de carcajadas. El hombre de la mano única se ríe de la travesura de su otra mano ausente, y yo río también, ya que su antiguo dueño así lo quiere.

¿Usted sabe cómo le robaron el reloj al mi- nistro de España?...

¡Ah, maligno! Este cuento no es contra él,

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sino eontra el otro: contra su ea«migo y perse- guidor... Pero quiero ignorarlo, para no prirarle del placer del relato, y Obregón continúa:

Acababa de presentar sus credenciales un nuevo ministro de España, y el presidente Ca- rranza quiso obsequiarlo con un gran banquete oficial. Había que hacer bien las cosas. España era la primera nación de Europa que reconocía al gobierno de don Venustiano después de la re- volución.

Y escuchando al «héroe» veo imaginariamente el gran comedor del castillo de Chapultepec, que recuerda los tiempos trágicos de Maximiliano, el emperador austriaco de Méjico. Contemplo á don Venustiano de frac, con la barba blanca y la na- riz tricolor; enfrente al ministro de España; á los lados Obregón, ministro de la Guerra; Cán- dido Aguilar, ministro de Relaciones Exteriores; el apuesto Barragán con un uniforme nuevo para la solemnidad... y todos los demás personajes creados por «el primer jefe».

De pronto continúa Obregón , el ministro de España se lleva una mano al chaleco y pali- dece. «¡Caramba, me han robado el reloj!», grita. Era un reloj antiguo de oro y brillantes, una joya, recuerdo de familia.

»Silencio completo. Me mira á mí, que estoy sentado junto á él. Precisamente es el lado donde

EL MILITARISMO MEJICANO 95

me falta el brazo. Yo no puedo haber robado su reloj. Mira al que está en el lado opuesto. Es Cán- dido Aguilar, el yerno de don Venustiano. A éste no le falta un brazo, pero tiene casi paralizada una mano, casualmente la que está del lado del ministro. Tampoco puede ser éste el autor del robo. Y convencido de que no recobrará jamás su alhaja, el diplomático español pasó el resto de la comida murmurando dolorosamente:

» ¡Me han robado mi reloj! ¡me han robado mi reloj! ¡Esto no es un gobierno; esto es una cueva de ladrones!

»A1 levantarse de la mesa, don Venustiano se aproxima á él con su aire grave y venerable. «Tome usted y calle de una vez.» Y le entrega su reloj.

»E1 diplomático no puede contener su asom- bro. ¡Un hombre que no estaba á su lado, sino enfrente de él!... Y grita con sincera admiración: » ¡Ah, señor presidente! Por algo le llaman á usted «el primer jefe».

Como ahora se trata de Carranza, las risas suenan más estrepitosas y prolongadas.

Decididamente, Obregón es un excelente compañero de mesa. Su charla amena resulta inagotable.

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Pasa de los cuentos á hablar de sus campa- ñas electorales. Se siente tan orgulloso de sus discursos como de sus batallas victoriosas. El general ha nacido orador, y como todos los que se han instruido á última hora bajo su propia iniciativa, muestra una marcada predilección por las frases sonoras y teatrales que no dicen nada.

Me invita á asistir á uno de sus mítines elec- torales, para que le oiga hablar al pueblo. Anda en estos momentos preocupado por una gran ma- nifestación que preparan los obreros de Méjico en su honor, y á la cabeza de la cual marcharán mil quinientas mujeres, todas las costureras de la capital. Las mujeres muestran una afición pu- ramente espiritual por este soldado francote, que habla con todos como si fuesen sus iguales.

Me expone su programa con frases truncadas y majestuosas. «Democracia»... «respeto á las leyes»... «cumplir las promesas que hizo la re- volución y que el primer jefe ha olvidado»... «re- partir tierras á los pobres». El principal argu- mento á favor de su candidatura, el de más peso, se lo calla, pero yo lo leo en sus ojos.

«Además piensa , yo hice presidente á don Venustiano; yo le llevé triunfante hasta el sillón presidencial, desde Veracruz á Méjico. Él fué jefe de la nación por mis esfuerzos. Ahora me toca á mí. ¿Hay nada más justo?...»

BL MILITARISMO MBJICAVO 91

Como Obregón ha olvidado ya sus chistes y cuentos, para hablar con la gravedad de un fu- turo hombre de Estado, pasa insensiblemente de la oratoria á la literatura.

El general resulta al fin un colega, un hom- bre de letras. Ha escrito un libro en el que relata sus campañas. Es esto una costumbre de todos los guerreros ilustres, victoriosos y célebres, á partir de Julio César. ¿Por qué había de privarse el antiguo corredor de garbanzos de escribir también sus Comentar ios9...

Promete enviarme un ejemplar del libro; pero por si acaso sus peleas con Carranza le impiden cumplir esta promesa, sigue hablando de la obra.

Se expresa con sencillez y modestia. Él sabe que las batallas de Méjico no pueden compararse con las de Europa; sabe también que no es mas que un civil dedicado á militar, el ciudadano Obregón improvisado estratega y que ha tenido alguna suerte.

Yo le escucho con verdadera simpatía. Lo considero en este momento como el hombre de más mérito y mayor atracción que he conocido entre todos los generales mejicanos creados por la revuelta nacional.

Pero de pronto cambia el viento. Los hombres nunca llegan á dejarse conocer verdaderamente. Obregón se atusa el puntiagudo bigote, sonríe

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orgulloso de su modestia y se echa atrás en el diván.

Cuando yo desempeñaba el Ministerio de la Guerra, un día, en un banquete de la presiden- cia, me buscó el ministro de Holanda, que era militar. «General me dijo , ¿de qué arma pro- cede usted? ¿Artillería?... ¿Caballería?...» En vista de mis victorias, me creía un militar pro- fesional, y se quedó asombrado cuando le dije que sólo había sido comerciante de garbanzos en Sonora. No podía aceptar la verdad.

Se detiene unos momentos para paladear la impresión que sus palabras causan en nosotros.

Otra vez, vino á buscarme el ministro de Alemania. Usted lo conocerá de fama.

¡Vaya si lo conozco! Es el que durante la guerra última aconsejaba á los gobernantes me- jicanos contra la Europa aliada, sugiriéndoles la fantástica posibilidad de reconquistar Califor- nia y Arizona; es el que se presentaba en las ceremonias públicas vestido de gran uniforme prusiano y cubierto de condecoraciones para que lo aplaudiese un populacho pagado ó incons- ciente, que silbaba á continuación el sobrio frac negro del representante diplomático de los Es- tados Unidos.

Pues bien; el alemán vino á verme, y con su acento cortado y breve de militar acostum-

EL MILITARISMO MEJICANO 99

brado al mando, me dijo: «General, he leído su libro y necesito dos ejemplares; uno es para Su Majestad Imperial Guillermo II y otro para el archivo del Estado Mayor alemán. Allá en Berlín todos se preocupan de usted. Están asombrados de que un civil, sin estudios militares, haya po- dido realizar unas campañas tan notables y nunca vistas.»

¿Y usted le dio los libros?

No; á no me gustan los honores. Le dije que si los quería los comprase; y creo que los compró, enviándolos á su país.

¡Ah, farsante alemán!... ¡Así manejabas á Méjico!...

El «héroe» recuerda sin duda mi odio al mili- tarismo germánico, y para mostrarse imparcial salta hasta el Extremo Oriente.

También el ministro del Japón me pidió per- miso para traducir mi libro á su lengua. Mis cam- pañas parece que interesaron mucho á los mili- tares de allá.

¿Y se ha publicado la traducción?

No sé; yo no me ocupo de esas cosas. Un largo silencio. Miro algo desconcertado á este hombre complejo, á pesar de su simpleza primitiva, que en el corto espacio de unos mi- nutos alarma por su malicia ó asombra por su inocencia.

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Y sin embargo, es el hombre más popular y temido en estos momentos, el mejicano que más hace hablar de su persona. Unos le aman hasta querer morir por él; otros le detestan y desean su exterminio, recordando los actos bárbaros que ordenó en los primeros tiempos de la revolución triunfante, inspirado sin duda por las genialida- des perversas de un carácter desigual.

Tiene para las muchedumbres el encanto de su franqueza algo rústica, de su malicia bona- chona á ratos, de su alegría medio salvaje; tiene el prestigio de su valor, que yo reconozco, pero del que dudan sus enemigos; mejor dicho, de su agresividad de jabalí cuando pretenden acorra- larlo; y sobre todo esto, tiene... que le falta un brazo.

Perdone el lector que insista sobre la falta del brazo. En Méjico tiene más importancia que en otro país. El pueblo mejicano, que con tanta facilidad toma el fusil y se mata las más de las veces sin saber por qué, es al mismo tiempo un pueblo sentimental y propenso al enterneci- miento. Dispone con indiferencia de su propia vida, está pronto á darla por cualquier cosa, y en cambio llora cuando uno de sus héroes ama- dos sufre la menor contrariedad. Los mejicanos del pueblo descienden de aquellos aztecas, mag- níficos jardineros que cultivaban con amor las

EL MIL1TABI8M© MEJIf ANO 101

ñoras y al mismo tiempo les arrancaban el cora- zón, estando títos, á unos cuantos millares de prisioneros en cada una de sus fiestas religiosas. Poesía y sangre; sentimentalismo j muerte.

Es lástima que el brazo perdido de Obregón no saliese de su escondrijo al ver el azteca de oro que le mostraba el ayudante, como se afirma en el cuento. ¡Los honores populares que llevaría recibidos!...

Hay precedentes. El general Santa Anna fué un Obregón de su época, aunque este último no haya sido presidente hasta ahora, y el otro, entre sublevaciones y elecciones amañadas, ocu- pó la presidencia repetidas veces.

El pueblo mejicano odiaba á Santa Anna des- pués de su infausta guerra contra los separa- tistas que habían constituido la República in- dependiente de Texas, los cuales lo derrotaron, haciéndolo prisionero. Pero en esto, se le ocurrió al gobierno francés del rey Luis Felipe ordenar una expedición marítima contra Méjico á causa de ciertas reclamaciones diplomáticas, y los franceses desembarcaron por unas horas en Ve- racruz.

Santa Anna corrió á combatirlos, y el último cañonazo de los invasores le hirió en una pierna, que los cirujanos tuvieron que cortarle.

Jamás brilló tan alta y tan pura una popula-

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ridad. La pierna de Santa Anna, conveniente- mente salada, fué conducida de Veracruz á Mé- jico, con una pompa heroica. El gobierno decretó para el miembro amputado honores de capitán general- muerto en campaña, y entre vítores, ca- ñonazos y músicas fué depositado en el centro de la capital, elevándosele un monumento.

Pero hay que temer los cambios de opinión y las cóleras de los pueblos sentimentales. Años después, Santa Anna fué nuevamente desgra- ciado en sus guerras, y los mejicanos, necesi- tando descargar su cólera sobre alguien, ya que no tenían á mano al general, echaron abajo el mausoleo dedicado á su pierna heroica. El jamón humano, que ya estaba hecho cecina, fué arras- trado por las calles y arrojado finalmente á un muladar.

Obregón me habla de un amigo suyo, perio- dista de gran talento, cuyos artículos son dignos de admiración. Está enfermo, casi moribundo; hace meses que no se mueve de la cama, y se alegraría mucho de verme.

Convenimos el general y yo hacer esta visita juntos. Me marcho al día siguiente para visitar las minas de plata de Pachuca, y estaré dos días fuera de Méjico.

EL MIUTARISMU MEJICANO 103

Cuando usted vuelva aún me encontrará aquí dice Obregón . Todo eso de que el viejo quiere procesarme j meterme en la cárcel es mú- sica. Nos veremos; le daré mi libro; iremos á ver á mi amigo...

Al regresar jo á Méjico ya no estaba el gene- ral. Salió huyendo de la ciudad para no volver hasta ahora, que se ha presentado con aspecto de triunfador.

Hizo bien en huir. Lo de las amenazas del «viejo» no era música.

Si tarda unas horas en irse, el presidente lo mete en la cárcel.

Se lo decir al mismo Carranza la última vez que hablé con él.

IV

Más héroes de la revolución

El segundo candidato á la presidencia de la República, don Pablo González, es un personaje que ha permanecido en segundo término, como obscurecido por la vida exuberante y la popula- ridad agresiva de Obregón.

Yo no he visto de cerca al general González. Es una personalidad que no inspira un deseo vehemente de conocerla, como su contrincante Obregón y otros personajes de las revueltas me- jicanas. La figura de don Pablo resulta indecisa; parece escapar á la atención del observador por más que ésta se reconcentre. Los retratos le muestran como un hombre algo subido de color, de cejas y bigote muy negros y poblados y unos lentes obscuros que no dejan ver sus ojos.

Este último detalle ha debido inquietar mu- chas veces á Pancho Villa, al que le inspiran

KL MILITARISMO MEJICANO 165

tanto recelo lo» anteojos azulados de don Venus- tiano.

Son numerosos los que tienen á don Pablo por hombre de gran disimulo, y consideran que usa estos cristales ahumados para evitar que nadie lea en sus ojos sus impresiones. Yo conozco algunos amigos de don Pablo, que juran que éste es un buen hombre. Conozco también á muchí- simos enemigos suyos que lo pintan como un falso buen hombre, hipócrita y tortuoso, de una bondad puramente exterior y una historia perso- nal llena de hechos censurables.

Su biografía militar resulta asombrosa. Es el general que ha mandado mayores fuer- zas en la revolución y ha tenido el honor de no ganar jamás el más pequeño combate.

Así me pintaron á González el presidente Ca- rranza y sus amigos más íntimos, un día que les pregunté sobre la personalidad de este caudillo.

Don Venustiano añadió con una sinceridad que no si era verdadera: Pero don Pablo es tan serio, tan respetable...

Efectivamente, la profesión más prominente del general González parece haber sido la de hombre serio y bondadoso, aunque sus enemigos afirman que jamás fué una cosa ni otra.

El público, que habla de Obregón familiar- mente y llama á secas por sus apellidos á casi

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todos los personajes revolucionarios, no puede nombrar á este general sin anteponer á su nom- bre el tratamiento de Bov.. González es siempre don Pablo, como Carranza es don Venustiano y como Díaz era don Porfirio. Aparte de estos tres dones, no hay más en Méjico. Á nadie se le ocu- rrirá nunca llamar don Alvaro al general Obre- gón, que se familiariza con todos.

Cuando éste y don Pablo hacían propaganda, cada uno por su lado, bajo el gobierno de Ca- rranza, para obtener la presidencia, se vio un raro movimiento en la opinión. Los conservado- res, las personas tranquilas, las gentes de ideas religiosas, tuvieron que escoger un candidato, y todos instintivamente se inclinaron hacia don Pablo.

El tal don Pablo ha tratado con pocos escrú- pulos el derecho de propiedad cuando iba al frente de sus tropas; ha fusilado á muchas gen- tes públicamente, y además sus enemigos le acusan de haber dispuesto otras muertes en se- creto. En punto á creencias religiosas, no ha dado muestra hasta ahora de tenerlas determina- das y firmes. Pero todos los prudentes, á quienes inspiran miedo la acometividad y la exuberancia de Obregón, tuvieron empeño en olvidar la his- toria pasada de don Pablo é hicieron su apología electoral repitiendo siempre lo mismo:

EL MILITARISMO MEJICANO 107

¡Es un hombre tan serio!... ¡Es ub hombre que piensa tanto las cosas antes de hablar!...

Hay gentes que se marchan por instinto con el que no habla, creyendo que el silencio es el signo de toda sabiduría; del mismo modo que hay otros que sólo se sienten cautivados por los que hablan mucho y muy fuerte.

* * *

Don Pablo González, cuentan sus enemigos que en su juventud era mozo de molino con cua- renta pesos mejicanos al mes. Ahora figura como uno de los hombres más ricos de la nación en propiedades rústicas y en dinero.

¿Qué ha hecho para realizar este milagro?... Simplemente ser general.

No ría el lector ni á esto una interpretación maliciosa. Ser simple general en Méjico es mu- cho más, desde el punto de vista pecuniario, que ser generalísimo en Inglaterra, Francia ó los Es- tados Unidos.

Se entiende que hablo del general que manda tropas, pues el que no manda á nadie es un po- bre diablo que cobra un mezquino sueldo si es que no se lo quitan por ser sospechoso al go- bierno— , y no tiene más esperanza que una nueva revolución para poder tomar el mando de algunas fuerzas.

108 T. BLASCO ib15íez

En Méjico no existe una administración mili- tar como en los otros países, y el jefe de las tro- pas recibe directamente del gobierno el dinero necesario para su sostenimiento, distribuyéndolo á su gusto. El presidente se guardará muy bien de pedirle explicaciones y aclaraciones sobre los gastos. Estas curiosidades, molestas para un gentlemariy son contestadas siempre con un le- vantamiento revolucionario.

De aquí que un general con mando no nece- site atentar á la propiedad de los individuos para crearse rentas. Le basta con apropiarse una parte de los dineros del gobierno.

Lo malo es que la mayoría de los generales tienen dos manos, como decía Obregón, y mien- tras con la una acarician las cajas del gobierno, con la otra para que no esté ociosa arañan también las de los particulares.

Todo jefe de cuerpo de ejército recibe al mes una respetable cantidad de miles de pesos para el forraje de su caballería. Se embolsa el dinero, y á continuación da una orden para que los ca- ballos salgan á pastar en los campos de los par- ticulares. Esto del forraje es para los pueblos de Europa, donde la caballada militar no puede co- mer gratuitamente en los terrenos de los civiles sin que éstos griten como si les robasen.

Además de los caballos, hay los hombres. Los

EL MÍLITARISMO MEJICANO 109

ejércitos mejicanos se triplican y cuadruplican cuando figuran sobre el papel en la Tesorería del Ministerio de la Guerra; luego se empeque- ñecen cuando llega el momento de entregar los sueldos.

El general que asegura tener á sus órdenes diez batallones no tiene en realidad mas que diez esqueletos de batallón, y á su vez, el coronel hace lo mismo con su unidad y el capitán con su compañía. Todos comen raciones y cobran pagas por individuos que no existen.

Ni esto es de ahora, ni debe imputarse úni- camente á los gobiernos surgidos de la revolu- ción. Esto ha sido siempre en Méjico, desde los primeros tiempos de la República, y constituye un vicio nacional que nadie se atrevió á des- arraigar.

El mismo don Porfirio Díaz, con su carácter autoritario y sus treinta años de dominación, en los que no existió otra voluntad que la suya, tuvo, sin embargo, que transigir con este abuso y no se atrevió nunca á modificarlo, á pesar de que, indudablemente, lo conocía.

Yo, hasta que estuve en Méjico, no pude ex- plicarme la rapidez fulminante con que fué ba- tido y arrojado del poder el viejo Díaz.

Tenía un ejército, un verdadero ejército mo- derno, igual en organización á los de las nació-

lio V. BLASCO IBÁSÍBZ

nes más poderosas. Sus regimientos estaban bien uniformados, equipados y organizados; sus ofi- ciales iban á ejercitarse prácticamente en las me- jores escuelas de Europa. Es más: ciertas bandas de música de sus cuerpos distinguidos hacían viajes al viejo continente para figurar con éxito en los concursos más famosos. Los caudillos de don Porfirio eran profesionales de la guerra, mi- litares de oficio que habían estudiado en las es- cuelas j sabían muchísimo más que todos los guerrilleros improvisados á los que la revolución dio título de general.

Y sin embargo, bastó que el romántico Ma- dero pasase del apostolado á la acción y se lan- zara al campo con unas muchedumbres sin dis- ciplina tan ignorantes de la guerra como él, que no sabía nada, para que todo el ejército federal se declarase vencido al poco tiempo.

La nación aceptaba de buena fe que el ejército mejicano se componía de cien mil hombres. Los vecinos de la capital veían que eran muy pocos los soldados de la guarnición, pero se consolaban diciendo:

Es en Guadalajara donde está el principal núcleo de fuerzas.

Y los de Guadalajara declaraban á su vez que este núcleo estaba en Puebla, y los de Puebla en Veracruz, y así sucesivamente se iban engañando

EL MILITARISMO MEJICAJVO 111

unos á otros, creyendo en la realidad de un ejér- cito fantasma que sólo existía verdaderamente en el bolsillo de los generales encargados de mandarlo.

El único que conoció la verdad exactamente fué tal vez el viejo Díaz. Pero él no creía en la posibilidad de una sublevación del pueblo; él no pudo imaginarse nunca que Madero, al que tenía por un señorito loco, llegara á hacer una revolu- ción. Lo único que él temía era que los genera- les se sublevasen como él se había sublevado de joven contra los presidentes de entonces , y para evitarlo se hizo el ciego voluntariamente, dejándolos robar.

De los cien mil hombres que durante años y años figuraron en el presupuesto del Ministerio de la Guerra, los generales de don Porfirio más reputados como excelentes estrategas sólo pu- dieron sacar á campaña en el momento de la re- volución unos catorce mil, aparte de los cuerpos de desecho que quedaron guarneciendo las ciu- dades. Únicamente así se comprende la rapidez con que fué vencido Díaz y el triste papel que desempeñó su ejército tan cuidado, tan mimado, tan bien pagado durante treinta años, cuando tuvo que hacer frente á unas muchedumbres desorganizadas.

Don Pablo González es, como ya dijimos, el

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general de la revolución que ha mandado fuer- zas más numerosas lo mismo en la guerra que en la paz. De aquí que sus enemigos se entreten- gan haciendo cálculos fantásticos sobre las mon- tañas de forraje que lleva devoradas y los miles de soldados paridos por su imaginación.

Estas suposiciones— que bien pudieran ser inexactas, aunque justificadas en parte por la enorme é inexplicable fortuna de don Pablo nada tienen de extraordinarias. ¿Á qué personaje no le han imputado algún robo en Méjico?... El pueblo mejicano, amigo de generalizaciones, comprende á todos en el mismo juicio, para ter- minar más pronto, y tacha de ladrones á cuantos han pasado por el gobierno.

El venerable Carranza no ha escapado á esta imputación, y hasta figura como el .primer jefe de los que se apropian lo ajeno.

Los burlones de la capital hace tiempo que sustituyeron la palabra «robo» con la de «ca- rranceo», y se entretenían en corrillos y cafés conjugando el verbo robar en la siguiente forma:

«Yo carranceo... carranceas . . . él ca- rrancea.»

Debo decir que considero esta afirmación ca- lumniosa é hija del apasionamiento político. Don Venustiano es, de todos los hombres de su parti- do, el que procede de una situación social más

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acomodada. Nunca fué enormemente rico, pero jamás ha sido pobre. Antes de lanzarse á la revo- lución era un propietario rural, un «ranchero», con buenos campos y ganados.

Carranza tiene defectos, pero no creo que figure entre éstos un exagerado amor al dinero. Lo que él ama es el poder, la dirección de los hombres, ser el primero allá donde esté.

Esta pasión dominante no deja tiempo para amontonar riquezas, pero hace que un hombre que se cree honrado tolere j proteja muchas veces los robos de otros.

Don Venustiano necesitaba tener contentos á los que le seguían. Ansió reunir en torno de su persona á todos los que eran capaces de servirle como hombres de pelea, y él, tan altivo, tuvo que aguantar sus insolencias y halagar sus vicios.

Á su sombra se ha robado mucho; esto es in- discutible. Algunas veces, el antiguo «ranchero» se encolerizaba, recordando sus indignaciones de otro tiempo cuando un cuatrero le había ro- bado una vaca ó un caballo. Hablaba de fusilar á los ladrones de la nación, pero al poco rato de- sistía de ello, pensando que corría el peligro de quedarse casi solo, y acababa por transigir con los delincuentes.

Si Carranza se hubiese empeñado en respetar

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con exactitud las prescripciones de la moral, estaría fuera del poder hace mucho tiempo, ó tal vez no habría llegado á la presidencia.

En Méjico me contaron una anécdota de sus primeros tiempos de gobernante, cuando aca- baba de entrar vencedor en la capital.

Un representante diplomático fué á saludarle oficiosamente en su palacio de la Presidencia, dejando en el patio un hermoso automóvil ame- ricano que acababa de comprar.

Al salir de la visita, el diplomático buscó in- útilmente su flamante vehículo. Los soldados de la Guardia presidencial le sacaron de dudas. Un caudillo de los más fieles al presidente y de los más temibles había montado en el vehículo, dando órdenes al chauffeur.

Creyendo el diplomático en una equivoca- ción, hizo saber lo ocurrido al presidente, y éste envió uno de sus ayudantes al cuartel en que vivía el general para estar más en contacto con un regimiento compuesto de guerrilleros de su provincia que le obedecían ciegamente.

El enviado de Carranza no pudo ser peor re- cibido.

Dígale usted al viejo contestó el rústico caudillo que el automóvil me gusta y me lo guardo. Para eso hemos hecho la revolución; para eso lo hemos nombrado presidente... Ade-

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más, si no está conforme, que venga en persona á quitarme el carruaje y lo recibiré á balazos.

Don Venustiano, que es hombre de empuje, al escuchar á su ayudante bufó de cólera y mostró deseos de ir en persona á exigir el automóvil. Luego se acarició la blanca y rizosa barba, pen- sando en que era presidente de la República.

Y dio orden para que comprasen otro auto- móvil igual y lo entregaran al diplomático.

* * *

Don Pablo González ha sido el que decidió la caída del presidente Carranza. Éste, en reali- dad, lo favoreció en toda ocasión, dándole los mejores puestos del ejército. Pero el eterno ge- neral con mando activo de tropas quiso ser presi- dente, y como Carranza se empeñó, con su carac- terística tenacidad, en imponer la candidatura de Bonillas, don Pablo ha acabado por declararse su enemigo.

Mientras yo estuve en Méjico aun mucho después de haberse colocado Obregón en actitud rebelde , don Pablo observaba una conducta nebulosa.

Nadie creyó nunca que González fuese capaz de sublevarse, y esto sirvió para que á nadie se le ocurriese igualmente que podría muy bien se- cundar la sublevación de otro.

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Don Pablo no es de los que dan el primer golpe. Eso resulta impropio de personas serias y prudentes; eso queda para los obregones. Pero es hombre que da muy bien el segundo golpe, cuando el enemigo está desorientado y menos lo espera. Don Pablo sabe escoger su hora.

Sin la intervención revolucionaria de este morigerado y prudente caudillo, Carranza esta- ría todavía en estos momentos en su palacio de la ciudad de Méjico, dando órdenes á sus gene- rales fieles para combatir á Obregón y sus parti- darios.

La historia de la reciente revolución, que to- davía no ha terminado, puede resumirse del si- guiente modo: Carranza intentó imponer á su candidato Bonillas en todo Méjico y dominar á Sonora, donde estaba el centro del obregonismo.

En Sonora se preparaba un movimiento con- tra él; pero antes que los preparativos se termi- nasen, Carranza hostigó á Sonora, atrepellando sus derechos de Estado autónomo, para de este modo acelerar la rebeldía y que estallase prema- turamente.

Sonora acabó por sublevarse y Carranza sor- prendió á su vez á Obregón, intentando meterlo en la cárcel cuando éste parecía más convencido de que le respetarían.

Obregón huyó y sus partidarios militares em-

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pezaron á sublevarse, pero con un visible des- concierto, con una indiscutible falta de unidad, espontáneamente, cada uno por su lado, como lo hace todo partido poderoso que experimenta cierta desorientación ante un ataque inesperado del enemigo j tiene que atacar á su vez antes de tiempo.

Mientras tanto, Carranza juntaba numerosas fuerzas en torno á la capital, enviaba á su yerno Cándido Aguilar á reunir nuevas tropas en Vera- cruz, intentaba crearse un último refugio en caso de desgracia en esta plaza fuerte, como lo consiguió hace algunos años al ser arrojado de Méjico por Villa y Zapata.

Yo no afirmo que Carranza hubiese acabado por triunfar. Es casi seguro que al final hubiese triunfado Obregón, por ser esta una revuelta pu- ramente militarista y sentir la mayoría de los oficiales una gran simpatía por su antiguo mi- nistro de la Guerra.

Pero la campaña no empezó muy bien para Obregón. Los encuentros entre las tropas del go- bierno y los insurrectos fueron sin efecto decisi- vo. Es indudable que la lucha entre Carranza y su antiguo ministro de la Guerra, más que una revolución iba á resultar una guerra larga, de meses y tal vez de años.

Pero en esto intervino inesperadamente el

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serio j prudente don Pablo, como uno de esos personajes olvidados desde el primer acto, que surgen en el último para decir la palabra decisiva del drama.

Como golpe inesperado y en mitad de la frente, no fué despreciable el que le dio á Ca- rranza este bondadoso señor.

El presidente estaba reuniendo junto á la ca- pital todos los miles de hombres de que podía disponer; pero dio la casualidad que los cuerpos militares reunidos habían estado todos bajo el mando de don Pablo. ¿Qué tropas mejicanas son las que no ha mandado este señor en su larga y remuneradora vida militar?...

El general González salió una noche de Mé- jico, cuando don Veaustiano sólo tenía su pensa- miento puesto en Obregón, y sublevó la mayor parte de dichas fuerzas.

Parece que el acto de sublevarse deba ser for- zosamente lo mismo con un caudillo que coa otro, y sin embargo no es cierto. La gravedad de la sublevación depende mucho del nombre del jefe. Sublevarse con Obregón representaba la cer- teza de morir fusilado si se caía prisionero de Ca- rranza. Sublevarse con don Pablo era de menos gravedad, casi un acto distinguido de vida so- cial, un juego de salón. Y los batallones reunidos por Carranza siguieron sin dificultad á don Pa-

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blo. ¡Uü hombre tan serio, tan prudente, tan in- capaz de malas palabras!...

Sonora está muy lejos de la ciudad de Mé- jico; los otros Estados por donde andaba Obre- gón también están muy lejanos. Total, que había mucha tierra de por medio y eran precisos largo tiempo y muchos combates para que la insurrec- ción llegase hasta la capital.

Pero el prudente y mesurado don Pablo, su- blevándose casi al pie de la cama de Carranza, dio un golpe inesperado de teatro que deshizo en unas cuantas horas todas las precauciones del gobierno.

Cuando don Venustiano intentó retirarse á Veracruz, ya no pudo. Don Pablo ocupaba el ca- mino. Además, Puebla domina esta ruta y preci- samente es la única ciudad donde González tiene verdaderamente partidarios.

Puebla es reaccionaria y religiosa por tradi- ción, y simpatiza con don Pablo á falta de otro personaje más á su gusto. Yo vi en las cercanías de las iglesias de Puebla numerosos carteles que decían: «Si desea usted el respecto de las creen- cias religiosas y la paz, vote por don Pablo Gon- zález.»

Gracias á la bonachona iniciativa de este hombre excelente en apariencia. Carranza, que se consideraba aún poderoso, tuvo que escapar

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horas después, j anda ahora errante por las mon- tañas.

Estos milagros no son nuevos en la vida de González. Hace medio año nada más, se propuso acabar con el rebelde Zapata y lo consiguió. Él no ha ganado nunca una batalla, pero, según afirman sus enemigos, para deshacerse con pron- titud y limpieza de un hombre que le estorbe, ó cuya muerte le convenga, no tiene rival.

Hasta los mayores partidarios del gobierno, que forzosamente debían odiar á Zapata, protes- taron de la manera innoble que empleó don Pablo para acabar con él. Según cuentan muchos, hizo que un guerrillero de su confianza se incorpo- rase á Zapata con algunos hombres. Zapata, re- celoso de esta adhesión, exigió á su nuevo adepto que hiciese a^go sonado contra las- tropas gu- bernamentales. Don Pablo, entonces, arregló las cosas para que uno de los destacamentos que estaban á sus órdenes fuese sorprendido por el guerrillero. Y éste fusiló á todos los soldados que quedaron con vida después de la sorpresa, para que Zapata se convenciese de que se unía á él de buena fe. Después de esto. Zapata tuvo confianza en el agente de don Pablo, hasta que éste lo condujo á una emboscada, donde lo acri- billaron á balazos.

El heroico caudillo González pudo ostentar

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desde entonces en su historia la muerte de Za- pata, que ningún otro general había logrado conseguir.

¡Hombre muy serio! ¡Hombre muy prudente!" ¡Un amigo á toda prueba!... Ahora, después de la caída de don Venustiano, él y Obregón mar- chan juntos momentáneamente.

Pero Obregón, hombre de frases, es muy po- sible que haya dedicado ésta á su camarada:

Este don Pablo es de una bondad que mete miedo.

* * *

Uno de los espectáculos más graciosos en los- meses anteriores á la actual revolución fué la manía de civilismo que les entró á todos los militares.

La candidatura del «civilismo» la represen- taba Bonillas, aunque sus dos principales propa- gandistas eran dos generales: Cándido Aguilar y Montes.

Los otros candidatos, Obregón y González, no quisieron ser menos hombres civiles que el pa- cífico Bonillas.

Aquí no hay militares ni militarismo cla- maba tribuniciamente Obregón . Los militares de oficio se acabaron en Méjico con la caída de' don Porfirio. Nosotros somos hombres del pueblo^

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simples ciudadanos que tomamos las armas para defender la causa de la revolución. Ahora, al quedar la revolución triunfante, devolvemos esas armas y somos unos hombres como los demás.

Y don Pablo, que habla poco, como hombre que no quiere comprometerse, se limitaba á añadir:

Digo lo mismo.

Es más: el impetuoso Obregón, antiguo mi- nistro de la Guerra, pidió á Carranza que le diese de baja en el ejército, y fingía enfadarse cuando alguien le llamaba «general». No quería ser mas que el ciudadano Obregón, acaparador de gar- banzos en Sonora.

Pero en esto no le siguió don Pablo. Él quiso continuar siendo general, aunque convencido de que nunca mandaría bastantes tropas para su gusto. Y ya que no podía hacerse llamar el ciudadano González, propietario y rentista, pro- curó compaginar su uniforme de general con el más exagerado pacifismo.

Casi gastó tanto dinero en retratos suyos como gastó el gobierno en retratos de Bonillas. En todos los pueblos de Méjico ostentaban las paredes la efigie de don Pablo, con sus cejas po- bladísimas, su recio bigote, una mirada iaquie- tante, que por primera vez se mostraba libre de los lentes ahumados, y al pie una palabra en

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latín, para que le entendiesen mejor los pobres mestizos que no saben leer: Pax.

En uno ae los principales teatros de Méjico, los autores de una revista en la que aparecía Bonillas vestido de pastorcita Flor de y Obregón hablaba de sus garbanzos y su firme voluntad de ocupar la presidencia aunque fuese á garrotazos, presentaban á don Pablo al final de la obra del modo más cómico. Iba con uniforme de campaña; su aspecto era amenazante; los len- tes negros y el bigote enorme le daban un aire feroz. Avanzaba lentamente tirando de un enor- me cañón, y al llegar á las candilejas murmu- raba con una voz fosca, igual al rugido de una fiera hambrienta: «¡Yo soy pacifista!»

«Civilismo», «paz»,, todo mentira. El ciuda- dano Obregón fué siempre general, y el general González, el hombre de la Pax, ha repetido una vez más el golpe traicionero que constituye su mejor habilidad.

Carranza, su antiguo jefe y maestro, iba á dar la presidencia á otro, y los dos volvieron á ser militares, entendiéndose momentáneamente, sin perjuicio de hacerse la guerra mañana.

Y Méjico ha tenido una revolución más, como si no llevase bastantes en su historia.

Los familiares de Carranza

De todos los hombres que rodearon á Carranza en los últimos años lo mismo los que han per- manecido fieles que los que se insurreccionaron haciéndole caer de la presidencia , él es, indu- dablemente, el de mejor origen social.

Cuando los actuales generales j ministros vivían como humildes obreros, pequeños comer- ciantes, abogados faltos de pleitos ó simplemente vagos sin profesión determinada. Carranza era senador de la República y después gobernador del Estado de Coahuila. Como un personaje silen- cioso que presentía su futura grandeza, don Ve- nustiano vivió largos años en el séquito del ge- neral Díaz, séquito que llegó á convertirse en una verdadera corte.

Hay que ver los retratos de Porfirio Díaz en

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los diversos períodos de su existencia. En los primeros aparece como un indio de cráneo pi- ramidal, pelos duros y aspecto rústico. Sucesi- vamente, este personaje se va modificando así como se desarrollan los treinta años de su pre- sidencia. Al final, el indio se había vuelto blanco. Usaba siempre un sobrio y elegante uniforme, y según murmuraban las gentes curiosas y nove- leras, se entregaba á las sabias manipulaciones de especialistas de París, que animaban el color de sus labios y blanqueaban sus mejillas.

Igual transformación que su persona expe- rimentó la sociedad que le rodeaba. Las fiestas palaciegas en tiempo de Porfirio Díaz fueron so- lemnidades tan importantes y vistosas como las de algunas cortes de monarcas europeos. Una aristocracia mejicana se formó en torno de él. La diplomacia se hacía lenguas de sus bailes, reputándolos los primeros de América. Yo he conocido en París al dueño de un restaiirant famoso, que dirigió por algún tiempo la cocina de don Porfirio.

Un verdadero soberano me dijo . Yo creo que, después de Napoleón III, ningún jefe de Es- tado ha sabido dar comidas tan bien y con tanta solemnidad.

El paso por esta corte republicana influyó en Carranza, como en tantos otros personajes poli-

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ticos que Díaz convirtió en una especie de baro- nes de su Imperio.

Don Venustiano es un hombre de campo, un «ranchero»; pero á pesar de tal origen tiene un aspecto de señor, unas maneras naturales y dis- tinguidas á la vez, que demuestran que está habituado á vivir en buena sociedad.

Viste en todo tiempo de negro y desde las primeras horas de la mañana usa el chaquet; pero aunque esto le da cierto aspecto de magistrado ó de profesor, resulta más distinguido que todos los jóvenes que le rodean, los cuales adoptan las últimas modas de Londres con una exageración y una desarmonía de colores verdaderamente criolla.

El físico de don Venustiano contribuye á este buen efecto. Es majestuosamente grande, es membrudo y fuerte á pesar de sus años, y sobre todo es blanco, puramente blanco. Sus antece- sores españoles fueron vascongados, y él con- serva la salud ruda é inconmovible, así como la tenacidad silenciosa que caracteriza á esta raza.

Hay en su rostro, como ya dije, un detalle algo grotesco: la nariz hinchada y surcada de venas multicolores; pero á distancia esto no se ve, parece borrarlo la majestad de su barba blanca y rizada, así como su corpulencia vigo- rosa de guerrero viejo. Recuerda á los conquis-

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tadores que hace tres siglos, después de apode- rarse de Méjico, se despojaron de la coraza para dedicarse á la explotación de minas y cultivos.

Este señor del chaquet negro, cuando la re- volución le hizo salir al campo y mandar hom- bres, resultó un magnífico estratega á estilo mejicano. Nunca ha querido que le llamasen general, pero los muchachos á los que él hizo generales solicitaban su consejo y seguían sus indicaciones. Yo les he oído relatar á muchos de ellos las habilidades militares del que llamaban «el primer jefe». En plena noche, cuando todos dormían mejor, les hacía levantar el campo entre reniegos y juramentos é ir á situarse en otro lugar. Era que había olido una operación del enemigo...

Y efectivamente, el enemigo llegaba; pero en vez de sorprender á Carranza, era sorpren- dido por éste.

Como todos los hombres nacidos en el campo, que han hecho largos viajes á caballo conducien- do rebaños, sabe leer en las estrellas, entiende los murmullos del viento, y los altibajos de la tierra no guardan secretos para él.

Lo que es, como hombre de combate y de montaña, lo está demostrando en los momentos que escribo estas líneas. Traicionado por todos sus antiguos amigos, rodeado de fuerzas enemi-

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gas, cortado el camino de su retirada á Veracruz, desbandadas las tropas que aún le quedaban fie- les, otro se hubiese entregado fatalistamente á su destino. Pero la principal virtud de Carranza es la tenacidad, una tenacidad vencedora del tiempo y del espacio y despreciadora del destino. Es casi seguro que sus enemigos, infinitamente más numerosos, acabarán por prenderle. Pero también es posible que este guerrero á estilo mejicano, que conoce como nadie su país, con- siga entrar en el Estado de Coahuila, su tierra natal, donde tiene numerosos partidarios. En tal caso, la revolución presente se convertiría en una larga guerra civil.

De todos modos, así caiga prisionero ó con- siga libertarse del cerco que han establecido sus perseguidores, hay que reconocer que Carranza se defiende contra la desgracia de un modo he- roico.

Este hombre de sesenta y cuatro años, segui- do de un puñado de fieles, cabalga días enteros, sin sentir el cansancio de la edad; entabla com- bates de uno contra cien; le matan el caballo y monta inmediatamente en otro, manteniéndose impávido ante las nubes de balas que le envían sus antiguos soldados, y transcurren los días sin que sus enemigos consigan alcanzarle.

Por grandes que hayan sido sus errores, hay

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que reconocer en Carranza á un hombre extra- ordinario como tipo de energía y tenacidad.

* * *

Lo que pudiéramos llamar la corte de Ca- rranza, el grupo de sus íntimos, tenía un aspecto familiar. Era algo así como la tertulia de un go- bernador de provincia que llega á ser presidente de la República y conserva sus antiguos hábitos.

Después del joven y apuesto general Barra- gán, el personaje al que trataba con más intimi- dad don Venustiano era el intendente de sus pa- lacios, llamado ion Pancho Serna.

Este don Pancho, como casi todos los perso- najes de la época revolucionaria, procede de hu- mildísimo origen. Tenía un restaurant popular en las afueras de Méjico, y don Venustiano lo convirtió de pronto en gobernador del palacio Nacional, del castillo d Chapultepec y del pa- lacio situado en el ca -milo de San Juan de Ulúa, en Veracruz.

El antiguo «restaurantero», hombre jovial, acostumbrado á halagar á los parroquianos, con- serva su buen humor, pero modificando su as- pecto, para estar á la altura del nuevo cargo. Al saltar de la cama se pone el chaquet; su alta dig- nidad le veda vestirse de otro modo. Lo único que varía con frecuencia es el chaleco: de seda,

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de terciopelo, con mosaicos colores y cruzado siempre por una rica cadena de reloj.

Cuentan que, en vida de la señora de Carran- za, su fortuna sólo brilló á medias. La presidenta no le quería y le designaba con nombres feos, por imaginarse que se plegaba demasiado á las órde- nes del «primer jefe». Carranza, hombre fuerte á pesar de sus sesenta y cuatro años, no ha que- rido renunciar todavía á la mejor de las dulzuras de la existencia.

Pero al morir dicha señora, hace unos ocho meses, don Pancho quedó dueño absoluto de los palacios presidenciales y de la confianza del pre- sidente.

El antiguo dueño de restaurant se sentaba á la mesa presidencial, por solemne que fuese el banquete, y hay que reconocer que no era un personaje discordante entre los invitados, pues no hacía mas que sonreír, dando la razón á todo el mundo con movimientos de cabeza.

Luego, por un instinto profesional, como si aún estuviese en su antiguo establecimiento, procuraba enterarse de si los convidados habían quedado satisfechos.

Recuerdo que, al final de un almuerzo con el presidente Carranza en el castillo de Chapultepec, me llevó aparte don Pancho para preguntarme qué me había parecido el menú, con la ansiedad

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de un artista que duda de su obra ante un crítico llegado de muj lejos.

—Magnífico, don Panclio. No dan á comer me- jor en un restaurant del bulevar.

¡La sonrisa seráfica del intendente! En aquel momento debí ser para él el hombre más sim- pático de la tierra.

Luego me enseñó los salones de Chapultepec, amueblados en tiempo del emperador Maximilia- no. Por ser instalación de una monarquía breve como un soplo, no tiene nada de notable. Sólo hay algunas porcelanas y muebles, regalos de Napoleón III.

Pero don Pancho no ha salido nunca de Mé- jico—lo mismo que Carranza—, y me preguntó con aire de duda si los palacios de Europa te- nían salones tan hermosos como los de Chapul- tepec.

—Lo que yo deseo más es ir á Madrid, ver sus museos, admirar los cuadros del célebre pintor Velasco.

Don Pancho me habló repetidas veces de este pintor desconocido con grandes extremos de en- tusiasmo. ¿Qaién demonio sería este Velasco?... Y sólo pasado algún tiempo pude adivinar que se refería á Velázquez.

Sin embargo, resulta indiscutible que el in- tendente de don Venustiano es persona de gustos

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artísticos. Todos me hablaron del palacio que se está edificando en el paseo más hermoso de la ciudad, un palacio de estilo colonial y amplias proporciones. Misterios son estos que sólo se ven en Méjico. Hace seis años no era mas que el pobre dueño de un restaurant popular, y ahora es propietario de un palacio artístico situado en un lugar que equivale al Central Park de Nueva York.

Sus enemigos dijeron hace tiempo que el pre- sidente le había dado el monopolio de la comida que se sirve en todos los trenes de Méjico.

Aunque este privilegio está en concordancia con su antigua profesión, no resultó cierto.

Carranza, según cuentan, dispuso de dicho negocio para premiar con él los trabajos litera- rios de cierta señorita que es su escritora favo- rita: una dactilógrafa ó antigua telegrafista— no recuerdo bien— que desde el principio de la re- volución lo siguió á todas partes.

Esta mujer de letras es la que ha inventado y desarrollado en varios volúmenes la llamada «doctrina Carranza».

Monroe tuvo su doctrina. ¿Por qué no la había de tener don Venustiano?...

Así como Obregón ha escrito sus campañas, queriendo ser autor clásico además de estratega, Carranza se metió en el campo del Derecho Ínter-

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nacional, para quedar ante la Historia con otros laureles que los de un simple presidente.

Pero él no escribe; fué la señorita la encar- gada de plumear, y el viejo corregía su texto, le hacía indicaciones, le sugería ideas.

El mundo se ha empeñado en no conocer la tal doctrina, pero su redactora lleva sacados muy buenos provechos de ella. Se le han conce- dido subvenciones para que propague por toda la América de lengua española la filosofía ca- rrancista y además el privilegio de dar á comer á su gusto á los viajeros de Méjico que se que- dan en el vagón.

¡Ay, querida señorita!... Recuerdo mis dos días de viaje desde la frontera norteamericana á la ciudad de Méjico. Para simplificar las cosas toda la comida es en latas, y estas latas están clasificadas como los vinos generosos, pues se las aprecia en relación con su antigüedad. Toda una semana me duró la intoxicación y el des- arreglo del estómago.

Buena será la doctrina Carranza, pero no hay derecho para hacerla pagar tan cara.

* * *

En Méjico nadie se asombra de que se pueda hacer una gran fortuna á toda prisa. Es más: parece que, últimamente, los «negocios» esca-

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seaban, y «i los había, eran únicamente para los allegados al gobierno.

Lo que usted debía haber visto— me dijeron muchos eran los primeros tiempos de la revo- lución. ¡Qué modo de hacer dinero!

No sólo se hacía dinero dentro de Méjico, sino que podía hacerse en los Estados Unidos con asuntos de dicho país.

Hay mejicano que ha podido reunir muy cerca de un millón de dólares sin salir de Nueva York.

El mejor momento fué lo que pudiéramos lla- mar «la segunda época de la revolución», cuando Villa, Zapata y otros dominaban en el Norte de la República y Carranza en el Sur. Además, ha- bía una tercera división territorial: la del Yu- catán, donde el general Al varado, enviado de Carranza, ejercía de dictador socialista por su propia cuenta, y atacado de una fiebre grafóma- na, legislaba sobre todo lo divino y humano, escribiendo centenares de decretos diariamente.

Cuentan que en aquella época existían tres agencias en Nueva York, tres centros dirigidos por mejicanos que se consideraban influyentes, los unos con Villa, los otros con Carranza y los otros con Alvarado. Yo no creo que ninguno de estos tres caudillos llevase parte en los produc- tos de dichas agencias; pero, por compañerismo

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político, hacían lo que les pedían «us direc- tores.

El propietario expulsado de Méjico por la revolución, cuando empezaba á encontrar duro el pasearse por el Broadway sin recibir renta alguna, se dirigía á la agencia que representaba la parte del país donde estaban sus propiedades.

La confiscación de bienes ha sido el arma terrible de la revolución mejicana. Algunas de estas confiscaciones las sufrieron los enemigos del régimen triunfante, pero las más hicieron víctimas á simples particulares que no se habían mezclado para nada en la política y cuyo único delito consistía en ser propietarios. «Era conve- niente resolver el problema social, repartiendo las tierras de los ricos á los pobres.» Y los que proclamaron esto empezaron por quitarles las tierras á los ricos; pero han transcurrido años y todavía poseen muy pocas los pobres.

Quedaron cautivas las propiedades en manos de los empleados públicos ó en poder de muchos generales, que, por ser hombres de campo, co- nocían perfectamente su valor. Los propietarios, para rescatarlas, acudían á las tres agencias de Nueva York, donde después de regatear por miles de dólares recobraban su propiedad y conseguían un permiso para volver al país.

Además, ¡qué de comisiones, qué de arre-

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glos secretoy entre el Ministerio de Hacienda de allá y muchos negociantes de los Estados Uni- dos, que valían álos intermediarios enormes co- rretajes!...

Yo conozco, y todo Méjico conoce, á un señor que hace seis años era lo que llaman allá un «pelado», y hoy posee un verdadero palacio en Nueva York y media docena de automóviles.

Esta ascensión fué tan rápida, tan inesperada, tan insolente, que el mismo don Venustiano no pudo menos que fijarse en ella, y llamó al tal individuo para que se presentase en Méjico y diera explicaciones sobre su misteriosa pros- peridad.

El «viejo» estaba indignado, y habló de en- viar á presidio á todos los ladrones, de fusilarlos si era preciso. Pero el otro aclaró las cosas con gran calma.

Usted, señor presidente, no ha salido de Mé- jico. Usted no ha estado en los Estados Unidos, y por eso no puede explicarse cómo en pocos años he conseguido amasar una fortuna. Yo tengo amigos en Nueva York que me empujan. Aquel es un país donde va uno al teatro y su vecino de asiento es un millonario, que le toma á usted simpatía y le hace rico en unas semanas.

Y tanto dijo, que don Venustiano quedó du- dando si Nueva York es una ciudad donde todos

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soa ricos y donde basta pasearse un rato por el Broadway para darle con el pie á un paquete de papeles que suele ser un millón de dólares en billetes de Banco.

* * *

Otro personaje del carrancismo gobernante era el ministro del Interior, Aguirre Berlanga. Este abogado provinciano ocupó dicho puesto de confianza largo tiempo, sin que nadie atinase la razón, sólo por un designio inexplicable del pre- sidente.

El principal mérito de su historia política es haber sido el sostenedor más ardiente del ger- manofilismo en Méjico.

Todos los hombres del gobierno fueron ger- manófilos, pero Aguirre Berlanga resultó supe- rior á ellos, única superioridad que ha tenido en su vida.

Este abogado pedantuelo, como ministro del Interior, era el encargado de conceder subven- ciones á los periódicos, y bien sabido es que en Méjico una parte de la prensa vive del auxilio del gobierno y cambia de opiniones con la misma rapidez que el país cambia de gobernantes.

Durante los años de la guerra, el ministro del Interior dedicó todo su dinero y toda su in- fluencia á crear y apoyar periódicos germano-

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filos y á perseguir á los contados diarios que defendían el derecho de los aliados.

Yo, en mi viaje por Méjico, encontré á muchos que habían sido partidarios de la causa de la li- bertad mundial; pero eran escritores, profesores, gentes que ejercen carreras intelectuales y viven alejadas de la política.

Los personajes políticos y los generales, todos fueron germanófilos.

Hubo una sola excepción: don Pablo Gonzá- lez. Este señor tiene la vista larga, y adivinó el triunfo de los aliados, mientras sus torpes com- pañeros qne se llaman revolucionarios y socia- listas se entusiasmaban hablando de los méritos y las glorias de Guillermo II.

Carranza, que no ha viajado, que sólo conoce las cosas de Europa de oídas, y que además su- fría la influencia del intrigante y osado ministro de Alemania en Méjico, procedió torpemente y con doblez en todo lo referente á la guerra. Pre- tendió disculpar sus actos con una neutralidad especial que no fué mas que un medio disfrazado de favorecer á los alemanes.

Muchos recuerdan aún su proposición á las demás naciones que se mantenían en la neutrali- dad, comprometiéndolas á no facilitar víveres ni artículos de ninguna clase á los dos bandos con- tendientes. Como los alemanes, por tener cerrado

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el mar, estaban imposibilitados de buscar nada en países lejanos, esta proposición, lógicamente, sólo podía servir para quitarles recursos á los aliados.

Pero no insistamos en esto, pues Carranza es hoy un caído y no hay por qué recordar su pa- sado germanofilismo.

Lo inexplicable para muchos fué que man- tuviese en el Ministerio del Interior hasta el úl- timo momento á Aguirre Berlanga.

Este servidor germánico es un joven que habla escuchándose y puede disertar horas y horas sobre cualquier cuestión, barbarizando con igual competencia sobre todas ellas. Su in- oportunidad, su falta de tacto, su impertinente ignorancia y el ambiente de antipatía que le acompaña á todas partes son proverbiales en Méjico.

La Cámara de Diputados estaba compuesta, en su gran mayoría, de amigos de Carranza. Pues bien; cuando el presidente tenía interés en que se aprobase una ley, bastaba que la defen- diese el ministro del Interior, para que todos vo- tasen en contra. Cuando la mayoría carrancista estaba más compacta, bastaba que hablase este señor, para que se dividiese en grupos.

Y sin embargo, don Venustiano, que sonreía desde el fondo de su barba y le brillaban los ojos

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con malicia cuando alguien le hablaba de su mi- nistro del Interior, lo sostuvo siempre.

Era un caso de vanidad personal. Los grandes autoritarios, los hombres que aman el poder, se complacen en rodearse de nulidades, que les sir- ven como un espejo para contemplar su propia grandeza. Se dicen á mismos: «Cuan poderoso soy, que he conseguido hacer un personaje de un tonto.»

Carranza pensaba sin duda como el César que hizo cónsul á su caballo.

Yo le debo una atención digna de agradeci- miento. Me invitó á un almuerzo con los hom- bres más eminentes de su gobierno, con sus ami- gos de mayor significación intelectual, y tuvo el cuidado de no incluir entre ellos al ministro del Interior. Tal vez pensó que me sería molesto el sentarme á la mesa con este representante de los intereses alemanes que amañó todas las intrigas contra los aliados de Europa. Tal vez quiso evitar que me riese de un ministro suyo, presintiendo las necedades que podía decir durante el al- muerzo con su tono doctoral.

En estos días me he preguntado muchas veces qué será de Aguirre Berlanga, dónde se habrá escondido, ó si, por un impulso noble, siguió á su protector en la desgracia.

Otras veces me río al recordar la popularidad

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algo rara de que gozaba. Cuando alguien quería ponderar la estupidez de un individuo, decía in- variablemente: Es más imbécil que el ministro del Interior. Y no necesitaba añadir más. Todo quedaba dicho.

* * *

El pueblo de Méjico está cansado indudable- mente de tantas revoluciones.

Siempre cree que la última será la definitiva y no volverá á repetirse. Pero como á los pocos meses, ó á los pocos años, la revolución reapa- rece, ha acabado por acostumbrarse en parte á esta situación anormal, como ciertos enfermos se acostumbran á su enfermedad.

Á veces, hasta se burla de su propia desgra- cia. La encuentra chistosa y procura extraer de ella la gracia que pueda tener.

Todos los cuentos irónicos sobre Méjico y sus actuales directores los han inventado los mis- mos mejicanos; no los que viven lejos del país, en una larga emigración, sino los que se han quedado dentro de él, viendo los sucesos y los hombres de cerca.

Yo he hecho una observación sobre los perso- najes políticos de Méjico. Son muy pocos los que al hablar de otro personaje del campo contrario

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duden de su moralidad. A impulsos del apasio- namiento del partido, podrán dudar del valor per- sonal del adversario, de su seriedad para cumplir la palabra empeñada, hasta de la fidelidad de su esposa ó del pasado de su madre.

Lo considero un canalla terminan dicien- do— , pero debo reconocer que en cuestiones de dinero es muy honrado, y á pesar de lo que mur- mura la gente, vive pobre.

A su vez, el del partido contrario dice lo mismo de su enemigo.

Parece existir un convenio tácito entre todos para dudar de cuanto se quiera, menos de la pro- bidad en asuntos de dinero. Todos se esfuerzan vehementemente por demostrar que en la polí- tica de Méjico no hay un solo ladrón.

Y, en cambio, el pueblo que está abajo, el que lleva años y años sufriendo las revoluciones y ve derrumbarse su patria en vez de progresar, este es de un escepticismo cruel y sonríe cuando le hablan de «desinterés» y de «patriotismo».

Hay unos doscientos mil mejicanos que viven de hacer la guerra civil, de tomar parte en revo- luciones, y se nutren de los despojos de los go- biernos que mueren, así como de los dulces bau- tismales de los gobiernos que nacen. Esos hablan de buena fe de que «hay que salvar la Libertad» ó de que «han violado á la Constitución». (La

EL MILITARISMO MEJICANO 143

pobre CoQstitución es la persona que ha sido violada más veces en Méjico.)

Pero el resto del país— millones de personas calla, con un silencio reflexivo, ó habla para decir:

¡La Constitución! ¡la Libertad!... Pretextos para apoderarse del gobierno y comer. Todos son lo mismo. ¡Todos ladrones!

Y en esta generalización ofensiva compren- den á todos los personajes políticos, sin per- donar hasta los que han muerto de un modo trágico.

El pueblo mejicano, que tiene cierto instinto literario y gran imaginación, sabe inventar his- torias ingeniosas é interesantes para vengarse de los que están arriba. Su crítica cruel no respeta ni á la muerte. ¡El pobre pueblo ha sufrido tanto y tiene tantas cosas de que vengarse!...

La historia de lo que le ocurrió á don Jesús Carranza después de muerto es un cuento cruel, pero interesante y gracioso.

Este hermano de don Venustiano tuvo un final trágico. Cuando Carranza estaba bloqueado en Veracruz por las tropas de Zapata y Villa, envió á su hermano á una expedición en el Sur de Méjico.

La misma escolta facilitada por don Venus- tiano para que lo guardase se sublevó y le hizo

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prisionero. Estas bro mi tas nada tienen de extra- ordinarias en las revoluciones mejicanas. Nadie sabe con certeza con quién puede contar, y si el amigo, al abrazarle, le dará una cuchillada por la espalda.

Don Jesús, con todo su Estado Mayor, quedó prisionero de uno de los cabecillas enemigos de don Venustiano, y aquí empieza una situación dramática. El guerrillero telegrafió al presidente exponiéndole una serie de exigencias políticas que equivalían á su abdicación y lo amenazó con que si no las aceptaba fusilaría á su hermano.

El altivo y tenaz Carranza no contestó, y entonces el guerrillero fué fusilando, como una advertencia, á todo el Estado Mayor de don Jesús. Nuevo telegrama, que despreció igualmente el presidente, y el hijo de don Jesús, sobrino de don Venustiano, fué fusilado á su vez. Un último te- legrama, que no logró conmover la férrea volun- tad de don Venustiano, y don Jesús fué fusilado también horas antes de que llegasen las tropas carrancistas enviadas para libertarle.

Esta trágica historia sólo conmovió á los par- tidarios del presidente. Hubo pequeños pueblos que tomaron el nombre de Jesús Carranza, pero que seguramente se habrán desbautizado á estas horas, después de la caída de don Venustiano.

Mientras los amigos del gobierno lloraban al

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mártir, el pueblo, gran novelista anónimo, for- jaba su historia.

Hay que advertir que, al principio de la revo- lución, mientras don Venustiano hacía la guerra á los partidarios de Huerta en determinados te- rritorios, don Jesús mandaba también una divi- sión cerca de la frontera de los Estados Unidos.

Yo no vi sus operaciones militares, pero la gente en Méjico las relata diciendo que este Ca- rranza fué un verdadero Napoleón para despo- blar los «ranchos» y llevarse los ganados. No había animal cornudo que se le escapase. Todos caían prisioneros ante su empuje vencedor. En unas cuantas de estas batallas limpió de gana- dos los territorios sometidos á su autoridad. Luego hacía pasar la frontera á los miles y miles de prisioneros, entregándolos generosamente á los comerciantes de los Estados Unidos á cam- bio de unos simples retazos de papel salidos de los Bancos.

Y aquí empieza el cuento mejicano.

Cuando don Jesús murió, fué directamente al infierno. ¿Á qué otro lugar podía ir?... En aque- llos días había guerra, no solamente en Méjico, sino en la mayor parte de Europa, y... figúrense ustedes si sería grande la entrada de huéspedes en el infierno. ¡Qué de incendiarios de ciudades! ¡qué de asesinos! ¡qué de ladrones!...

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El demoaio, que lo sabe todo, se enteró de la llegada de don Jesús y quiso conocerle. Como tiene cuernos y el pie hendido, le interesaba ver de cerca á este perseguidor invencible de los animales cornudos y con pezuñas.

—¿Dónde está Jesús Carranza?— gritó desde lo alto de su trono negro.

Silencio absoluto. El aludido no quería de- iarse ver, alarmado por tanto interés. Como cons- taba de miles y miles de condenados la última remesa infernal, se encogió humildemente, ocul- tándose detrás de sus camaradas de suerte.

Varios diablos pequeños, obedeciendo las ór- denes de su amo, pasaban gritando entre los grupos, como pasan los hell-loys de los hoteles de Nueva York cuando tienen que dar un men- saje.

¡Mister Carranza!... ¡Mister Carranza! Otra vez un silencio interminable, y el demo- nio se enfadó por esta falta de respeto. Luego, llamando á uno de los diablillos más hábiles, le dijo: —Conviértete en vaca. Inmediatamente sonó un mugido, y una vaca hermosa, de color de fuego, empezó á correr entre los grupos.

Pero alguien corrió más que ella. Por encima de los condenados saltó un hombre con la vio-

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lencia de un proyectil y se agarró jadeante de codicia al rabo del animal; luego á los cuernos. No te escaparás... no te escaparás rugía . Es inútil. Mía eres.

Así descubrió el demonio á don Jesús Ca- rranza.

VI

La situación de Méjico

Cuando se habla de Méjico y las cosas ab- surdas que ocurren en él, son muchos los que se imaginan una nación medio salvaje, que sólo sabe vivir entregándose á la violencia y desco- noce los deberes que debe observar todo pueblo civilizado.

El que tal piense se equivoca por completo. Este error nada tiene de extraordinario. Las na- ciones, por más ilustradas que sean, ignoran siempre la verdadera naturaleza de la nación vecina. Una obligación de todos los pueblos pa- rece que sea desconocerse y calumniarse. En- cuentro natural que Méjico sea mal conocido. Los mejicanos— incluso los que viven en las al- turas del gobierno— conocen igualmente mal á los demás países.

Puede afirmarse que Méjico es una nación ci-

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vilizada, como cualquiera otra nación de la Amé- rica que habla español, pero extraordinariamente desgraciada.

Su historia en los últimos cincuenta años puede resumirse del siguiente modo: los que pretendieron darle una fisonomía moderna no supieron ó no desearon completar su obra; los que vinieron después de ellos no sólo no com- pletaron esta civilización, sino que, por fanatis- mo político, destruyeron gran parte de la obra anterior.

Yo no he admirado jamás al general Porfirio Díaz. Era simplemente un tirano. El orden que mantuvo durante treinta años fué producto de una serie de fusilamientos sin testigos y de aten- tados á la libertad individual. En esos treinta años mató tal vez más gente, de un modo sordo y oculto, que ha muerto después en todas las batallas sucesivas de la revolución. Además, pu- diendo conseguir con su poder dictatorial que la instrucción pública diese un gran paso en un pueblo de analfabetos, prefirió mantenerlo en la ignorancia.

Esto es cierto en lo que se refiere al orden es- piritual y político de Méjico. Pero en el orden material, justo será reconocer que la nación me- jicana no ha tenido un solo gobernante que pueda compararse con don Porfirio.

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Todo lo que de notable existe en Méjico con un carácter moderno es obra del general Díaz. Los grandes edificios de las ciudades, las obras de sanidad, los ferrocarriles, los puertos, los es- tablecijnientos de enseñanza para las clases aco- modadas, todo es de su época. Asombra ver lo que se construyó ó se dejó á medio concluir en la época de este tirano. Mantuvo dormido el espí- ritu de un pueblo, pero supo dar á éste las apa- riencias de una nación.

Además, hay que reconocerle otro mérito. Méjico es un país que ha heredado de los indios una tendencia á odiar al extranjero, á huir de él con una retractibilidad irresistible, ó á hostili- zarle, si es que puede. Díaz, por el contrario, re- conoció que su país sería más grande y civilizado cuanto más estuviese en contacto con el resto del mundo.

Su glorioso antecesor, Benito Juárez por el que todo hombre de ideas republicanas siente interés y simpatía , tuvo un grave defecto. Como era indio, por un irresistible impulso de raza sintió desconfianza ante todo extranjero y procuró evitar su presencia. Temiendo para su patria la influencia exterior después de la aven- tura imperial de Maximiliano, procuró mantener el aislamiento geográfico en que vivía. Las pla- yas siguieron siendo playas sin puerto alguno,

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y al Norte de la República continuó existiendo un desierto, separación casi infranqueable entre los Estados Unidos y la meseta en que está el centro de la vida de Méjico.

Porfirio Díaz hizo lo contrario. Creó puertos que pusieron á su nación en un contacto más continuo con Europa; tendió varias líneas férreas que la unieron con la vecina República de la Unión. Se preocupó de aumentar la riqueza del país, favoreciendo el establecimiento de nuevas industrias, fomentando la minería, apoyando di- rectamente el descubrimiento de los pozos de pe- tróleo, gran acontecimiento ocurrido en los últi- mos años de su mando.

En este período, Méjico no tuvo libertad, pero tuvo paz y riqueza.

Un grupo de hombres inteligentes, que el pú- blico apodó por sorna los «científicos», y acaba- ron por adoptar este título, se puso á las órdenes del antiguo guerrillero convertido en dictador, colaborando con él. Hubo ministro que desempe- ñó el ministerio treinta años seguidos. El pueblo, como era natural, consideró muy larga esta tu- tela, pues tal duración apenas si se encuentra en los anales de las monarquías absolutas. Y sobrevino la revolución; y todo el país unos por anhelo de libertad, otros por el deseo de ver algo nuevo después de tan larga inercia se

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lanzó, como en otro tiempo, en las aventuras revolucionarias.

Hoy, después de diez años, los observadores empiezan á darse cuenta de que la llamada re- volución mejicana ha servido de muy poco. Bajo Carranza no existió más libertad que bajo don Porfirio, y en cambio faltaron totalmente la paz y la prosperidad.

Los gobiernos revolucionarios no han hecho nada nuevo materialmente. Todo lo que hoy existe existía ya bajo el gobierno de Díaz; pero ahora está más viejo, casi arruinado, como un edificio que se desmorona falto de alguien que lo cuide y recomponga los desperfectos que cau- san los años.

Además, el país no ha ganado en moralidad. En tiempo del general Díaz, el pueblo se quejaba, lo mismo que ahora, de la falta de honradez de sus gobernantes y llamaba ladrones á los «cien- tíficos», como después ha llamado á los revolu- cionarios.

Tal vez el pueblo tuviese razón. Yo no he visto de cerca á los hombres dirigentes de dicha época, pero parece que una fatalidad pesa sobre el pobre Méjico en lo que se refiere á la avidez de dinero que sienten sus gobernantes.

Si realmente los «científicos» fueron ladro- nes, se distinguieron de los de ahora por una

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coadición digtia de aprecio. Eran ladrones cons- tructores, mientras que los de ahora han sido ladrones destructores. Los primeros no arreba- taron el dinero á la propiedad individual, sino que se enriquecieron con las comisiones recibi- das sobre grandes obras públicas , de utilidad para el país.

Además, su engrandecimiento fué lento. Em- plearon treinta años en hacerse ricos; no tenían prisa; pudieron robar prudente y dignamente, pues su gobierno era de vida larga.

Los ladrones de ahora han sido de tiro rápido, ladrones ametralladoras, que tenían sus años contados y necesitaban enriquecerse pronto.

* * *

Hay que ver el cuadro que ofrece Méjico ac- tualmente. De los antiguos ferrocarriles sólo que- dan las vías. El gobierno de Carranza se apoderó de ellos sin pagar nada á las empresas propieta- rias, y ha venido explotándolos varios años, em- bolsándose el dinero, sin renovar el material. Quedan unos cuantos centenares de vagones vie- jísimos y unas cuantas locomotoras remendadas y asmáticas, que sirven unas veces para condu- cir viajeros que no tengan prisa y otras para que los insurrectos puedan entretener su habilidad portentosa de dinamiteros de trenes. Los vago-

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nes pullman 80X1 del dominio de la chinche, y la electricidad, rebelde á funcionar, es sustituida con frecuencia por la luz de un par de bujías.

Muchas de las estaciones son una simple ca- silla de madera que está al lado de unas ruinas negras: la antigua estación incendiada hace al- gunos años por los revolucionarios.

Un poco más allá hay docenas de esqueletos de vagones con los hierros hollinados y retorci- dos, como si aún se estremeciesen recordando la explosión que los mató.

Los puertos tienen cada vez menos tráfico, y en ciudades que fueron prósperas, como Vera- cruz, los cargadores esperan tomando el sol y con los brazos cruzados.

Esta tierra mejicana, una de las más feraces del planeta, ya que puede dar hasta tres cose- chas por año, apenas si da para el mantenimiento del país. La agricultura, en vez de crecer, ha re- trocedido. El ganadero deja de serlo, pues no quiere criar reses para que las vendan ó las co- man los revolucionarios. El cultivador se ve abandonado de pronto por sus jornaleros. Éstos creen que es mejor que labrar el suelo tomar una carabina é irse unas veces con Villa, otras con Carranza y ahora con Obregón.

Las únicas industrias exportadoras de este país son las minas, que «e trabajan poco, el hene-

EL MILITARISMO MEJICANO

qiién, producto del suelo de Yucatán, y los pozos de petróleo de Tampico. Como éstas son las úni- cas riquezas existentes, cargan la mano sobre ellas los gobernantes. Especialmente los petro- leros— en su mayoría americanos han venido pagando á Carranza en concepto de varios im- puestos el 40 por 100 de su producción diaria. Cierto general lugarteniente de Obregón reco- noce en un escrito suyo que el impuesto que pagan los petroleros es formidable. Si dejasen de pagarlo por un trimestre, el gobierno de Mé- jico no podría seguir viviendo económicamente, pues este es el único ingreso con que cuenta, sano y positivo.

Además, el pueblo está agobiado por toda clase de contribuciones, y el Ministerio de Ha- cienda, no contento con esto, cada dos años orga- niza un robo escandaloso, nunca visto en ningún pueblo, y del cual hablaré después.

Es realmente triste el contraste que se ofrece en Méjico al observador entre lo que es el país y lo que podría ser de hallarse medianamente gobernado.

El campesino, con su sombrero de paja enor- me como un paraguas y envuelto en su pon- cho rojo, permanece en cuclillas con aire pen- sativo, aunque tal vez no piensa. Horas después, si volvéis á pasar por allí, lo encontraréis en la

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misma posición. No se ha movido, no ha hecho nada. Tal vez comió una tortilla de maíz, que constituye todo su alimento. Y este hombre su- fre hambre material y anemia moral sentado sobre uno de los tronos más ricos de la tierra. El suelo que le sustenta guarda plata, guarda oro, guarda petróleo, y su superficie puede dar el 90 por 100 de los productos agrícolas de toda la tierra.

No le creáis un perezoso, no le creáis uno de esos soñadores incapaces de acción. El trabaja- dor mejicano es inteligente y activo cuando se le facilitan los medios de trabajar bien y con provecho.

Ese hombre no es mas que un desengañado, un fatalista que se entrega á su desgracia. Lleva diez años derramando su sangre, de combate en combate, siempre por la libertad, y aún no ha visto la libertad. Los que gobiernan su aldea y su provincia tienen los mismos vicios que los que las gobernaban en tiempo del general Díaz. Á este iletrado le hicieron creer que todo cuanto existía en Méjico iba á repartirse; y ha visto cómo les confiscaban los bienes á los ricos, pero no ha visto todavía que los repartan entre los pobres. A los ricos que lo eran por herencia y por tradición han sucedido ahora otros ricos improvisados, que él conoció antes como compañeros de miseria.

BL MILITARISMO MEJICANO 157

¡Todo mentira! Y los mejicanos, pensando en esto, ó permanecen impasibles dejando que trans- curran los sucesos, ó se pasan al partido de los aventureros que cambiaron rápidamente de po- sición social. Desean en este último caso que surja una revolución todos los años, que nadie permanezca mucho tiempo en el poder, que se sucedan los gobiernos, para que así lleguen á go- zar todos por turno las dulzuras y las ventajas del mando.

* * *

Imagínense los norteamericanos que un día el gobierno de Washington lanza un papel-moneda declarándolo de curso forzoso. Todos lo aceptan. Después, el gobierno, por si alguien pudiera tener dudas, declara repetidas veces que la deuda que representa este papel es sagrada, y que se pagará religiosamente cuando llegue el tiempo oportu- no. Luego, de repente, el mismo gobierno decreta un día que el papel no vale nada, que no reco- noce el compromiso que figura en él, que no pagará ni un céntimo á su presentación, y todo el país queda arruinado.

¿Verdad que parece esto imposible? ¿No es na- tural imaginarse que en ningún país de la tierra puede verse esto?...

Pues así ha ocurrido en Méjico por dos veces.

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El gobierno de Carranza hizo en diferentes épo- cas dos emisiones de papel, que él mismo lanzó á la circulación y él mismo se negó después á reconocer: robo financiero, más irritante que los que cometen los jefes de partida en los campos y que arruinó á gran parte del país.

Últimamente, pocas semanas antes de la re- volución que lo ha derribado, el gobierno lanzó un tercer papel, aunque sin atreverse á decla- rarlo de curso forzoso, y nadie quiso tomarlo, convencido de que al final no valdría nada.

El hombre de Carranza para todos los asuntos financieros ha sido el abogado Luis Cabrera.

Me abstengo de hacer su descripción, pues Cabrera ha estado varias veces en los Estados Unidos y son muchos los que le han visto. Ade- más, los que no le conocen personalmente lo co- nocen de sobra por sus extraordinarias combina- ciones financieras, que han servido para arruinar á muchos negociantes americanos.

Cabrera tiene una notable cultura literaria y escribe bien. Él era la pluma de don Venustiano. Cuando éste quería herir hondamente á un adver- sario en un documento gubernamental, mandaba llamar á su ministro de Hacienda. Muchas de las cosas malas decretadas por Carranza las ha fir- mado éste, pero en realidad fueron de Cabrera.

El credo político-económico del ministro de

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Hacienda se resumía en pocas palabras: «El di- nero hay que sacarlo de donde esté», máxima sabia que se enseña en todos los presidios y se repite en todos los antros donde se reúnen los ladrones.

Siguiendo esta máxima, y otra que le es tam- bién favorita, «La revolución es la revolución», Cabrera ha realizado los atropellos más inaudi- tos. El más notable fué enviar tropas á los Ban- cos extranjeros de Méjico, para tomar por asalto las cuevas donde están las cajas de valores y llevarse el metálico que guardaban dichos esta- blecimientos. Eso no lo ha hecho jamás ningún ministro de Hacienda de ningún país. Nadie po- drá disputar á Cabrera tal originalidad.

Durante cuatro años ha ejercido junto á Ca- rranza un poder sin límites de astuto consejero, de sugeridor de soluciones en los momentos di- fíciles.

Cabrera tiene talento literario. Hubiera sido un buen profesor de crítica, pero la revolución mejicana, por su falta de lógica y su escasez de hombres, hiz® de él un ministro de Hacienda.

Sus habilidades de escritor las empleó mu- chas veces en engañar al país, haciéndole creer que bajo el mando de don Venustiano todos vi- vían en la mayor abundancia.

Pretendió demostrar que había un superávit

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en los ingresos; pero este superávit lo consiguió sin pagar á los tenedores de la Deuda mejicana, que representan miles de millones, y no han co- brado intereses en muchos años; sin pagar nume- rosos servicios públicos, sin dar un céntimo á los maestros, que el gobierno confió á los Ayunta- mientos, y cansados de no cobrar cerraron las puertas de sus escuelas.

Cabrera, que es un ironista un tanto cínico, ha debido reírse muchas veces á solas releyendo las hermosas invenciones salidas de su pluma para distraer al pueblo mejicano y engañar á los capitalistas extranjeros. Su propósito era conse- guir un empréstito, sin el cual no puede seguir viviendo el gobierno de Méjico, sea cual sea.

Como el lector habrá adivinado ya, el pueblo odiaba á Cabrera; primeramente, por ser la repre- sentación de los impuestos cada vez más nume- rosos y más pesados; después, por las muchas cosas que se cuentan acerca de su valor moral y de los grandes negocios particulares realiza- dos al amparo del Ministerio.

Él mismo tenía conciencia de esta impopula- ridad cuando decía irónicamente: «Gozo el honor de ser considerado como el primero y el más dis- tinguido de los ladrones de Méjico.»

¡Qué de negocios no se han contado de él! ¡Qué de millones y millones no se han supuesto

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entrados en la caja particular de este eterno mi- nistro de Hacienda de don Venustiano!...

Justo es reconocer que supo hacer frente con cierta gallardía á los ataques de sus enemigos. Este abogado es hombre pacífico. Aunque hizo la guerra en el ejército de Carranza, marchó siem- pre á retaguardia, como Bonillas, figurando en el bagaje administrativo.

Esto no impide que tenga en su vida cierta fatalidad trágica, como casi todos los mejicanos mezclados en la revolución. Dos de sus hermanos murieron fusilados. Luis Cabrera, indudablemen- te estaría fusilado á estas horas si el pueblo de Méjico lo hubiese pillado en el momento de la fuga de Carranza.

Pero astuto como una rata marinera, que pre- siente con anticipación cuándo va á naufragar el buque, parece que escapó algunos días antes, abandonando á don Venustiano.

Este hombre, en tiempo de paz, cuando se sentía defendido por la fuerza que tiene todo gobierno, era de una audacia y un aplomo des- concertantes. Á los enemigos que le acusaban de poseer una gran fortuna hecha en el Minis- terio les contestó con una escritura pública en la que se comprometía á entregar todos sus bienes á aquel que lograse descubrirlos. Él no tenía nada; era pobre como un asceta del desierto.

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Tal audacia causó al principio cierta impre- sión, pero luego provocó carcajadas, y las gentes maliciosas dijeron en público:

Es cierto; por más que se busque, en Méjico no se encontrará nada suyo. Pero es porque todo lo que recoge lo guarda en Barcelona.

Y dijeron en Barcelona porque Cabrera residió allá largo tiempo antes de ser ministro.

Esta declaración teatral de Cabrera y su in- eficacia para convencer al público trae á mi me- moria una anécdota que me contaron en Méjico.

Otro ministro joven, que tuvo que abandonar su puesto, fué acusado igualmente de hacer di- nero con su cargo, y se defendió enérgicamente de tal imputación en un acto público.

Yo soy pobre, señores dijo á los oyentes ; yo no he ganado ningún dinero en el gobierno. Juro por Dios y mi conciencia que me compro- meto á dar en veneno á mis hijos todo el dinero que haya podido robar.

El dramático juramento conmovió al público. Se hizo un profundo silencio de emoción. Todos parecían convencidos. Pero de pronto, una voz burlona deshizo el efecto: Es que los hijos no son suyos.

Y la emoción fué seguida de una carcajada general.

* * *

EL MILITARISMO MEJICANO 163

Lo más terrible en la historia de Méjico, la principal causa, á mi juicio, de su anormal si- tuación, es que este país ha sido gobernado siempre por generales; mejor dicho, por rústicos jinetes, expertos en la ciencia del machete, que se improvisaron generales.

Ha habido algunos gobiernos de hombres ci- viles, pero contadísimos y muy esparcidos, como islas perdidas en el Océano.

Los gobiernos nacieron casi siempre de revo- luciones, y el gobernante fué por regla general el guerrillero más atrevido ó el que con mayor astucia supo conducir y explotar á sus cama- radas.

Por esto el propósito de Carranza de acabar para siempre con el militarismo, pasando la pre- sidencia á un sucesor puramente civil, era bene- ficioso y acertado. Lo detestable fué el hombre escogido por él, falto de popularidad, traído del extranjero, y los procedimientos violentos que empleó para hacerlo triunfar.

¿Es que acaso preguntará el lector no hay en Méjico personas ilustradas capaces de constituir un gobierno puramente civil, como el de los demás países?

Indudablemente que las hay, y tal vez existen en mayor número que en otras repúblicas de América.

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Pero Méjico se diferencia mucho de algunas de éstas en lo que se refiere á composición étnica. En las repúblicas hispanoamericanas más progre- sivas domina el elemento blanco y éste tiene la dirección de los negocios públicos. En Méjico son tantos los indígenas y tan pocos los blancos, que bien puede decirse que éstos resultan esclavos de los otros, gracias á las revoluciones.

Hay menos de dos millones de blancos frente á trece ó catorce millones de gente cobriza, entre indios y mestizos. El indio verdaderamente puro es pasivo y representa un papel de comparsa. El temible es el mestizo, que parece haber heredado todos los apetitos y las malas pasiones de las dos razas de que procede, sin ninguna de sus vir- tudes.

De las familias puramente blancas salen por regla general los hombres de estudio, los inte- lectuales, los que proporcionan un prestigio mo- ral á su país. Hay que declarar que Méjico es una de las repúblicas hispanoamericanas que ha dado más personalidades eminentes á la literatura es- pañola. Además, el pueblo de las ciudades ge- neralmente tiene grandes disposiciones para las artes. Es músico por instinto, ama mucho la poesía y muestra veneración por la ciencia.

Pero en general, las clases ilustradas, ó mejor dicho, los blancos, consiguieron pocas veces ver

KL MILITARISMO MEJICANO 165

á uno de los suyos en la presidencia de la Repú- blica.

El hombre ilustrado en Méjico puede ser un profesor insigne, un gran abogado, un gran mé- dico; puede dirigir un periódico, puede ser dipu- tado ó senador, puede llegar hasta á ministro; pero muy rara vez consigue llegar á jefe del Estado.

Para conquistar la presidencia de la Repú- blica hay que haber sido hombre de caballo y machete. Y como éstos, por regla general, tienen la tez cobriza, casi puede decirse que es preciso para llegar á presidente contar con un origen indio.

Un Clemenceau, un Lloyd George, ú otro po- lítico insigne del mundo viejo, de haber nacido mejicano, habría llegado cuando más á ser mi- nistro de Instrucción pública en un país de pocas escuelas, pues á esto es á lo que pudieron llegar muchos hombres eminentes que tuvo Méjico en otros tiempos.

Yo creo imposible, mientras la República me- jicana sea como es actualmente, que pueda sub- sistir allí un gobierno formado por hombres pura- mente civiles.

Personajes de valía no faltan. Los hay á do- cenas dentro de Méjico, pero arrinconados en sus casas, huyendo de mezclarse directamente en la

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política ó sirviendo en empleos secundarios á los macheteros triunfantes. Los hay también vaga- bundos por el extranjero, deseando volver á su patria y presintiendo al mismo tiempo que su esfuerzo tal vez resulte inútil.

Supongamos que se pudiese formar un go- bierno de hombres ilustres y pacíficos sin nece- sidad de una revolución, lo que sería milagroso. (Mi suposición es á base de que la subida de estos gobernantes sea pacíficamente, pues de ser por una revolución, los que ocuparían el gobierno no serían ellos, sino los generales que hubiesen preparado el movimiento revolucionario.)

Ya tenemos á los hombres civiles en el poder. Para sostenerse en él y realizar algo bueno, nece- sitarían un ejército nacional en que apoyarse. Lo primero que tendrían que hacer sería suprimir los antiguos abusos, la excesiva familiaridad con que todos los funcionarios tratan el dinero del país, desde el ministro al último recaudador; per- seguir á los ladrones, purificar los centros admi- nistrativos. Esto crearía muchos descontentos, y ya se sabe lo que hacen en Méjico los desconten- tos del gobierno: se sublevan contra él, pues siempre hay allá gente dispuesta á seguir al que se subleva.

Un ejército tendría que defender de los ata- ques de los revoltosos al gobierno de los hombres

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civiles é ilustres, y ese ejército estaría segura- mente mandado por alguien; un general cual- quiera, el general Martínez ó el general Pérez. Pues bien; este general debería estar fabricado con una pasta distinta á la de todos los generales mejicanos que han existido hasta ahora. De no ser así, seguramente que procedería con la lógica que han procedido todos los «caudillos ilustres» de Méjico desde los tiempos de la Independencia. Yo soy el que sostengo á este gobierno con mi espada. Lo natural es, pues, echar abajo al gobierno y colocarme yo en su lugar. No quiero que abusen de mí.

Y el gobierno de los hombres puros, de los hombres salvadores, no duraría un año.

El militarismo tiene más fuerza en el Méjico actual que tuvo hace poco tiempo en la Alema- nia de Guillermo 11. Es un militarismo sin uni- forme, un militarismo de chaqueta; compuesto de generales, coroneles y comandantes que van de paisano, se hacen llamar «ciudadanos», re- cuerdan que fueron simples particulares antes de la revolución de 1914, pero forman una casta aparte, tienen sus ídolos y quieren imponerlos al país, para que ocupen el gobierno.

Algunos diarios extranjeros han aceptado la idea de que la caída de Carranza significa un movimiento regenerador.

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Pronto oiremos palabras sonoras. El milita- rismo mejicano tiene mucho de literario y ampu- loso. Los triunfadores hablarán de «democracia que ahora empieza á vivir», de una nueva exis- tencia de Méjico, del inmediato cumplimiento de las promesas de la revolución, etc., etc. ¡Menti- ras! ¡Palabras nada más!...

La presente revolución puede definirse del siguiente modo: ha sido la sublevación de dos generales que aspiraban á la presidencia contra un presidente enérgico y testarudo que preten- dió imponer violentamente la candidatura de un hombre civil.

No ha habido más. La prueba está en que si Carranza hubiese desistido de imponer á Boni- llas, no habría surgido la revolución.

Méjico no puede esperar nada. nuevo; ni los que se sienten molestados por el estado de per- petuo desorden en que vive este país, digno de mejor suerte, deben tener ninguna ilusión de re- medio inmediato.

Carranza era malo como gobernante; pero los que le han vencido son discípulos suyos y ni si- quiera poseen su vigorosa y tenaz personalidad.

Es un disparate soñar cosas nuevas con hom- bres tan gastados como Obregón y don Pablo Gon- zález. Equivale á querer confeccionar un traje con una tela que se deshiciese de puro apelillada.

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Los dos son bien conocidos y no pueden ofre- cer sorpresas. De don Pablo, unos se ríen por creer en su insignificancia, y otros tienen miedo á su enigmática bondad.

Obregón es un impulsivo, un original. Sus mismos amigos, que le ven bien en todas partes, como si sirviese para todo, no están convencidos de que haya nacido para jefe de Estado.

Además, en la capital, la gente se acuerda aún de sus hazañas cuando entró vencedor, luego de batir á Villa. Una de sus bromas más ingenio- sas fué convocar á todo el alto comercio de la ciudad en un teatro, rodear el edificio de solda- dos y ametralladoras, y hacer saber luego á los reunidos que si no le entregaban tantos millones para sus tropas, los fusilaría á la salida.

Otra vez, en vista de que el comercio no le daba más dinero, se llevó presos á los dueños de los establecimientos más ricos de la ciudad en su mayor parte extranjeros y los hizo barrer las calles. Procedimiento seguro. Á las pocas horas, uno tras otro fueron entregando la escoba, fati- gados y avergonzados de este trabajo, y regatea- ron con Obregón el precio de su rescate.

Un hombre así debe ser delicioso en la pre- sidencia de la República. Cualquiera siente de- seos de irse á vivir allá.

* * *

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El Único personaje nuevo que ha producido esta revolución es Adolfo de la Huerta, el gober- nador de Sonora. Yo no lo conozco personal- mente, pero tengo amigos que lo son suyos y me han hablado de él.

Es un joven culto y entusiasta, sincero en sus ideas, y que no parece contaminado aún por la política á estilo mejicano. Su actitud frente á Carranza fué noble y valerosa. Se atrevió á su- blevarse el primero, corriendo el mayor peligro, y en los momentos preliminares parecía que la suerte iba á serle adversa.

Además ha viajado, ha vivido en el extranje- ro, lo que es muy de apreciar en un país donde los gobernantes suelen no haber pasado nunca las fronteras. Fué cónsul algún tiempo en Nueva York. Antes de que iniciase esta revolución, sus amigos sólo sabían de él que amaba mucho las artes, con especialidad la música, y se dedicaba fervorosamente al cultivo de su voz: una bonita voz de tenor.

Este hombre representa lo que una virgen perdida en medio de comadres marrulleras, avi- nagradas y astutas, que pretenden rejuvenecerse con su contacto.

Tal vez acabe mal. Entonces, ¿no hay remedio para Méjico? preguntará el lector.

EL MILITARISMO MEJICANO 1"?!

Sí; lo habrá. No aún cuál puede ser, pero lo habrá. Yo soy optimista. Eq el mundo todo acaba por arreglarse. Se arregla bien ó mal, pero todo se arregla.

La vida es más fuerte que las barbaridades y los errores de los hombres, y unas veces de un modo suave, otras de un modo doloroso, siempre termina por restablecer el ritmo ordenado y pro- gresivo, sin el cual no es posible la existencia.

vil

Lo» {generales

Creo necesario empezar este artículo con un cuento.

Dicen que en la segunda década del siglo XIX, cuando el rey Fernando Vil destrujó en España el régimen constitucional, para restablecer la monarquía absoluta, había en Madrid un cómico muy malo, rematadamente malo. El público, no pudiendo tolerar su falta de condiciones artísti- cas, intentaba arrojarle patatas á la escena; pero él, que era hombre listo, al presentir la tormenta, le salía al encuentro.

¡Viva el rey absoluto! gritaba con entusias- mo— . ¡Mueran los liberales!

Y la calma y el silencio se restablecían ins- tantáneamente. ¿Quién osaba atacar á un hombre que profería tales gritos? Se hubiese interpretado como una traición al rey.

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Algo sem(^jánte han hecho contra algunos que tienen un interés egoísta en sostener al ac- tual gobierno mejicano; y lo mismo harán en el porvenir muchos, muchísimos, todos los que juzguen conveniente para su carrera defender á dichos gobernantes, atrayéndose de tal modo su gratitud.

—¡Ataca á la América latina!— gritan como el cómico—. ¡Desacredita á los que hablan su lengua y son de su misma civilización!...

Yo tengo un largo pasado literario que me defiende sobradamente de estos clamores pueri- les. En los últimos veinte años he escrito bas- tante en defensa de las naciones hispanoameri- canas, y he hablado en muchos países de lo que ha sido y es la civilización de origen hispánico en el nuevo mundo.

Y no he hablado solamente ante públicos de lengua española, pues esto representa conven- cer á los ya convencidos, sino que he ido propa- gando mis ideas por naciones de diversos idio- mas. He dado conferencias sobre la civilización hispanoamericana en muchísimas ciudades de los Estados Unidos. Hasta las he dado en Mé- jico, donde resulta peligrosísimo, pues allá— ex- ceptuando á una minoría ilustrada— todavía el vulgo, inñuenciado por una perversa educa- ción, diviniza al azteca antropófago sacador de

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corazones, atribuyéndole todas las virtudes his- tóricas, y execra al español, que implantó en el país la civilización cristiana.

Es cosa habitual en los que se sienten culpa- bles y no saben qué responder embrollar la cosas y desfigurar el pensamiento ajeno. Conmigo no sirve eso. Yo digo lo que pienso, y es inútil in- ventar lo que no he dicho ni diré nunca.

Una cosa es la llamada América latina den- tro de la cual está Méjico nación , y otra la turba de aventureros de pistola que vive explotando y deshonrando al pobre pueblo mejicano. Defen- deré siempre la independencia y la dignidad de las naciones que hablan mi idioma nativo y tie- nen algo de mi sangre; pero el hecho de que una turba de guerrilleros que pesan mortalmente so- bre el infeliz Méjico empleen para expresar sus egoísmos y sus ambiciones el mismo idioma que yo, no es motivo para que los defienda.

He combatido en mis obras el militarismo alemán, juzgándolo fatal para el mundo. ¿Por qué voy á transigir con el militarismo mejicano, más grotesco é irracional que el germánico?...

Por lo mismo que soy español y amo la lla- mada América latina, he creído necesario com- batir á ese militarismo de pistola que nos hace un daño horrible á todos los de nuestra raza. Si el Méjico de Obregón, de Villa y tantos otros

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estuviese en el último extremo del continente americano, allá por la Tierra del Fuego, aún podría uno vivir sin ocuparse de él. Pero está junto á los Estados Unidos la nación más po- derosa de la tierra en estos momentos , ha perjudicado con sus rapacidades revolucionarias á Inglaterra, á Francia y á otros países que diri- gen la opinión del mundo, y esto repercute en desprestigio de todos los que por nuestro origen nos sentimos en relación de simpatía con ese pueblo desgraciado.

En otro artículo hablaré de lo que perjudica el estado anormal de la nación mejicana al crédito moral de los españoles por ser los mejicanos de lengua española y á las naciones más impor- tantes de América que hablan el mismo idioma.

La humanidad no sabe geografía, y en sus juicios sobre los pueblos generaliza de un modo peligroso. Para las más de las gentes, el pobre Méjico, con sus diez años de revolución sin fina- lidad, es igual á otras naciones progresivas, tran- quilas y de espíritu moderno como Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, etc. ¡Todas están en la llamada América latina!

Hay que decir la verdad, para que acaben estas confusiones lamentables.

jLa verdad!... Nada tan peligroso y tan anti- pático para algunos hombres.

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Hace pocos días encontré á un mejicano que me dio en otro tiempo algunos de los datos que he empleado en mis artículos. Hay que advertir que yo no he inventado nada en estos artículos, pues no son una novela. Todo cuanto digo en ellos, anécdotas, murmuraciones, historias de robos, todo me lo han proporcionado los mismos mejicanos.

Muy mal me dijo . Sus artículos le cau- san á Méjico un daño horrible.

Entendámonos: ¿á Méjico ó á los que domi- nan y explotan al pobre Méjico? Porque le ad- vierto que si perjudican á éstos, eso es lo que yo busco... Además, ¿no es verdad todo lo que cuento?

Iba á decirme que no era verdad: se lo adiviné en la expresión de su rostro. Luego debió acor- darse de que él mismo me había comunicado mucho de lo dicho por mí, y contestó penosa- mente:

que es verdad; pero añadió con ener- gía— las verdades no son casi nunca buenas. Deben guardarse para entre los amigos y no lan- zarse al público.

Después de una pausa reflexiva, siguió di- ciendo, como si acabase de hacer un gran des- cubrimiento:

Esos artículos debió usted haberlos escrito

EL MILITARISMO MEJICANO 177

para España. Nada nos importa lo que diga el público de allá. ¡Pero publicarlos en los Estados Unidos!...

Ya lo sabe el lector. La verdad sobre los asun- tos actuales de Méjico no es artículo de exporta- ción para los Estados Unidos.

Aquí sólo debe enviarse lo contrario de la verdad.

Y el que no haga esto, es un enemigo de Méjico.

* * *

No intento comparar el militarismo alemán con el mejicano. El alemán parece que murió ó que agoniza, y el mejicano está en plena juven- tud y aún dará mucho que hacer.

El militarismo alemán se basaba en la tradi- ción, en la jerarquía, en el orden, y además os- tentaba como origen las victorias de 1870. El militarismo mejicano se funda en el desorden, en la improvisación, fruto de la audacia, en la insu- rrección, medio seguro de subir, y sólo cuenta en su historia una serie de guerras civiles, de fusi- lamientos de mejicanos, de destrucciones de pue- blos y ferrocarriles nacionales, estando aún por ver de lo que sería capaz en punto á inteligencia y pericia profesional si tuviese que defender su país de una agresión extranjera.

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Lof generales alemanes habían creado un em- perador para siempre, que se perpetuaba por he- rencia de padre á hijo. Los generales mejicanos crean un emperador republicano de vez en cuan- do, á imagen de sus deseos y ambiciones; ayer Carranza, «el primer jefe», «el respetado maes- tro», sin perjuicio de derribarlo y de «suicidar- lo»; hoy Obregón, el caudillo familiar que á todos adula y halaga; mañana otro sea el que sea , siempre que prometa dar lo que su antecesor no ha podido dar, por ser más los que piden que los recursos de la nación.

Hace algunos años no había en Méjico otros generales que los del ejército regular, militares de profesión iguales á los de los otros países.

Ahora hay generales creados por Carranza, generales hechos por Villa, generales que fabricó Zapata y generales de Félix Díaz.

¿Quién no es general allá?... Cuando yo, du- rante mi permanencia en Méjico, veía á un sim- ple coronel, casi me inspiraba desprecio.

«Qué hombre será éste me decía , que ni siquiera ha llegado á general de brigada.»

Otra diferencia entre el militarismo europeo y el de Méjico. En el viejo mundo, el general ha- bla de su espada y jura por su espada. El general mejicano, improvisado por la revolución, ignora la espada; no la ha tenido nunca. Él sólo conoce

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el revólver, y caso de jurar, sólo puede decir tea- tralmente: «Lo juro por mi pistola.»

Generales y coroneles son jóvenes en su ma- yoría, escandalosamente jóvenes, y conservan en gran parte la agresividad y la travesura beli- cosa de los tiempos de la escuela primaria. Fue- ron empleaditos en la época de Porfirio Díaz, simples obreros ó vagabundos de mala cabeza que se alistaron en la revolución y consiguieron la pequeña águila dorada, insignia de su grado. Los de más alto origen fueron simples estudian-